El drama de un régimen en guerra con su pueblo: La diáspora venezolana #4Mar

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Una de las mayores olas migratorias de la historia moderna, ha sido originada por la destrucción que ha habido en Venezuela en los últimos 25 años. Más de 8 millones y medio de seres humanos, casi una cuarta parte de la población del país se han dispersado por todos los continentes, salvo Antártica, sin que haya ocurrido un conflicto armado declarado, o una catástrofe natural, asegura la ONG Movimiento Ciudadano Venezolanos en el Mundo.

En un comunicado se advierte que el origen de esta tragedia, política, social, económica y espiritual, ha sido la acción de un grupo político que pretende perpetuarse en el poder. Para hacerlo, el chavismo y sus herederos, han instaurado un régimen de miedo, represión y hambre, que no solo ha causado la destrucción por diseño del aparato productivo, sino que ha debilitado la fibra de la república, generando efectos nocivos en la población, como son el empobrecimiento colectivo y la pérdida de valores éticos y morales.

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Ello en paralelo con alimentar comportamientos indeseables y delictivos, que no solamente describen la actuación de algunos desadaptados y criminales, sino aquellos efectos negativos del desgobierno que sin duda han alcanzado a sectores más amplios de la población. El tema de las bandas criminales, y la asociación con grupos guerrilleros, en Venezuela es especialmente complejo, porque hay evidencias, inclusive de organismos internacionales de DDHH, que indican un grado de connivencia con el régimen en áreas fronterizas y de explotación minera no controlada.

Revolución frena desarrollo y expansión

Venezuela fue, hasta la llegada del actual régimen al poder hace ya 25 años, un país que se encontraba en plena transformación hacia una nación de crecimiento y bienestar para su población. Especialmente en la segunda mitad del siglo pasado, Venezuela se transformó de país agrícola y pecuario, pobre y atrasado, en un país moderno y pujante. Su economía creció, durante varias décadas, más del seis por ciento por año, llegando a ser uno de los países más prósperos de América Latina y un lugar donde muchos ciudadanos del mundo aspiraban a hacer sus vidas. Hubo progresos importantes en educación, salud, infraestructura y servicios y se logró la consolidación de una sólida clase media, con oportunidades de progresar económica y socialmente. Este desarrollo ocurrió en democracia, y a pesar de que no estuvo exento de coexistir con pobreza y exclusión, no cabe duda de que el país se orientaba hacia una senda clara de crecimiento.

El petróleo jugó un papel fundamental en ese proceso de crecimiento y Venezuela, se convirtió en un país de acogida de miles de europeos de la postguerra, particularmente provenientes de España, Italia, Portugal y sobrevivientes del Holocausto. En nuestro continente, cuando la crisis de inseguridad, y los problemas económicos azotaron a los países andinos, recibimos a millones de colombianos, ecuatorianos, y peruanos. Otro tanto ocurrió en la década de los 70: miles de perseguidos por las dictaduras del Cono Sur, particularmente chilenos, argentinos y uruguayos recibieron cobijo de nuestra patria y fueron acogidos con generosidad y amplitud. En Venezuela, todos encontraron refugio y tuvieron la oportunidad de rehacer sus vidas.

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Con esa gran inmigración, el país se benefició y creció con las destrezas, habilidades y tecnologías empresariales importadas con los inmigrantes y, al propio tiempo se gestó un admirable proceso de mestizaje en un contexto extraordinario para una sociedad que buscaba la prosperidad y la solidaridad como metas. Venezolanos y extranjeros tuvimos la oportunidad, a través de la democratización de la educación y de la existencia de oportunidades de trabajo, de crecer como individuos. Se consolidó una sólida clase media y hubo una disminución muy importante de los índices de pobreza.

Todo ello se acabó con la llegada del llamado Socialismo del Siglo XXI. La infraestructura industrial del país, empezando por la industria petrolera, ha sido destruida. Los productores agropecuarios se han arruinado y los sectores de comercio y de servicios han entrado en una profunda crisis.

Hoy en día la economía venezolana está destruida, con una contracción del PIB en los últimos 10 años cercana al 70 %. Como si fuera poco, la democracia que teníamos, aún con sus imperfecciones, ya no existe. El derecho a disentir y la libertad de expresión son dolorosas ficciones. El régimen controla todos los medios de comunicación, y los pocos que quedan están sometidos a una feroz censura. Este control social va acompañado de represión en los sectores opositores y hay centenares de presos políticos civiles y militares.

Frente a esta situación política, social y económica millones de venezolanos han encontrado refugio en decenas de países extranjeros. Los más pobres han ido caminando, a través de miles de kilómetros por los países andinos atravesando, Colombia, Ecuador, Perú que hasta llegar a Chile y Argentina. Otros miles se han aventurado por el tapón del Darién, en Panamá, buscando oportunidades para lograr el sueño americano entrando por la frontera sur de los Estados Unidos y arriesgando su vida en el trayecto.

De esos millones de venezolanos los hay de diversos niveles económicos y sociales. Algunos han salido por razones políticas, aunque la mayoría lo han hecho por motivos económicos, por el hambre y la miseria que existe en Venezuela. En ese universo complejo hay empresarios y profesionales de primera línea, trabajadores de diversos oficios que lo que buscan es sobrevivir y levantar a su familia. La inmensa mayoría de ellos son gente honesta y trabajadora que aspira a tener unos ingresos adecuados para el sustento de sus familias.

Es innegable el efecto económico positivo que los refugiados les proporcionan a los países de acogida. El trabajo productivo que la mayoría efectúa repercute activamente en sus economías y también en la venezolana por la vía de las remesas. Lamentablemente también hay una ínfima cantidad de refugiados que no representan al gentilicio venezolano, que se han dedicado a delinquir, empañando el buen nombre de la gente de bien que conforma la mayoría de la diáspora venezolana. Al natural rechazo que producen estas conductas, se le une la manipulación política de la migración en países como los Estados Unidos, y los ejercicios de xenofobia que han sido incorporados a campañas electorales.

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