#OPINIÓN 20 urnas para Río Tocuyo #12Oct

Luis Eduardo Cortés Riera | Ilustración: Victoria Peña |

El día 26 de enero de 1960 pudo ocurrir una gran tragedia en el laborioso y pacífico poblado de Río Tocuyo, capital del Municipio Camacaro del entonces Distrito Torres. El subteniente de la Aviación Militar Venezolana Santiago Mujica Palencia, instructor de vuelo, sobrevoló a muy baja altura la población y la casa de la señora Chiriana de Morillo para que esta dama viera a su sobrino realizar tan atrevidas piruetas en el aire.

Al ver aquellas peligrosas acrobacias el pueblo salió a la calle al grito de  “ese hombre está loco, nos va a matar.” En fracciones de segundo se oyó una enorme explosión y las llamas se veían sobre las casas. La gente no sabía de qué manera reaccionar, los niños lloraban, las maestras de la Escuela Rafael Tobías Marquís, a punto de desmayarse, sacaron a los alumnos a la calle buscando protección.

El subteniente Mujica Palencia había hecho una muy arriesgada maniobra sobre el patio de la institución educativa, que consistía en bajar casi al ras de la tierra, pero al intentar ganar altura el avión de combate Bronco F86F salió disparado, dejando la cola enredada en la cerca perimetral, y dando tumbos fue a caer al solar de la casa de las Carrillo, lugar donde años después fue construido el Liceo Juan Oropesa.

Hombres y mujeres se llenaron de valor y queriendo salvar al piloto de entre las llamas cargaron tobos y latas de agua. Lograron apagar el fuego pero era ya tarde, pues el cuerpo del aviador estaba destrozado y tenía un aspecto irreconocible.

Por la calle Santiago venía una viejecita, quien llorando decía  “ese es mi muchachito Santiago Mujica, él me prometió hace unas semanas que vendría”. Cuando revisaron los bolsillos del militar siniestrado encontraron sus papeles de identidad que, para terrible sorpresa, corroboraron que eran del sub teniente rio tocuyano.

Al saberse la terrible noticia en Carora, el Concejo Municipal, presidido por Pedro Domingo Oropeza, dispuso el envío de un camión cargado, contentivo de unas tenebrosas veinte urnas, pues se pensó que la tragedia aérea había sido descomunal. Se pensó, en medio de caos y la confusión,  que el avión Bronco había caído sobre la escuela ocasionando una “gran muertazón.” Apenas hubo dos personas con quemaduras leves de primer grado.  

Luego del siniestro la Fuerza Aérea de Venezuela resguardó el sitio del accidente, se lleva la chamuscada chatarra, y revisan las casas aledañas en busca de armamento y bolsas de munición.

El Maestro Técnico de la Aviación Humberto Segundo Túa, compañero de estudios del Mujica Palencia, recordó que este piloto tenía una gran pericia y que gracias a ella evita en sus últimos momentos de su vida una catástrofe gigantesca. De haber ocurrido ello no hubiera sido un camión con veinte urnas las que se mandaron a Río Tocuyo en tal ocasión, sino una hilera de camiones con un centenar de urnas para dar sepultura a un grueso de escolares y docentes que se hallaban en la escuela en el momento de la espantosa colisión aérea.

Unos meses después del luctuoso acontecimiento pude ver en el sitio algunas señales de aquel accidente, pues mi padre Expedito Cortés nos llevó a Río Tocuyo en su vieja camioneta Willys azul de dos puertas y narró aquel suceso. Los otros datos los he tomado del hermoso libro de la maestra normalista y profesora de castellano y literatura María Gregoria Oropeza de Suárez, titulado Río Tocuyo a grandes rasgos, que su amable autora nos regaló, a mi esposa Raiza Mujica y a mí, el 24 de agosto de 2008.

Amo entrañablemente a esta población del semiárido larense, la “pequeña Mesopotamia”, pues en su ambulatorio rural Dr. Pedro Nolasco Pereira realizó mi compañera de vida su ruralidad como médico cirujano en el año 2005, y a que allí, bajo un cielo estrellado, engendramos a mi querido hijo primogénito José Manuel Cortés Mujica.

Luis Eduardo Cortés Riera

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