#OPINIÓN Yo, el legislador #24Oct

Ramón Guillermo Aveledo | Ilustración: Victoria Peña |

Nueve siglos antes de Cristo reinó Salomón, sucesor de David, último de Israel unida, es considerado el más justo y sabio de los reyes. En sus Proverbios, hay consejos morales que su voluntad absoluta podía convertir en normas.

Para conseguir cierta uniformidad jurídica en su reino, dictó sus Siete Partidas Alfonso X rey de Castilla (1221-1284), llamado “El Sabio”. Déspota ilustrado del siglo XVIII, Federico El Grande gobernó Prusia con su poder total. Legisló y administró con eficiencia que la fortalecería. Sería glorificado como modelo por el nazismo. En el XIX Napoleón, en trance de coronarse emperador, dictó el Código Civil, llamado “Código Napoleónico”. Ya en el siglo XX, en plena construcción de su “Estado Total” Mussolini, el Duce todopoderoso que superponía la fuerza al consenso del pueblo en nombre del interés de éste, al dictar las “leyes fascistísimas” de 1925 y 1926, no se atrevió a negar que su inspirador era el jurista Alfredo Rocco. Evidentemente no era por modestia, ni por aprecio a los valores liberales.

Los ejemplos históricos de gobernantes legisladores pertenecen al absolutismo. Sea el monárquico o simplemente tiránico. El rey filósofo fue una quimera platónica. La ubicó en Calípolis, la ciudad ideal inventada en sus diálogos de La República. La desoladora verdad, dice Popper, es que al menos nueve tiranos fueron sus discípulos, dado que si algo resulta dificilísimo es “la selección de los hombres más aptos para recibir el poder absoluto”.

Vistos en perspectiva histórica los “reyes filósofos”, sean verdaderos o supuestos, representan más riesgos que ventajas. Los hubo sabios, pero también ignorantes. La ignorancia es muy útil para creerse omnipotente. De Salomón seguimos hablando casi tres mil años después porque es un caso rarísimo. El poder ilimitado es una fantasía costosa y dolorosa. Por eso, más que las teorías del Estado de Derecho y la Democracia, las enseñanzas de la experiencia humana han diseñado un poder limitado y distribuido que ya no es personal sino institucional.

La confusión de gobernar, legislar, controlar, juzgar envenena. Su concentración mata la convivencia y el progreso.

Los radicalismos no fundan constituciones duraderas. Continuidad y reforma, como libertad y responsabilidad equilibradas. Uno de los padres de la Constitución española dijo, con razón, que el Estado necesita “un poder eficaz y a la vez sus contrapesos, para evitar los abusos del propio poder.”

Ramón Guillermo Aveledo

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