#OPINIÓN De los inauditos extremos

Luis Barragán | Foto: Archivo/Referencial |

Ocurrió y ocurre, en el país de un exitoso historial petrolero hecho trizas en el siglo que se anunció lleno de promesas. Realizamos la sociedad de una literal supervivencia que, a contrapelo de la demagogia que les permitió ascender al poder, toca los extremos francamente inauditos de la miseria.

Ya no se trata, por ejemplo, de un hogar de clase media que ha de desprenderse de los palos de golf, de la vajilla, de los relojes suizos y otras joyas que le dieron prestancia junto a las incursiones mayameras, o la reivindicada colección de sellos postales del abuelo insomne, según el estereotipo de una izquierda largamente más exquisita, harto comprobado por todos estos años. Ahora, sobrevivir es vender o tratar de vender el viejo vehículo, la ropa, el televisor, el móvil celular, los zapatos usados de marca, los trajes a la medida, las medias, los libros, las prendas íntimas, los juguetes, la licuadora, el microondas, el congelador, entre otras piezas, para tener lo suficiente e, incluso, irse del país con la visa de una ruindad jamás sospechada.

Irse, es la determinación adoptada en medio de la desesperación, aunque a algunos no les corresponda la huida por un exacto sentido del oficio, como los dirigentes políticos, los militares activos o los sacerdotes. Última faceta ésta que muy bien, comentándola antes de finalizar la misa, refirió el Padre Evanán González, el domingo próximo pasado.

Tiene sobradas razones el sacerdote zuliano, además, porque no se trata de juzgar, siendo tan indispensable colocarse en los zapatos del otro y los otros que adoptan tan radical solución. Empero, por la naturaleza de las actividades enunciadas, pidiendo inspiración divina para un justo discernimiento, se espera un mayor heroísmo, por llamarlo de alguna manera.

Conocida la expresión popular, nadie puede asegurar que de esa agua no beberá y, de hecho, tenemos dirigentes de oposición que no pueden pisar territorio venezolano, sin que pierdan inmediatamente la vida misma, al lado de otros, con dificultades muy parecidas de las que no hablan, desconociendo sus motivos, o las inventan, aunque puedan entrar y salir airosos por Maiquetía, prestos a sus costosas diligencias internacionales. Tarde o temprano, los historiadores les darán alcance.

Próximo a cumplir doce años de su ordenación sacerdotal, el Padre González tiene por características muy visibles la prudencia, la modestia, y el orgullo y apego a la tierra que lo vio nacer. Reivindicando la necesarísima reflexión dominical que ha de atraer a creyentes y no creyentes, en el país donde escasean los referentes éticos, sus palabras nos conducen al medio que mejor conocemos: el de la oposición.

Inédita e infinita diáspora, relacionados, amigos y familiares cruzan las fronteras, portando nuestras oraciones. En los confines de la insólita crisis, no perdemos la esperanza de un reencuentro terrenal, al pasar todo esto, procurando la mejor comprensión posible, sin sentenciar.

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