Arquidiocesana: La grandeza del trabajo

“Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo debido” (Mateo 20,3-4).

Qué importante es tener trabajo. Qué grande es querer trabajar. Cómo entusiasma encontrarle sentido al trabajo de cada día.

En el Antiguo Testamento pese a lo que se suele decir, se expresa que el trabajo no proviene del pecado. Antes de la caída, tomó Yahvé al hombre y lo estableció en el huerto de Edén, para que lo cultivara y lo guardara (Génesis 2,15).

En efecto el mismo decálogo, después de prescribir seis días de trabajo, es cuando prescribe el sábado como día de descanso y culto especial a Yahvé (Éxodo 20,8).

A propósito estos días de trabajo recuerdan “los seis días bíblicos”, que empleó Dios para crear el universo, y subraya así que Dios al formar al hombre a su imagen, quiso asociarlo a su proyecto, poniendo en manos del hombre, el universo creado a fin de que ocupara la tierra y la sometiera (Génesis 1,28)

De tal manera que el ser humano está llamado a perfeccionar esa naturaleza y mundo creado por el Todopoderoso. Eso sólo se puede hacer con el trabajo en todas sus variedades. Es sólo con el trabajo de cada día como se consolida la creación.

El trabajo es la expresión de la creación de Dios, es el cumplimiento de su voluntad.

La Biblia, ve el trabajo como una exigencia de la vida humana; por lo tanto la Sagrada Escritura frente al trabajo, traduce el juicio de una conciencia sana y recta, y lo ubica dentro de la verdadera sabiduría.

Por eso la palabra de Dios es muy severa con la ociosidad, en nombre de la dignidad y del sentido común. Está consciente que la pereza es madre de la miseria. La ociosidad aparece como una degradación, que lleva a decir a San Pablo: “El que no quiera trabajar que no coma”, e insiste la palabra Divina: “La puerta da vuelta sobre sus bisagras, y el perezoso sobre su cama” (Proverbios 26, 14).

La Biblia, sabe apreciar el trabajo bien hecho, así como la dedicación, habilidad y empeño que pone en su faena, el herrero o el alfarero (Eclesiástico 38,26,28,30). A la vez admira y valora el arte producto del trabajo, realizado en el palacio de Salomón, y en el templo de Yahvé.

Esta estima por la labor, nace no sólo de admiración ante los logros del arte, sino que sobretodo reposa en una visión más profunda sobre la importancia del trabajo, en las relaciones sociales y económicas; en efecto sin los artesanos, los labradores, los que trabajan en general “ninguna ciudad podría construirse” (Eclesiástico 38,32)

Claro está que el trabajo produce también cansancio, ese es el precio del esfuerzo y la superación. Pero porque el trabajo produce sobre todo bienestar, satisfacción profunda, progreso, seguridad personal y familiar, posee un gran valor social.

Los Sumos Pontífices han expresado de muchas maneras una concepción extraordinaria sobre el trabajo, así lo encontramos entre otras formas en la gran encíclica “El Trabajo Humano” de Juan Pablo II.

Por eso valoremos el trabajo, no perdamos tiempo.

Entendamos que es el trabajo honesto y constante, el único camino para la superación real de los individuos y los pueblos.

Comprendamos la importancia y dignidad del trabajo.

Trabajemos más y con más calidad y eficacia, y lograremos un lugar de dignidad social.

 

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