#OPINIÓN Va por dentro #16Ene

Ramón Guillermo Aveledo | Ilustración: Victoria Peña |

En cordial discusión con Manuel Caballero, admirado historiador, paisano y amigo, acerca de nuestra común afición a coleccionar imágenes de artesanía de la Divina Pastora, una vez le reclamé la contradicción entre esa afición y su condición de ateo. “Nada que ver” me respondió, “Mi problema es con Dios, la Divina Pastora es otra cosa”. Resumía así uno de los pilares de la mentalidad regional, no sólo de nuestro catolicismo, de nuestra idiosincrasia. El lugar que ocupa la Excelsa Patrona en nuestra cultura, en nuestra devoción y en realidad, en nuestras vidas es tan grande e incomparable que puede resultar difícil de comprender para el observador externo o desprevenido, hasta que son testigos de esa enorme manifestación humana en la que demostramos ser un solo pueblo. Lo he visto en amigos de otros lados de Venezuela que he invitado a acompañarnos.

Este año, el 14 de enero tuvo una forma distinta y hasta donde sé, inédita. La circunstancia de la pandemia, obligó a una decisión sensata de nuestro querido Monseñor Víctor Hugo Basabe en resguardo de la vida que es prioridad absoluta desde la perspectiva humanista cristiana. Nuestro Lara figura junto a Bolívar, Apure, Zulia, los Andes, Caracas y el Centro-Norte del país, entre las regiones de más alta incidencia del Covid-19 en proporción a la población. Cuando escribo ya los casos oficialmente confirmados se acercan a los cinco mil aquí y es lógico dudar de la veracidad de esos números, no sólo por los motivos sabidos, sino la relativa escasez de pruebas realizadas y la situación penosa de nuestro sistema sanitario.

No hubo procesión. La Arquidiócesis ponderó varias opciones y se decantó por la menos riesgosa para las personas. En su lugar, una peregrinación virtual que pudimos seguir a través de los medios y redes, gracias a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Cambia la forma para que viva el fondo, en una fidelidad a prueba de todo.

Y no es para menos. Nacida en la fe, escrita en la historia con relato inolvidable, revestida de leyenda en las versiones que van de boca en boca, de oído en oído por generaciones, la tradición se agiganta como río crecido desde 1856. Cada 14 de enero se renueva, aunque no desaparezca los restantes días del calendario, porque siempre está presente en nuestros corazones.

Es verdad, esta vez no hubo procesión, pero dada nuestra fe y la significación de la Divina Pastora para nosotros, podemos decir con toda propiedad que la procesión va por dentro. La llevamos en nosotros.

Ramón Guillermo Aveledo

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