José Gregorio Hernández unió la fe y la ciencia al servicio de la gente

Pacífico Sánchez / Fotos: Archivo IMP |

En el mundo médico venezolano no existe persona de la que se haya hablado más que de este ilustre trujillano, ha afirmado el doctor Leopoldo Briceño Iragorry,  individuo de la Academia Nacional de Medicina y de la Sociedad Histórica de la Medicina, al referirse al doctor José Gregorio Hernández, quien fue elevado a los altares este viernes por la Iglesia Católica


Hoy se cumplió el deseo de un pueblo fervoroso. José Gregorio Hernández hace historia en Venezuela al convertirse en el primer laico proclamado beato. No ha sido fácil el camino, ya que la causa comenzó a ser planteada al Vaticano en 1949 y no fue sino hasta 1986 cuando el Papa Juan Pablo II lo declaró venerable. En el 2020, la Comisión de médicos de la Congregación de  Causa de Santos reconoció un milagro de Jose Gregorio Hernández.

Se trata del caso de recuperación de la niña Yaxuri Solórzano, quien a la edad de diez años recibió un balazo en la zona temporoparietal derecha de la cabeza. La pequeña no fue intervenida hasta 50 horas después de la agresión perpetrada por delincuentes. Perdió masa encefálica. Los galenos tenían escasas esperanzas de que la víctima se salvara.

El hecho traspasó fronteras y los familiares de Yaxauri, desde entonces, ha considerado el milagro como obra del médico trujillano.

Ser extraordinario

Nació el hoy venerable,  el 26 de octubre de 1864, en Isnotú, en el hogar formado por el comerciante Benigno María Hernández Manzaneda, dueño de un almacén de víveres y farmacia, y Josefa Antonia Cisneros Mansilla. Su padre era de ascendencia colombiana y la madre de ascendencia canaria.

Antes había nacido María Isolina, en 1863, que murió a los siete meses. Después de él  vendrían María del Carmen (1866), María Sofía (1867), César Benigno (1869), José Benjamín Begnigno (1870) y Josefa Antonia ( 1872)

Lo bautizaron el 30 de enero de 1865. Quedó huérfano de madre a los ocho años.

En esa época no había escuela en el pueblo y, como era costumbre, quienes podían estudiar lo hacían con maestros privados. Tuvo como educador a Pedro Celestino Sánchez, quien observando sus  extraordinarias condiciones de estudiante, recomendó que fuese enviado a Caracas, para que estudiara, lo que su progenitor deseaba: medicina.

Ya para entonces contaba trece años y salió de Isnotú, a lomo de mula, hacia aquel destino. Tampoco en aquellos tiempos había vías de comunicación terrestre, porque tampoco había vehículos de motor.

El trayecto comprendió Isnotú-Betijoque-Sabana de Mendoza y La Ceiba. Hasta ahí podía llegar como pasajero sobre una bestia. Luego tendría que ir a Maracaibo para continuar su viaje por el mar, llegando primero a la isla de Curazao  siguiendo a Puerto Cabello y después a La Guaira, de donde, a través de un tren, llegar a Caracas.

Se residenció en una pensión, para estudiar en el Colegio Villegas, dirigido por el doctor Guillermo Tell Villegas, quien además era profesor de aritmética. Entre  1778 y 1882 hizo los estudios de preparatoria y filosofía, que era una especie de bachillerato.

A los 17 años entra a la Universidad Central de Venezuela, donde se destacó por su aplicación, aprovechamiento,  buena conducta y asistencia. En una palabra era sobresaliente.

No sólo era un estudiante universitario, sino que daba clases particulares y. además, aprendió sastrería, lo que le permitió que él mismo se hiciera sus trajes. Los estudiantes de aquel entonces usaba traje, corbata y sombrero .

En 1888 presentó su tesis de doctorado acerca de las enfermedades bacterianas, que era lo que más le llamaba la atención a tal punto que lo convirtió en el fundador de la bacteriología en Venezuela.

Una vez alcanzada su profesionalización regresó a Isnotú, para ejercer la medicina rural y cuando vuelve a Caracas es becado para hacer estudios en París. Cursó microscopia, bacteriología, histología y fisiología experimental.

A su regreso del exterior, en 1891,  funda el Instituto de Medicina Experimental, el laboratorio del Hospital Vargas y varas cátedra de medicina: Histología normal y patológica, fisiología experimental, bacteriología (la primera fundada en América) e impulsa la renovación y el progreso médico en Venezuela. Aún más: perfeccionó el uso del microscopio.

El reconocimiento a sus conocimientos científicos llegó en 1904 cuando es incorporado como individuo de número de la Academia Nacional de Medicina.  

Cinco años después, José Gregorio Hernández Cisneros renuncia a sus labores y se va a Italia con el propósito de entregarse a la vida monacal, como Fray Marcelo; pero, sus condiciones físicas lo hacen retornar a Caracas, para continuar sus actividades profesionales y académicas.

Sin embargo, su espíritu religioso lo hace viajar, en 1914, a Roma, para ingresar en un seminario y nuevamente su salud se resiente, ya que sufre turberculosis.

Otra vez se vuelve a Caracas, para dedicarse a su profesión y al ejercicio docente. Dictó 32 cursos y tuvo una asistencia de 694 estudiantes. Lo más conocido por el pueblo es que murió arrollado por un automóvil, cuando se dirigía a comprar medicamentos para un paciente.

La época que vivió

El doctor José Gregorio Hernández, cuya vida fue de santidad y  servicio al prójimo, evidentemente y como suelen ser las vidas de los santos, estuvo bajo la guía de Dios, sostiene el doctor Rafael Simón Jiménez, historiador y docente universitario, entrevistado por Elimpulso.com.

Solamente, dice, eso puede explicar todas las vicisitudes y  dificultades que tuvo este ser humano para surgir y llegar a ser un científico de tanta valía y de tanto coturno en un tiempo histórico, durante el cual Venezuela era un país azotado por las guerras civiles, las enfermedades como la tuberculosis, el tifus y el paludismo, la pobreza y la incomunicación, así como de los demás servicios elementales.

El hecho de trasladarse de Isnotú a Caracas era un viaje ciclópeo, porque exigía un esfuerzo descomunal, comenta.

A José Gregorio Hernández le tocó comenzar a vivir en un tiempo  precedido por las secuelas de la Guerra Federal,  una conflagración fratricida que eliminó el 20 por ciento de la población venezolana.

A ese estado de convulsión y de confrontación  interna que termina en 1874, con la firma del pacto de Coche, da inicio al largo predominio de  la hegemonía liberal, que va a tener como uno de sus pilares fundamentales a Guzmán Blanco, quien trata de hacer  –en medio de aquella Venezuela envuelta en la pobreza, el endeudamiento del país y demás dificultades–, y logra hacer parcialmente  una labor modernizadora. Su labor física todavía se conserva en Caracas con el Teatro Municipal y el Capitolio. Logra también, gracias a las negociaciones que hizo con las potencias extranjeras,  comenzar a construir algunos de los ferrocarriles que permiten comunicar a Puerto Cabello, Caracas-La Guaira.

Se trató de un esfuerzo modernizador que luego en los años de los 90 del siglo 19 vuelve a revertirse, porque  ya es el final  de la hegemonía de Guzmán Blanco y el comienzo de otra década que se   inicia con Andueza Palacios   y va a tener como gran caudillo  a Crespo y terminar con la muerte de éste y la llegada de los andinos al poder.

Yo siempre pongo como ejemplo un hecho que está en el tapete de Venezuela: Cuando en octubre de 1899 el Tribunal Arbitral de París decide el caso de la Guayana Británica, Esequiva para los venezolanos, en la contienda con el imperio inglés, en Caracas no había gobierno. Porque Ignacio Andrade, que era el Presidente, había decidido irse del poder y Cipriano Castro, que era el jefe andino invasor, no había llegado a Caracas porque estaba convaleciente de un caballo, en la batalla de  Tocuyito.   Ese es el reflejo fiel de lo que pasaba en el país.

A esa situación sigue una dictadura bárbara, la de Castro y una más brutal, la de Juan Vicente Gómez.

Al doctor Hernández, no le toca padecer por completo esta dictadura, porque muere en el año 1918.

Gente como el doctor José Gregorio Hernández tuvo que tener la mano de Dios porque ese hombre, salido de un pequeño caserío perdido en las montañas andinas, no sólo pudo ir a Caracas, sino a Europa, haber sido un políglota que hablaba inglés, italiano, francés, alemán y entender perfectamente el latín, y traer los adelantos científicos más importantes a Venezuela.

Solamente un hombre alumbrado por la Divina Providencia pudo hacer toda la obra que hizo el doctor Hernández en aquella Caracas, en aquel  país invertebrado,  donde además de todos los problemas ya mencionados, estaba amenazado permanentemente por las potencias extranjeras de cobrar a cañonazos sus deudas.

El doctor Hernández no solamente es una vida virtuosa, entregada  a su profesión con dedicación al prójimo, sino una vida cristiana, de abnegación, de entrega total.

Es de resaltar su intención de ingresar al sacerdocio y se incorpora a los cartujos, que es una orden que tienen la obligación del ayuno, sino que se autoflagelan.  Se dio cuenta que no podía servir a Dios desde el punto de vista sacerdotal porque sus fuerzas físicas no se lo permitían.

Y otro aspecto que es bueno resaltar es el debate  con un entrañable amigo suyo y uno de los médicos más importantes que ha tenido Venezuela, como lo fue el doctor Luis Razzeti. Éste era uno de los exponentes del positivismo y, por supuesto, los positivistas son evolucionistas, no creen en Dios, son librepensadores y creen en la naturaleza y en la ciencia. El doctor Hernández le demostró a su colega que se podía ser un científico, como lo era él, y creer en Dios porque no había contradicción entre la ciencia y Dios.

Al doctor José Gregorio Hernández se le ha considerado el médico de los pobres, pero en la época que le tocó vivir, afirma nuestro entrevistado, la pobreza era total.

Aunque en 1914  aparece el petróleo, las generaciones que vivieron entre 1870 y 1930, tuvieron muchas dificultades porque Veneuela era un país sumamente pobre y fue en el último año mencionado cuando comenzó a ser un gran exportador petrolero.

Por supuesto, pudieron haber privilegiados, como los hacendados, los que vivían de las herencias y los grandes comerciantes, pero en general se vivía una gran pobrea.

Ahora bien, el doctor José Gregorio Hernández, quien se había trazado una vocación de servicio, atendía a los pobres, les suministraba los medicamentos, ya que tenía un compromiso con Dios y con la ciencia, el cual implica la práctica de la caridad, de la solidaridad y las virtudes piadosas.

Patrón de los médicos

El presidente de la Federación Médica Venezolana, doctor Douglas León Natera, manifestó que las autoridades católicas venezolanas han invitado al gremio de la salud a la ceremonia de este viernes, que constituye un evento trascendental  no sólo para los católicos, sino para la comunidad científica y muy especialmente para los médicos.

El doctor José Gregorio Hernández ha sido elevado a los altares y se ha convertido en el patrón de los médicos.

Al respecto, el dirigente gremial se refirió a los profesionales de la Medicina como capaces, eficientes, responsables y comprometidos por atender la salud de la población venezolana.

En este sentido dijo que el esfuerzo que han venido haciendo los médicos venezolanos por atender a los pacientes de COVID-19,  ha sido tal que el número de galenos fallecidos en Venezuela es el mayor registrado en el mundo a causa de esa pandemia.

Aún más, han sido inevitables los fallecimientos porque los médicos son los que tienen el mayor contacto con los enfermos y, en consecuencia, son los más propensos a contraer el contagio del virus, ya que no cuentan con los equipos eficientes para cumplir sus labores.

Indicó que, no obstante el esfuerzo y la exposición al riesgo que tienen los profesionales de la Medicina, éstos devengan miserables sueldos y, por tanto, la exigencia que está haciendo la Federación es que los emolumentos sean de un mil dólares para cada uno de estos trabajadores de la salud.

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