#OPINIÓN Sor Juana y Goethe: Del Barroco al Romanticismo (Parte VIII) #30Ago

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Sencillamente genial

Sor Juana sintió vivo interés por los fenómenos ópticos y las percepciones engañosas que en el siglo XX vendrían a llamar la atención de la psicología de la alemana de la Gestalt, según la cual el acto de ver no es una actividad pasiva, sino fuertemente interpretativa: “Si veía una figura, estaba combinando la proporción de sus líneas, y mediándola con el entendimiento, y reduciéndolas a otras diferentes. Passeábame algunas veces en el testero de un dormitorio nuestro…y estaba observando que, siendo las líneas de sus dos lados paralelas, y su techo a nivel|, la vista fingía que sus líneas se inclinaban una a otra, y que infería que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van a formar una figura piramidal. Y discurría si ésta era la razón que obligó a los antiguos a dudar si el mundo es esférico o no. Porque aunque lo parece, podía ser engaño de la vista demostrando concavidades donde pudiera no haberlas.”

En otra ocasión relata sor Juana en Carta a sor Filotea: “Nada veo sin segunda consideración. Estaban en mi presencia dos niñas jugando con un trompo, apenas yo vi el movimiento y la figura, cuando empezé, con ésta mi locura, a considerar el fácil motu de la forma esférica, y cómo duraba el impulso, ya impresso e independiente de su causa, pues distante de la mano de la niña, que era la causa motiva , bailaba el trompillo, y no contenta con esto, hice traer harina y cernerla, para que, el bailando el trompo encima, se conociesse si eran círculos perfectos o no los que describía con su movimiento; y hallé que no eran sino unas líneas espirales, que iban perdiendo lo circular cuando se iba remitiendo el impulso”. Acá debemos hacer dos precisiones. La primera es que la monja realiza un auténtico experimento, palabra que significa “fuera de la mente”, es decir probar en los hechos y no con la mente, como hasta entonces se acostumbraba desde la Antigüedad y que Galileo demostró que era un grave error formular hipótesis a base de anacrónicos silogismos. Lo segundo es que sor Juana desmiente la creencia de los pitagóricos de que la geometría gobierna la realidad, y que el movimiento del trompo en consecuencia debía ser perfectamente circular. El pitagorismo tuvo larga vida y no fue sino hasta tiempos de Kepler que se demostró que las orbitas de los planetas no es circular sino elíptica. Si la religiosa hubiese contado con un telescopio mucho habría descubierto entonces al observar estrellas y planetas en las noches de ciudad de México.

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No menos sorprendente en la monja es su estrategia de estudios, la misma que emplearía siglos después Charles Darwin al descubrir la leyes de la evolución de las especies al leer al economista Adán Smith: “Yo de mi puedo asegurar que lo que no entiendo en un autor de una facultad, lo suelo entender de otra, que parece muy distante…”. Ella era, dice Henríquez Ureña, ante todo intelectual: la facultad predominante en ella no era la facultad de creación poética sino la inteligencia como razón, como facultad de entender y juzgar.

Goethe realiza un controvertido viaje a Italia para conocer in situ la Antigüedad clásica así como el grandioso movimiento cultural del Renacimiento de los siglos XV y XVI. Arriesga su vida para conseguir una muestra de rocas que le interesan al borde de un peligroso peñasco. Es poeta, es científico, hombre de mundo, curioso en extremo: el “hombre fáustico” que se lamenta: “mucho sé, pero saber quisiera el todo.” La ciencia no calma el ansia humana por un saber integral, escribe Ignacio Burk. Al hombre apasionado por saber, le ha asediado en todo tiempo la tentación de acudir a recursos divinos y demoniacos para obtener verdad y poder. Es la tentación de Fausto:

“He estudiado, ay, toda la filosofía,
También medicina y juristería
Y, lamentablemente, la teología.
Todo lo estudié con ardiente afán.
Pues, cual pobre necio me tienes aquí.
Pues ahora más ignorante me hallo,
Me dicen “Magister” y hasta “Doctor”
Y hace más de diez años que en verdad lo soy
Y con mis discípulos errante y cruzando los caminos voy
Engañándolos, porque yo mismo no sé en donde estoy.
Y al comprender que nada podemos saber
Mi corazón está a punto de fallecer.

He aquí que a la magia me entregué:
A ver si la boca de algún espíritu con poder
Me revele el misterio de un secreto saber
Y me libere de que, tras amargo sudor,
Tenga que decir que no lo sé, que nada sé.
Que yo pueda descubrir lo que al mundo
Contiene en lo más íntimo de su ser,
Y pueda mirar todo su poder creador y su honda raíz.
Y con palabras huecas no tenga que contestar”.

La pasión de Fausto es sed de saber intelectual; y es sed de poder a fuerza de saber, escribe el eminente maestro germano-venezolano Ignacio Burk, quien ha sido uno de mis guías espirituales al enseñarme amar la cultura de habla alemana: Mann, Brecht, Durero, Einstein, Leibniz, Kepler, Heisenberg, Novalis, Beethoven, Bach, Marx, Kant, Goethe, y difundirla con entrega sincera y ardorosa pasión a mis discípulos y colegas en distintos niveles de la educación venezolana.

Es famosa la teoría de los colores o ZurFarbenlehre, elaborada por Goethe en 1810, teoría que no tiene como objetivo esencial un hecho real y preciso, sino una enseñanza esotérica sobre el origen místico de los colores, la unión de la luz y las tinieblas. En esta teoría Goethe se aparta de las ideas de Newton y de la Ilustración con respecto al color. Funda una suerte de psicología de los colores, atribuyendo un color específico a cada una de las personalidades humanas. En este curioso empeño lo acompaña el poeta Schiller y fue novedad que no compartieron los científicos de entonces. Hogaño ha despertado renovado interés esta heteróclita teoría.

El poeta alemán era un polígrafo excepcional, se interesa por la anatomía comparada, la explotación de las minas, la construcción de aeronaves, el neptunismo, teoría que sostiene que las rocas se forman en el fondo marino, matemáticas, galvanismo, frenología, química, mineralogía, las nubes, zootomía, plantas exóticas, fauna y flora americanas, los cuerpos simples, la aurora boreal, las primeras locomotoras, recoge todos los datos a su alcance sobre la isla de Malta. Goethe sacó de la ciencia el principio de una inagotable juventud. Era una genialidad, noción elaborada por primera vez por los románticos. Más tarde, el positivismo establece una sutil equiparación entre locura y genialidad, verdad científica de la frenología del criminalista italiano Cesare Lombroso, quien analiza los casos de locura creativa de Cellini, Goethe, Vico, Tasso, Newton y Rousseau.

Luis Eduardo Cortés Riera

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