lunes, junio 27, 2022
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#OPINIÓN La existencia extravagante de Jimmy Moraña (Parte II) #16May

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A Jim donde sea que esté tu planeta…

“El diablo es un cabrón muy listo ¿eh?…

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Sabe que no son nuestros triunfos 

los que nos llevamos a la tumba, 

sino nuestros pesares…” 

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Gary Jennings

 “La realidad es meramente una ilusión,

 …aunque una muy persistente”

Albert Einstein

 “Son tus decisiones, no tus condiciones, 

…las que determinan tu destino”

Tony Robbins

“Parece que matamos un cerdo 

…y nadie quería tocino”

Dicho Tejano

“La verdad rara vez es pura y nunca simple”

Oscar (Fingal O’Flahertie Wills) Wilde

  1. El alienígena pre cognitivo

¿Qué significaba para Jim la palabra extraño? Esa sería la consulta a hacer. Seguro que no concebiré la respuesta abarrotada de señalas, conjeturas, leyendas, figuras aparentes y las asombrosas astucias para vivir dentro del país de Alicia en el espejo. En Jim había una homeostasis o proporción entre su universo y el nuestro. Él no lo percibía mientras todos lo advertíamos. En realidad nunca importó, se había acostumbrado a convivir con el detalle en su cotidianidad. Una que contravenía toda norma de la lógica y para colmo de males y de forma indirecta, los manuales de urbanidad y buenas costumbres de Manuel Carreño

Mamá (de igual apellido que el del Manual) no conoció a Jim. Menos mal para Jim. Y ni hablar para Carmen Teresa que parecía ella haber escrito el manual o en quien inspiró su tocayo que no le llegaba ni a los talones a la ISO 9000 de mamá Carmen. Según Magoo, todas las domésticas marcaban la milla cuando notaban el fajo de hojas que la perfecta ama de casa a las que las sometía con la ISO 9000 bromeaba Magoo. Ana Teresa Sifuentes había perdido el titulo con Carmen Teresa Carreño, la mejor ama de casa del país y a decir de los entendidos la más pulcra y fina de aquellos tiempos de Renny Otolina y Amador Bendayán.

Crecen más cosas en un jardín que las que cree el jardinero que lo sembró. Esa era la tesis de higiene de mamá. Le horrorizaba lo que no se veía, y siempre hay algo que no se ve, decía convencida, lo que para mamá significaba sucio, desastrado, desaliñado. Palabras sacrílegas para mi madre. A todas éstas, Jim no era precisamente el epítome del aliñado en ningún aspecto de su vida. Mas sin embargo había un no se qua filosofal que parecía saber. 

Frecuentemente sus historias dejaban una lección que había que inferir. Pero no te la ponía fácil por el simple hecho, concluimos, que Jim tampoco sabía que él era un vector de enseñanza inconsciente. Eso nos puso como cazadores de conocimiento no ordinario. En esos tiempos aparecieron las novelas de Castaneda sobre los indios Yaqui en la frontera de México con los Estados Unidos. El brujo Yaqui Don Juan y Don Genaro impresionaron a Moraña de una manera insospechada. Su estilo de autismo abierto daba la sensación que iba y venía de otra dimensión. Lo hacía sin darse cuenta y era natural para su cotidianidad.  

Jim nos contó y corrimos a buscar la obra. Yo las leí, pero a Magoo le dio fastidio y como siempre, hizo que se la contara. La obra de Carlos Castaneda para el momento tenía cinco novelas publicadas en varios años sucesivos, todas ellas éxitos de venta. La primera de ellas llamada “Las Enseñanza de Don Juan”, relataban lo insólito del mismo autor del libro quien fue a realizar un estudio de antropología en Sonora-México justo en la frontera con estados unidos donde vivían los pisatarios originales de la zona, los indios Yaquis.

Allí conoció a los chamanes de la zona los brujos maestros Don Juan y Don Genaro, quienes lo estaban esperando desde hacía un buen tiempo. Resulta que el profesor terminó siendo el aprendiz de estos maestros del Tonal y del Nagual. Hitler tenía razón, matemos primero a los artistas, Jim tenía una animadversión con el artista no con el arte. De hecho todo Jim era una obra de arte rara, podría decirse de tercera categoría. Pero Jim era mucho más que una menesterosa apariencia. El panita Moraña poseía precognición ingénita. Bien podría decirse que probaba melange, la especia de la obra Clásica de Frank Herbert, Dune. Jim distinguía a un ritmo diferente, un paso adelante del resto. 

La vez que lo persiguieron los perros Jim presintió que algo peligroso pasaría. Justo antes que la jauría enfilara hacia nosotros, Jim se puso nervioso y empezó a caminar rápido sin previo aviso. Nosotros al verlo ya sabíamos que algo iba a pasar. Redoblamos el ritmo y gracias a esos pasos previos ganamos en buena lid a los hijos de perra que venían con todo a dentellarnos sin ton ni son. Cuando las bolas de estambres multicolores y a rayas volaron por los aires dejando unos pies con calcetines rayados, el susto no pudo detener el asombro pero sobretodo no pudo detener las carcajadas de todos incluyendo al desquiciado Moraña.

  1. La cleptomanía avisada del súper agente Maxwell Moraña  

Nunca supimos cómo a Jim le hechizaba tanto el riesgo. Me viene a la memoria las veces que nos puso en serio riesgo de ir detenidos por estar de abusadores de lo ajeno. Todo empezó cuando nos invitó a ir a adquirir acetatos en la tienda discográfica Don Disco en Chacaíto, junto a Beco. Iba vestido con una gabardina gris muy sospechosa. Quien sabe de dónde la sacaría. No contento con eso trajo otra para mí. Magoo no se atrevía a eso y se iba a esperarnos a la esquina por si acaso y lavarse las manos cual Poncio Pilates perdón Pilatos. 

Siempre Magoo fue el más desconfiado o sea el más astuto por eso sufría más internamente pero a cambio le pasaban menos contratiempos. Taimado y con faz de caído de la mata, nos llevaba una morena en cautela. En cambio Jim era un kamikaze y yo un cretino instintivo.

Había para colmo un clima cerrado full de cúmulos y cirros nubosos y lloviznas que no mojaban pero empapaban esparcidas como mechones de pelo en una alopecia. Pensé en Tom Hank en el papel de Forrest Gump cuando estaban en Viet Nam. Describía la lluvia tal como la sentía en ese momento mientras caminábamos rumbo a la tienda discográfica luego de apearnos del vagón del metro que en esos tiempos era una novedad de pocos países en vías de desarrollo como Venezolandria como le decíamos por tanto Venezo-landros de vía.

Moraña estaba cumpliendo años pero no se acordaba. Tal vez ni se acordaba en qué día o fecha había nacido. Eso no cabe en la cabeza de ningún joven. Jim no sabía o no se acordaba de su edad real. Debía tener cerca de 23 años o algo así. Allí estábamos mirando la marquesina del establecimiento. Un disco con ojos nos miraba con recelo aunque eran simpaticones. Jim se le quedó mirando y por un segundo juraría que lo había saludado con un guiño muy sutil que dejó caer antes de traspasar el portón de vidrio de entrada a la tienda.

La llovizna se hizo más dinámica y dejó de ser pertinaz. El aire acondicionado y las puertas de vidrio goteando permitieron ahumar las ventanas del parador. Moraña aprovechó para revisar discos en cajones especiales para los clientes donde se podían seleccionar con facilidad el elepé de preferencia. Las secciones musicales estaban separadas por melodías modernas, música latina, música criolla, y variados. No habían tantas secciones y ritmos musicales como hoy en día, es casi como todo, en los géneros es donde más nos cuesta entendernos con eso de la liga de Lesbianas, Gais, Bisexuales, Transgresores e Intersexual, hay para todos los gustos, seguro diría Moraña muy serio para luego soltar la risa maliciosa.  

Ya en el establecimiento, eso sí lo recuerdo terriblemente bien, el encargado le puso el ojo a Jim desde que entró con su gabardina cual súper agente 86 Maxwell Smart. A eso súmele la cara de trastornado tipo Goofy y la manera de caminar como si estuviera en barra de equilibrista. No había manera de no ponerle el ojo a ese señor fuera de orden. Por mi parte yo entre más que predispuesto pues mi acompañante nos había delatado sin ni siquiera darse por enterado. Las cartas estaban echadas y cualquier movimiento era caída segura.

  Adentro lejos del felón Jim Moraña, hice mi movida y me sacudí rápido a la puerta abriendo mi sobretodo para expresar que nada llevaba escondido en ello. Eso mismo no fue lo que pensó Jim quien rápidamente se colocó un disco de Grand Funk en el gabán. No se había dado cuenta ni de lejos que estaba más que cachado. Como si no fuera con él la cosa dio unos giros extraños caminando por los pasillos de la tienda y al fin se dirigió a la salida. Allí lo esperaba seguridad para darle de palos por descarado. Lo que pasó después es un clásico del cine mudo. Jim era Charlotte y el guardia era un gorila que le llevaba como dos metros de altura. 

  1. El cachetudo y la pirada a pie

Moraña caminó con su sonrisa maliciosa, su tumbado de peo equilibrista y su elepé bajo el brazo directo al hombre montaña. Lo peor permaneció en la cara de los empleados esperando que el gorila Maguila de seguridad desfigurara a Jimmy de un sopetón. Jim llegó a la puerta con las manos en los bolsillos del gabán al estilo Pedro Navaja. El disco era solo una temeridad, no un robo per sé. Pero el guardia no tendría cómo saberlo. Jim saludó al hombre con esa sonrisa que no tiene cómo entenderse, y peor si tratas de llevarte algo que no quieres pagar y que no necesitas. 

El guardia se le atravesó en el camino y al no comprender al anti-parabólico de Jim, que quién sabe en dónde estaría en ese segundo, si en el tonal o en el nagual, o en qué demonios estaría pensando. Lo cierto fue que no supo de dónde vino la bofetada que le propinó el guachimán. Jim inmediatamente dejó caer el disco que se le escurrió del gabán bajo el brazo estrellándose contra el suelo con la suerte que el elepé no se quebró. Sacando provecho de un descuido del guardia que se agachó a tomar el cuerpo del delito, el felón de Charlotte se piró de una atravesando las puertas de vidrio aun mojadas y poniéndose a buen resguardo en el sitio previamente acordado con sus cómplices, es decir, Magoo y yo.

La lluvia continuó acrecentándose lo que nos permitió pasar desapercibidos entre la gente que transitaba a esas horas que no eran pocas. Jim tenía un rosetón inmenso en el carrillo izquierdo. Y reía entre asustado y emocionado. De pronto dijo, con los ojos puestos en el limbo… ¡ésta vez sí que la cagamos, he debido escoger el disco de Jethro Tull! Nada pudo ser más desconcertante. Ese día supimos dos cosas que jamás se nos olvidarían; Una: que todos estamos como locos en esta vida, sea en el tonal o en el nagual y Dos: el crimen no paga o paga encanado y con canas. El universo de Jimmy Moraña era un mundo terrenal, pero íntegramente de una dimensión desconocida.

MAFC

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