#OPINIÓN El frío encanto de las meriendas barquisimetanas (Parte 2) #12Sep

Miguel Peña Samuel | Ilustración: Victoria Peña |

En la entrega anterior iniciamos un viaje por las gratas reminiscencias del gusto de los barquisimetanos por las frías meriendas en forma de helados, tan propicias para contrarrestar los intensos calores de esta tierra en dónde el crepúsculo recuerda día a día su ferviente vínculo con el astro rey. De los granizados, cepillados y helados caseros que abordamos en la primera parte de esta crónica hoy recordaremos los helados de carrito y las cremosas texturas de contenidas en vasos o conos de galleta que a tantos paladares complacieron y antojos calmaron. Lo cuento, porque lo viví.

Por los años 60, 70 y 80’s se podía encontrar un carrito de helados en cada esquina, cada parque o plaza, alrededor de centros educativos y de salud de la ciudad.Eso sin mencionar las legiones de heladeros que se sumaban a las procesiones de la Divina Pastora cada 14 de enero, los que se situaban en las afueras del Complejo Ferial durante el desarrollo de las tradicionales Ferias Internacionales de Barquisimeto o en los alrededores del estadio durante la temporada de béisbol profesional. Incluso podíamos esperar en la puerta de nuestra casa a los vendedores ambulantes que a pie, en bici o motocicleta, recorrían las soleadas calles de la ciudad llevando un poco de frescura y felicidad hasta la comodidad de nuestro hogar.

Los famosos “poleros”, como llamábamos en Barquisimeto y zonas aledañas a esos pintorescos personajes que, más que vender helados, abrían por igual a niños y adultos una pequeña ventana a través de la cual podían apreciar un mundo de fantasía. Al parecer ese apelativo está vinculado con los Helados El Polo, una de las primeras marcas comerciales de helados empacados que se distribuyó en el occidente del país y que por asociación se convirtió en un genérico para denominar tanto a los helados de paleta como a quienes los vendían. En lo sucesivo comprar un “polo” era sinónimo de comprar un helado de paleta y el “polero” se convirtió en nuestro proveedor habitual de helados. En el oriente venezolano a este mismo helado de le llama “Posicle”, una deformación de la palabra inglesa“Popsicle”que traduce literalmente “paleta de helado” y, por analogía, a sus distribuidores se les llamó “posicleros”.

Otras marcas comerciales comenzaron a llegar a la pujante ciudad de los años cincuenta y a posicionarse en la preferencia de los consumidores larenses. EFE pisó con fuerza y más tarde se le sumaría Tío Rico, ambas con importantes flotas de distribución conformadas por sus emblemáticos carritos de fibra de vidrio que mantenían la temperatura adecuada en su interior gracias a voluminosos y humeantes bloques de hielo seco. Siempre había la opción de escoger entre los helados de paleta, tinitas o barquillas identificadas con llamativos nombres como Pastelado, Morochitos, Tornado o BatiBati.

Una marca local, llamada Helados El Rey de Lara, competía modestamente con estos dos monstruos, con una línea de helados que trataba de emular a los líderes y cuya sede estaba en la Avenida Venezuela con calle 39, en donde era habitual observar en las mañanas una aglomeración de “poleros” locales cargando sus carritos de mercancía. Además de los helados de paleta también vendían barquillas de vainilla, fresa y chocolate que ellos mismos servían al gusto del cliente.

Cada vendedor ambulante tenía su forma de anunciarse, su sonido particular. Algunos agitaban una sencilla campana manual mientras que otros contaban con un sistema de campanitas de tonos agudos que simulaban el sonido de antiguos carrillones. La modernidad le agregó altavoces a los carritos para emitir pegajosas melodías que identificaban la marca a la vez que incitaban a la compra del producto. La marcha o marchantica de helados EFE es quizás la más recordada aunque también su principal rival comercial sacó su propio tema musical para diferenciar a sus distribuidores.

Ya precisábamos en la primera parte de este trabajo que la historia del helado se remonta a las antiguas civilizaciones que disfrutaban del consumo de hielo o nieve saborizados con extractos de frutas y miel, pero es en la Italia renacentista cuando hace su aparición el famoso “gelato”, antecesor de los modernos y cremosos helados que se consumen a nivel mundial. Cuenta la historia que fue en la corte de los Médici en donde un cocinero llamado Bernardo Buontalenti sirvió por primera vez una crema helada, quizás algo más parecido a una mousse; que rápidamente ganó fama en el resto de las cortes europeas.

Ya a finales del siglo XVII, durante el reinado de Luis XIV en Francia, el italiano Francesco Procopio puso en servicio una máquina capaz de homogenizar pulpas de fruta, hielo y azúcar, con lo que se obtenía una verdadera crema helada, similar a la que hoy conocemos. Con el beneplácito del mismísimo Rey Sol, Procopio abrió en París el “Café Procope”, donde además de cafése servían sus novedosos helados. Durante mucho tiempo los italianos guardaron con gran celo el secreto de la preparación de sus “gelati”, hasta finales del siglo XVIII cuando sus recetas empezaron a incluirse en libros de cocina.

Cuando hablamos de helados cremosos en Barquisimeto, una de las primeras referencias que nos llega, particularmente a los de mi generación, son las barquillas y merengadas que vendía en un pequeño local de la Avenida 20 entre calles 25 y 26 llamado “Tropicream”. Ubicado en la entrada del estacionamiento de la desaparecida tienda por departamentos Sears, siempre estaba abarrotado de gente deseosa de disfrutar de las delicias de vainilla o chocolate que allí ofrecían en generosas proporciones. Célebres sus merengadas (milkshake) de Toddy para dos personas.

Más adelante, en la misma Av. 20, frente a la torre del Banco de Lara, estaba la famosa heladería King’s Cream mejor conocida como la “Heladería de los chinos” cuya especialidad eran los helados de barquilla en con una amplia gama de sabores. Esta forma de servir el helado en un cono o cucurucho comestible, elaborado con galleta crocante, parece tener sus orígenes a principios del siglo XX y su invención se la disputan húngaros y norteamericanos. Al parecer, durante la feria mundial realizada en Saint Louis (Missouri) en Estados Unidos en 1904 se popularizó esta forma de comer helados que había sido patentada un año antes por Italo Marchionni.

Otros lugares emblemáticos de la ciudad para disfrutar de estos deliciosos y refrescantes postres a principios de la década del 70, sin ser específicamente heladerías, fueron la Fuente de Soda CADA ubicada en la Av. 20 con calle 28 y la italianísima Repostería Da Lorenzo en la Vargas con carrera 24. Aunque los helados que servían no eran de fabricación propia, se podía disfrutar de los internacionalmente conocidos Peach Melba y Banana Split los cuales combinan frutas, helados, crema batida y siropes. Otra opción para comer combinaciones de frutas con helados la empezó a ofrecer inicialmente un negocio llamado FruitCream en la carrera 19, diagonal a la Plaza Altagracia que incluyó gran variedad de frutas criollas a su carta de degustación.

Comer helados tiene una cualidad terapéutica indiscutible. Puede ser eficaz contra la melancolía y el estrés al activar zonas del cerebro que están asociadas al placer. Estudios científicos han demostrado que el chocolate ayuda a levantar el ánimo, los coloridos helados de sabores exóticos son los ideales para quienes quieran relajarse y el café es el indicado para recargar las pilas.

Sea cual sea la razón por la que se consuma e independientemente del tipo o el sabor, el helado tiene la capacidad mágica de transportarnos a momentos imborrables de nuestras vidas, especialmente a nuestra infancia cuando tan solo con oír sonar la campana a lo lejos se despertaban las más cándidas ilusiones de disfrutar la efímera delicia concentrada en esa porción de helado.

Miguel Peña Samuel

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