#OPINIÓN Del Guaire al Turbio: El mundo en tinieblas #21Abr

Alicia Álamo Bartolomé | Ilustración: Victoria Peña |

No sólo son las máscaras que no nos dejan ver las caras. No sólo es la distancia en el saludo. No es sólo la soledad en las calles y sitios de reunión, es una sensación de desamparo, como si Dios nos hubiera dejado de la mano. No es nuestro país que ya tiene de suyo suficientes cargas negativas tras 22 de ignominia, es el mundo entero inmerso en la sombra de esta pandemia que no deja respiro. La vacuna, el elixir, la hierba cual, son ilusiones de un día. Al día siguiente la bacteria fatal aparece en una nueva cepa más potente, más devastadora. Como si jugara con nosotros al gato y el ratón. El hombre empequeñecido hasta roedor inerme, royendo la grandeza de su propia historia hasta que todo quede reducido a polvo. Las nubes de éste harán anillos alrededor y el sabio de otra galaxia, tras su telescopio, descubrirá que aquel punto azul y hermoso, que era el planeta del agua en el universo, se está volviendo nada.

¿Todo por un mínimo ser vivo? ¡Ah, no fueron los gigantes dinosaurios los que acabarían con la Tierra! Ésta los abatió en su grandeza. Ni los torrentes del diluvio, ni terremotos, ni lava de volcanes, ni el fuego abrasador en bosques y selvas, ni vientos ni huracanes, ni tsunamis, ni montañas de hielo desprendidas de los polos…, sino un infinitesimal organismo invisible a nuestros ojos pero omnipresente. Más que de un elefante tenemos que huir de un mosquito. El paquidermo nos puede aplastar de una sola vez, pero no nos busca para hacerlo, el zancudo nos azota con su silbido y persistencia hasta inyectarnos veneno.

Tenemos mucho que aprender y cambiar ante este azote sin cuartel. Cambiar nosotros, cada uno, sin dejar para el vecino el cambio. También nuestro yo es infinitesimal, no sólo en el espacio sideral, sino hasta en nuestras pequeñas naciones y comunidades. No somos nadie y sin embargo, no son pocos los que se creen mucho. El día en que empecemos a vivir la humildad, nuestra nación será grande. Mucho bajo funcionario engreído cree que con prepotencia tapará su mediocridad. Trata al solicitante de un servicio, al cual tiene derecho, como si fuera un limosnero pidiendo gracia. En un Ministerio a uno le va mejor con el ministro que con el portero.

Si fuéramos a la pequeñez real de nuestro yo, quizás seríamos más fuertes que el coronavirus. De mínimos granos de roca derretida está hecha las espléndida arena de la playa que aguanta la perenne embestida de las olas. Hay la solidez de la unión. No seamos piezas sueltas humanas sino humanidad. Vivir en constante preocupación y servicio al otro. Serviremos en cuantos seres si servimos a los otros seres. Para servir, servir.

Preocupa que este mundo en tinieblas no parece encontrar la luz, es más, no la busca. Sigue encerrado en todos sus egoísmos: ganar dinero, fama, poder, a costa del dolor ajeno. Las situaciones precarias por falta de alimentos, medicinas, servicios, es decir, el estado de escasez general lo aprovechan unos cuantos para subir precios y abultar su bolsillo. El aprovechamiento de las situaciones para el propio interés ha ido borrando del diccionario palabras como piedad, misericordia, generosidad, solidaridad. ¡Países que legalizan aberraciones inmorales y criminales!

Sin embargo, la solución está en nuestra misma miniatura. Seremos grandes cuando proyectemos nuestras pequeñeces en un bloque de acción.

Que estas tinieblas nos hagan ver la verdadera luz de la verdad y de la fe, nuestra inconmensurable condición de hijos de Dios, únicos e irrepetibles, con la misión de aplastar el mal con la abundancia de bien. La primera tarea es comenzar a ser mejores unitariamente, cada quien en su campo. Mejores ciudadanos, profesionales, obreros, artesanos, artistas, deportistas, barrenderos o recoge-latas. Pensar que ningún trabajo es más importante que otro, todos construyen la sociedad, le dan paz y armonía. Necesitamos tanto un buen gobernante, como un buen barrendero; cualquiera de los dos que hiciera mal su trabajo provocaría un desquiciamiento: un país a la deriva y una calle sucia sanitariamente peligrosa y estéticamente fea.

Trágica crisis pandémica. La Tierra en sombras. El camino es reflexionar, orar y buscar juntos la luz divina, la única que brilla en la oscuridad.

Alicia Álamo Bartolomé

PUBLICIDAD

Comentarios

Comentarios

Comentarios