Algunas pinceladas de Don Juan Bautista Yepes Piñero

Texto y Fotos: Luis Alberto Perozo Padua |

Ese día hacía más frío que de costumbre y la neblina cubría parcialmente el oratorio de la hacienda. A lo lejos, en medio de la bruma, se podía escuchar la voz templada del cura del pueblo dando el sermón dominical. Llegaba puntual en su mula alazana y siempre su Juan Bautista, que era su monaguillo lo esperaba para doblar las campanas como anuncio de la proximidad de la Santa Misa para la familia Yepes Piñero y sus afectos. 

No había un solo día -ni siquiera los días festivos-, que el joven Juan Bautista dejara de rezar el Rosario. Era un hombre de fe y muy devoto a las tradiciones religiosas, camino que le habían inculcados sus padres lo que le permitió llegar a ser el monaguillo más consecuente de aquella zona pastoral.

Nacido en El Tocuyo, ciudad madre de la Venezuela colonial, el 27 de febrero de 1856 y bautizado en la misma ciudad y año, acto que se estampó para la inmortalidad en el folio 85 del libro 51.

Era hijo de Pacífico Yepes Arangú y Abigail Piñero Galíndez, quienes se habían desposado en la ciudad de Barquisimeto el 30 de abril de 1849. Fue el quinto hijo de la unión y sus hermanos fueron Abigail, Dominga, Rafael, Elena, Ricardo, Engracia, Pacífico, Mariano, Andrés, Andrea, José, Luis y Elvira Rosa.

Sus padres eran poseedores de fundos de café y ganado en las estribaciones de la cordillera larense, en donde creció junto a sus hermanos. Estudió sus primeras letras en la casona de la hacienda y luego con varios preceptores contratados por su padre. De niño gustaba involucrarse en todas las faenas y quehaceres de las haciendas de sus padres y pronto fue su administrador.

Colindante con las posesiones de Pacífico Yepes Arangú estaban las del doctor y general José Espiritusanto Gil García, un abogado, periodista y héroe de la Guerra Federal, quien además era diputado por la Provincia de Barquisimeto y un hombre de una reputación de leyenda.

Ambas familias compartían no solo algunas tardes de te y tortas de maíz, sino la celebración de la eucaristía, alternándose las misas en los oratorios-capillas de cada fundo. Allí, en ese escenario, el joven Juan Bautista conocerá al amor de sus días y de sus noches: Josefa Antonia Gil Fortoul, cuyas miradas comenzaron a cruzarse no antes que sus padres arreglaran el compromiso nupcial. (1)

El matrimonio fue celebrado “en la iglesia parroquial matriz de la Inmaculada Concepción de El Tocuyo á veinte de enero de mil ochocientos ochentaiunos, yo el vicario, cura interino de ella presencié el matrimonio que por palabras de presente contrajeron in yacie eclesiae, Juan Bautista Yepes, hijo legítimo de Pacífico Yepes y Abigaíl Piñero; y Josefa Antonia Gil, hija legítima del Dr. José Gil y Adelaida Fortoul de esta feligresía.

Precedieron la exploración de sus voluntades, el examen de aprobación en la Doctrina Cristiana y con arreglo al Santo Concilio Tridentino, se proclamaron en tres días festivos, que fueron el veintiuno y veintiocho de noviembre y el cinco de diciembre próximo pasado, de lo cual no resultó impedimento. Se confesaron y recibieron en la misa las bendiciones nupciales; siendo testigos Pacífico Yepes y Adelaida Gil, lo cual certifico. Hilario Alvarado. Folio 212.

Veterano de la pacificación

Pero del decir de José Miguel Bermúdez Castillo, tataranieto de Don Juan Bautista, nuestro biografiado fue hombre de múltiples facetas no muy congruentes con la rezadera, y es que, en la obra de Tomás Polanco Alcántara sobre Guzmán Blanco, lo encontramos en las filas de la pacificación del país, en su fortificación de Hato Arriba -junto a sus hijos mayores-, en el gran estado de Barquisimeto, armados de valor y de un buen arsenal de trabucos dispuestos a dar la vida. Tropa enemiga que penetrara el territorio escarpado de los andes occidentales, era repelida por los escuadrones de Yepes Piñero. Era un veterano de la Guerra Larga con agudo sentido de la lucha armada en la región.

Procrearon a los hermanos Yepes Gil

De la unión de Juan Bautista Yepes Piñero y Josefa Antonia Gil Fortoul nacieron: Juan Bautista el 29 de enero de 1882; José Antonio, el 14 de marzo de 1883; Abigaíl, el 4 de octubre de 1884, en Hato Arriba, Barbacoas; Mariano el 8 de mayo de 1886, en El Tocuyo; María Adelaida de las Mercedes, el 14 de diciembre de 1887 a las 10 de la noche, en la Hacienda Vira-Vira de Barbacoas; Cruz María, el 25 de septiembre de 1890, en Barbacoas; Domingo Antonio, el 4 de agosto de 1892, en Barbacoas; Manuel María, el 20 de octubre de 1894, en El Tocuyo; Daniel, (nuestro abuelo materno) el 4 de junio de 1896, en El Tocuyo; María Josefa, el 30 de abril de 1898, en El Tocuyo; Lisandro, el 17 de mayo de 1900, en El Tocuyo; Adela en 1901 en Barquisimeto y por último Carlos, el 8 de diciembre de 1903, en El Tocuyo.

Sus despojos inhumados en San José

Los restos mortales de don Juan Bautista Yepes Piñero, cuyo deceso ocurrió en Barquisimeto el 10 de febrero de 1915, así como los de su hijo mayor Juan Bautista Yepes Gil, fallecido el 16 de marzo de 1914, fueron inhumados en el templo de San José de Barquisimeto, según los investigadores Ghersi Gil y Yepes Azparren.

Apuntan que varios años después de sus muertes, los féretros fueron trasladados al templo en cuestión y colocados en nichos, situados a ambos lados del altar mayor, identificados por gruesas planchas de mármol blanco.

Precisan los investigadores, que la lámina de mármol de Juan Bautista Yepes Piñero estaba del lado izquierdo inmediatamente después de un pequeño y hermoso altar dedicado a la advocación de la Santísima Virgen de Coromoto.

Después que la iglesia se derrumbó por un terremoto, y en el periodo de su reconstrucción entre los años 1969 y 1972, Ghersi Gil corroboró personalmente junto al párroco del templo, “que el mesón del altar mayor fue construido con las dos láminas de mármol de mis familiares difuntos”.

Los restos de Juan Bautista y los de su hijo, originalmente sepultados en cofres de madera, fueron depositados -durante la refacción de la iglesia-, bajo el suelo del altar mayor como homenaje a los incalculables aportes económicos y “espirituales” que tanto don Juan Bautista como su familia ofrecieron a los Redentoristas parala refacción de este templo emblemático de Barquisimeto.

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