Editorial: ¡Una inmoralidad!

Al muy chambón estilo de Jalisco, que según la canción de Jorge Negrete “no pierde, porque cuando pierde… arrebata”, el Concejo Municipal de Iribarren ha pasado a la historia no por sus ordenanzas y ejecutorias a favor de la ciudad, sino por los arranques de despojo de competencias, tras el triunfo de Alfredo Ramos, el candidato de la MUD, en la alcaldía.

No bastó que la alcaldesa, Amalia Sáez, abandonara en secreto el despacho en octubre, al calor de unas denuncias aún no aclaradas. Tampoco las escandalosas prestaciones sociales y demás emolumentos concedidos alegremente a personal del entorno. Ni las contrataciones convenidas a dedo, en ávida rebatiña, a última hora. No fue suficiente que el abanderado del PSUV fuese sorprendido en posesión de un inmueble incautado por la ONA a un narcotraficante. El presidente de la cámara municipal saliente, César Gavidia, tuvo el descaro de declararle a los periodistas, apenas el CNE oficializó el revés electoral del oficialismo, que habían decidido traspasar, primero, el Mundo de los Niños y el Bosque Macuto, al Ministerio de Turismo. “La entrega la hicimos con muchísimo orgullo”, exclamó. Significa que dar cuenta de un saqueo, un vulgar pillaje orquestado entre gallos y medianoche, le hacía mucha gracia al funcionario. Estaba feliz, exultante, dice él mismo.

Según palabras textuales del propio Gavidia, Mintur ya había hecho la solicitud del Mundo de los Niños y el Bosque Macuto, por los días en que la Flor de Venezuela le fue arrancada a la Gobernación del estado. “La habíamos mantenido, esperando el desarrollo de los acontecimientos”, quiso aclarar, oscureciendo más el asunto. Todo dependía, entonces, de los resultados del 8-D. ¿Hacen falta más argumentos, o confesiones tan infelices como esa, para llegar a la conclusión de que se trata de una insolente retaliación política?

No obstante, el descabellado asunto no se queda ahí. El lapso que va entre la acreditación formal de las nuevas autoridades y su toma de posesión, en lugar de ser dispuesto para conciliar una transición en paz, transparente, respetuosa, en fin de cuentas, del veredicto soberano de los electores, ha sido aprovechado para un asalto programado. Pese a su importancia como centro de acopio que surte de alimentos a buena parte del país, nunca se ocuparon del Mercado de Mayoristas (Mercabar), acosado por la inseguridad, venido a menos en los últimos años, pero ahora lo toman militarmente y lo entregan, también, al Gobierno nacional. Comdibar sigue en la infame lista.

En tanto, desaparecen 1.000 juguetes de la Fundación del Niño. Desmontan la radio de la alcaldía. Desvalijan todo cuanto pueden. Venderían el Obelisco si les da tiempo y encuentran comprador. El alcalde electo, Ramos, habla del desmantelamiento del cementerio, de la desaparición de tanques de agua y de láminas de acerolit de Emica, todo lo cual mueve a deslizar una inquietante pregunta: ¿En manos de quiénes, por Dios, estuvo el Concejo Municipal todo este tiempo? ¿Qué otras barbaridades serían capaces de hacer?

Es una realidad que se repite en todos los lugares del país donde el pueblo rechazó a los candidatos “de la patria”, según Nicolás Maduro. Eso aparte de las estructuras paralelas de poder. En Ureña y San Antonio del estado Táchira se desconoce el destino dado a unidades de transporte. En esta suerte de vandalismo oficial, hasta arrancaron aparatos aeróbicos de los parques. Maquinarias que reparaban carreteras se esfumaron, sin que un solo oficio avale el brusco e incomprensible traslado. En Torbes y Cárdenas, asimismo del Táchira, el despojo se dio en las policías municipales. En Valencia ocurrió con el Parque Recreacional Sur, la plaza Monumental y el Teatro Municipal.

No les importa para nada la legalidad. El pésimo ejemplo que dejan. El deplorable talante democrático que acusan. El perjuicio que causan en las comunidades y en el seno de las instituciones, con venganzas tan sucias. Pretenden ganar una elección mediante el despliegue de toda suerte de ventajismos y abusos, pero no toleran perder. Es un proceder funesto, reprochable desde cualquier ángulo que se lo mire. Eso no es política. Es, más bien, una conducta delincuencial. ¡Es una inmoralidad!

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