#OPINIÓN Breves comentarios sobre la teoría neoclásica de la elección del consumidor #16Nov

Oscar José Torrealba | Ilustración: Victoria Peña |

Abordar la teoría neoclásica de la elección del consumidor abre la posibilidad de caer en la tentación de inmiscuirse en años de discrepancias y debate en torno al cómo se explica — o se entiende — al individuo desde la economía. Por ejemplo, para los economistas seguidores de la tradición Menger-Mises la teoría de la elección debería enfocarse en la acción y no en la decisión, pues al final hay tantos elementos que influyen en la toma de decisiones de las personas, que el planteamiento del Homoeconomicus parece una entelequia, y lo peor, que todo fuera de ella queda expuesto a ser catalogado como irracional. En este artículo no existe el ánimo de contraponer enfoques teóricos, todo lo contrario, la intención es encontrar los puntos en común que pueden ayudar al economista a comprender el hecho económico. En este sentido, resulta atractivo partir del axioma miseano de que las personas desean o tienen la intención de pasar de una situación tal a una mucho más favorable, para ello necesitan disponer de medios. Aquí nos encontramos con un gran primer problema, y es que los medios son finitos.

La restricción presupuestaria

La teoría microeconómica aborda la restricción presupuestaria mediante la construcción de una expresión algebraica compuesta por dos cestas de bienes — u opciones de consumo — donde la cantidad monetaria gastada en cada uno de ellos es a lo mucho igual que la renta disponible en un momento determinado. El lector puede apelar a la existencia del crédito como una posibilidad de romper con esa regla, y tiene razón, aunque ciertas condiciones aplican: si bien es cierto que una persona puede gastar más de su renta disponible, debe considerarse que esta conducta no es sostenible en el tiempo; además, los bancos suelen ofrecer crédito a sus clientes más solventes, por lo que podría considerarse que la misma renta disponible es lo que posibilita el acceso al crédito, así como posibilita el acceso a las cestas de bienes referidas.

Una de las particularidades de la restricción presupuestaria es que deja en evidencia el trade off o costo de oportunidad al que se enfrenta una persona a la hora de escoger entre sus opciones de consumo; si se tiene una renta determinada, la pretensión de adquirir más de la «cesta 1» significa necesariamente la renuncia parcial o total a la adquisición de la «cesta 2». Ahora, el total de bienes que adquiere el consumidor puede aumentar o disminuir de acuerdo con los niveles de renta (real) disponible; a mayor renta, mayor la capacidad de adquirir más de ambas cestas. cabe destacar que las variaciones en la renta no suponen alteraciones en el costo de oportunidad, pues se mantienen las proporciones entre una cesta y la otra, caso contrario ocurre cuando varía el precio de una de ellas, esto inevitablemente altera el trade off entre ambas opciones; si tengo dos opciones de consumo y una de ellas aumenta de precio de forma considerable, entonces mi demanda por esa opción se ve desincentivada. Toda esta exposición es lo que le da sustento al interés político por aumentar la renta real de las personas y de mantener una estabilidad en la variabilidad de precios relativos.

Las preferencias del consumidor

Conviene comenzar el tema de las preferencias resaltando que los bienes económicos tienen lugar porque las necesidades sobrepasan los recursos disponibles, en caso contrario se estaría hablando de bienes libres. Además, los agentes cuentan con una renta tal que limita su acceso a los bienes en el mercado. Este cúmulo de limitaciones lleva a las personas a ordenar sus preferencias, dados sus fines y los medios que dispone. Esto último es importante porque ante cambios en los fines o en los medios puede variar el orden en la lista de preferencias, o incluso sustituir elementos de la lista por otros que no se encontraban ni se contemplaban previamente, es el caso, por ejemplo, de los bienes superiores e inferiores.

La teoría neoclásica supone que los agentes son racionales, esto quiere decir que tratan siempre de maximizar su utilidad. Es pertinente acotar que el grado de satisfacción siempre es subjetivo y depende además de la cantidad de información que se tenga a disposición; empero, en aras de simplificación se asume que el proceso de elección consta solo de dos opciones, el sujeto cuenta con suficiente información y la maximización de su utilidad se reduce siempre a la adquisición de una cesta de bienes más sustanciosa. En este sentido. son dos las condiciones que debe cumplir una cesta para ser considerada como óptima [o sustanciosa], la primera es que su valor debe igualar al total de renta disponible. Si la cesta es mayor que la renta, entonces es inasequible para el consumidor; si se encuentra por debajo, estamos suponiendo que el agente no aprovecha el recurso disponible, pudiendo haber adquirido una cesta más atractiva. Esto entraría en contradicción con el supuesto de que las personas siempre quieren obtener una cesta mayor en un momento determinado. El lector puede argumentar que siempre existe la opción de ahorrar, es decir, que no necesariamente se necesita gastar toda la renta para llegar a un óptimo. Esta observación sería muy pertinente y en efecto es así, además que es abordado por la teoría económica cuando se discuten temas como las preferencias temporales y el interés natural; la teoría neoclásica no contempla el tiempo en su análisis, por lo tanto no contempla esa posibilidad.

En síntesis, desde la teoría neoclásica una persona maximiza su utilidad cuando escoge la cesta más sustanciosa entre todas las disponibles y esta se iguala con su restricción presupuestaria. Aunque puede resultar útil y constituye las bases para construcciones teóricas más complejas, es importante mencionar que este modelo deja por fuera muchas variables y reduce la acción humana a un problema de elección solamente condicionado a una restricción presupuestaria. Temas como la preferencia temporal, las expectativas, la certidumbre y la información quedan por fuera, desafortunadamente.

Oscar José Torrealba

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