#Editorial 23/06/2014 Un cuadro dantesco

Vinieron los cancilleres de Unasur y, en medio del apagón que sofocó a buena parte de Caracas durante unas 16 horas, el único organismo que el Gobierno aceptó conociera, in situ, las incidencias en este teatro de guerra, sin calificarlos de “injerencistas”, recomendó, tímidamente, el cese de las hostilidades.

Fue suficiente para que el presidente colombiano Juan Manuel Santos estallara en optimismo. “Se avanzó mucho”, dijo, en un tono solemne. Agregó que “aparentemente” (hizo bien en no asegurar nada), el Gobierno de Nicolás Maduro había “aceptado las condiciones para iniciar el diálogo”.

Es decir, las fulanas mesas de paz, y la Comisión de la Verdad, presidida, en un descaro de ironía, por alguien tan prudente y ecuánime como Diosdado Cabello, entran en una nueva etapa. Unasur, por cierto, hizo otra propuesta sensacional: crear una Oficina Nacional de Derechos Humanos, monitoreada desde Miraflores. Se pagan y se dan el vuelto. Quién sabe por cuáles otros vericuetos de distracción caminará este dudoso propósito pacifista de la revolución. Dudoso, decimos, porque si desde el poder se quisiera poner fin a tanto derramamiento de sangre, a tanta violencia encarnizada, a tanta división y siembra de odio, hace rato habría procedido a dar muestras fehacientes de ello. Está en sus manos. Es su deber.

Pero no hay sinceridad y mucho menos propósito de enmienda. Van 39 muertes, de ellas al menos 23 por armas de fuego (11 disparos a la cabeza). La única televisora que refleja al menos parte de lo que ocurre en nuestro país es CNN, qué barbaridad, y más allá de ese otro apagón, el mediático, los relatos que se recogen configuran un verdadero memorial de sevicia. ¡De sadismo!

Ya no bastan las bombas lacrimógenas, los perdigones y el despliegue de tanquetas chinas, lo único que abunda en un país azotado, hasta la vergüenza, por la carencia de productos para la alimentación y la higiene. Con la GNB, sometida al peor descrédito de su historia, se alternan las milicias, ahora también el Ejército, y las jaurías de grupos paramilitares, encapuchados algunas veces, ocultas sus armas automáticas debajo de las franelas, pero dispuestos, siempre, a imponer el terror, al precio que sea. En tanto, las detenciones masivas prosiguen (van más de 2.000). Basta que cualquier uniformado furioso sospeche, o reaccione en su orgullo herido. Asimismo, los allanamientos indiscriminados contra urbanizaciones enteras. El trato cruel, la tortura, ambos métodos repudiables, aunque la Defensora del Pueblo quiera establecer sutiles diferencias semánticas.

Desde estas páginas, acortadas pero indoblegables en su lealtad con el país democrático, condenamos sin vacilación la vil agresión sufrida por el estudiante Ferdinando Papale, hijo de un profesor de la UCLA, cuando protestaba la noche del viernes en la avenida Lara de Barquisimeto y le dispararon una metra que le perforó la vesícula y el hígado. ¿Una metra? Si la idea es “no dejar huellas” que inculpen a los autores de esa aberración, se equivocan.
Es una prueba más, que nos toca tan cerca esta vez, de una intolerancia criminal que también usa como escudo a los órganos de justicia, el propio TSJ inclusive. Se trata ahora de la masacre judicial: La ratificación del presidio de Leopoldo López, totalmente aislado en Ramo Verde. La destitución y condena de dos alcaldes, Daniel Ceballos, de San Cristóbal, y Enzo Scarano, de San Diego. La atrocidad perpetrada por la Asamblea Nacional contra María Corina Machado, al pretender despojarla ilícitamente de su curul. Además, hechos que pudieran ser considerados risibles, si no describieran una tragedia, como la amenaza contra el diario El Aragueño, bajo la sospecha de que publica crucigramas con “mensajes cifrados vinculados a la conspiración”. Asimismo, la renuncia a la que se vio forzada la periodista Madelyn Palmar, corresponsal de Globovisión en el Zulia, tras enviar a la planta imágenes captadas por su camarógrafo, en las cuales se veía a funcionarios de la GNB y a encapuchados, actuando en comandita, durante hechos violentos.
Esta atmósfera de excesos y brutalidades se enrarecerá aún más con la debacle económica que comienza a mostrar sus garras. El aparato productivo está paralizado. Nuestro salario mínimo apenas supera, en Latinoamérica, al de Cuba. Tres devaluaciones en 13 meses han empobrecido, hasta niveles de miseria, a una población que comienza a expresar abiertamente en las colas y en los mostradores de los mercados, su exasperación ante la escasez, el racionamiento y el alto costo de la vida. “Un hombre hambriento es un hombre enojado”, nos alertaría James Howell. Según sondeo de Datanálisis, 55,6% de los venezolanos desaprueba, ahora, la gestión oficial. Más del 80% de los encuestados considera que las perspectivas económicas del país son negativas.
Sin lugar a dudas, un cuadro dantesco.

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