#OPINIÓN ¿Y qué nombre le ponemos? #8Sep

William Amaro Gutiérrez | Ilustración: Victoria Peña |

Colocar un nombre específico a un hijo o una hija que nos nació es normal. Por ejemplo, nos gusta colocar nuestro nombre al primer hijo si es varón. Al primogénito. Y si es hembra, aportamos el de la abuela paterna o el de la mamá. También por razones sentimentales lo combinamos. O le colocamos el de algún familiar muy querido para rendirle honor en vida o ya fallecido. Otros buscan los nombres de afamados artistas, cantantes o grandes deportistas tal vez anhelando que sus hijos o hijas les fluya el mismo talento. Algunos creen en esas “cábalas”. Bueno, cada quien con su manera de ver la vida. Otros, con devoción religiosa utilizan los nombres de personajes bíblicos por cuanto de esta manera sienten y buscan una cercanía especial ante Dios. Y eso es bueno. Creo es preferible antes de colocarle el nombre de un loco cualquiera de la farándula.

Hay otros que caen en los extremos, creyendo de manera sincera, que el nombre que le colocan va a determinar su personalidad o su carácter. Y si es de alguna deidad en la cual creen, confían en que el niño o la niña presentará los atributos de dicha deidad. Pero, los nombres a la hora de definir nuestras vidas para Salvación o perdición no tienen ninguna trascendencia. Y menos para Dios. Es el carácter que cultivemos y que los padres ayuden a cultivar lo que realmente tiene importancia. Aunque se llame, Judas, Nerón o Luzbel.

Les cuento. Hay un nombre en la Biblia que no conocemos. Y que nunca en esta tierra lo sabremos. Tal vez cuando estemos en el cielo salvos ya, nos enteraremos. Y sin embargo, puede decirnos mucho de lo que es una fe verdadera y poderosa en un ambiente pagano. Que está por encima de cualquier nombre “importante”. Es el de la muchacha que fue sirvienta de la esposa de Naamán, un prominente general del ejército sirio, cuyo carácter será exaltado por la eternidad.

Aquella joven que fue llevada como esclava a un país extraño, que no sabemos su nombre, nunca olvidó lo aprendido en el seno de un hogar cristiano. Y conmovida por la enfermedad de lepra que sufría su amo, le dijo a su señora. “Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra” 2 Rey.5:3. Le habló con seguridad, firmeza y convicción. ¡Eso es fe! Estaba mostrándose como lo que era, una luz clara, poderosa y esperanzadora fundamentada en sus convicciones. Todos conocemos los resultados de este pasaje bíblico. Naamán a regañadientes hizo lo que el profeta Eliseo le sugirió y alcanzó la sanación. Pero a la vez, pudo ver, vivir y sentir los resultados de la obediencia a los dictámenes del Dios Eterno. Seguramente, observó de manera muy cercana, la admirable fe, valentía y confianza manifestada por la desconocida muchacha que servía como sirvienta en su casa.

“Naamán se enteró de la existencia de un poder que está por encima del poder de los hombres, porque un padre fiel y una madre fiel de Israel habían enseñado a su hija a amar al Señor y a confiar en él” Diccionario Bíblico Adventista. Y esa debe ser la actitud y el carácter de cada uno de aquellos quienes creemos en Dios. Poder ser una, aunque pequeña luz, en medio del conglomerado social donde nos movemos. Que no vean nombres famosos o rimbombantes en nosotros, sino vean la confianza, la fe y la seguridad que nosotros tenemos en nuestro Dios. Seguro, que si ese es el testimonio que damos, convencido estoy que muchos buscarán más de Dios.

¡Hasta la semana que viene por la WEB!

William Amaro Gutiérrez

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