¿El azar o Dios?

, recordé a un apreciado y buen amigo que insiste en ser ateo. No estoy seguro de su ateísmo, aunque lo proclama y, según dice, nada le convence de lo contrario. Sin embargo, actúa correctamente, es un buen padre, trabaja intensamente, lleva una vida, hasta donde se conoce, más o menos ordenada. Y todo eso supone, en mi opinión, un cierto sentido de lo divino. Si Dios no existe, mi conducta es como indiferente que sea buena o mala, al fin y al cabo nunca deberé responder por mis actos, porque ante las autoridades de esta tierra, basta con una apariencia de corrección e incluso, como hemos visto en múltiples ocasiones, la compra de complicidades, para resolver los problemas, pero ante Dios el asunto se complica, Dios todo lo sabe, todo lo ve, hasta nuestro pensamiento e intenciones los conoce y su justicia es infinita e ineludible.
Le hablé hace un tiempo a mi amigo, de las quince vías de Santo Tomás de Aquino para probar la existencia de Dios. Le parecieron muy razonables, un esfuerzo admirable del gran filósofo, me dijo, pero un poco frío para el común de los mortales, según sus palabras. La vía, por ejemplo, del primer motor, le pareció interesante, pero él quisiera algo más humano, más cercano al sufrimiento de la gente, algo que le hiciera ver a todos, la cercanía de Dios con quienes han vivido y hoy vivimos en este mundo. Le comenté que Dios no creó el mundo por necesidad. Él se basta a sí mismo. El mundo existe por un designio amoroso de Dios. Él pudiera no haberlo creado, pero su amor se desbordó en todas las creaturas, especialmente en el ser humano, con quien ha querido compartir su obra creadora y a quien, grandeza divina, ha creado a su imagen y semejanza. Aún más, el pintor de un cuadro, por ejemplo, nos deja su obra, la materia prima que usó está allí en forma de obra de arte, está el lienzo, está la pintura. Podemos continuar viéndola aún después de la muerte del artista. Lo mismo ocurre con la música o con cualquier otra manifestación del obrar humano. En el caso de Dios, Hacedor del universo, si llegara a abandonar su obra, ésta para continuar existiendo, necesitaría del “material” utilizado, pero ese “material” es la nada, por lo tanto el universo, si Dios no lo mantiene, regresaría a la nada.De la existencia del mundo hay muchas teorías y explicaciones. Que si la explosión inicial, que si la evolución de las especies, que si la materia es la eterna y en su evolución ha dado al ser humano como lo conocemos hoy. Es decir, en cualquiera de esos casos seríamos producto del azar.
Pero no, no somos producto del azar, somos producto del amor de Dios.Prefiero que el mundo y mi existencia vengan del amor de Dios y no del azar, o de fuerzas extrañas y desconocidas. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Podemos decir que nos parecemos a Dios ¡Qué orgullo! Nuestra mucha o poca inteligencia, es una chispa de la inteligencia divina, compartida por Dios con nosotros. De ahí deriva la eminente dignidad de la persona humana. Dios ha creado a la persona humana, como hemos dicho, a su imagen y semejanza, y eso para mí, es suficiente prueba de su existencia y de su amor. Además de no poder pagar el amor desbordado de Dios sobre nosotros, los seres humanos hemos incurrido en rebeldías constantes contra Dios, como si no lo necesitáramos y el amor de Dios por nosotros es tan inmenso, que además de crearnos, nos redime, nos perdona y nos busca. Dios se hizo niño, Dios nos redimió con su pasión y muerte y Dios nos perdona cada vez que sea necesario, mayor prueba de amor no puede haber. No sé si mi amigo continuará siendo ateo, ni sé si quiere empeñarse en eso, pero bastante prueba de amor le ha dado Dios.
Benedicto XVI le ha dicho a otro ateo cuya vida se nota que termina, Fidel Castro, “las dificultades a las que se enfrentan las sociedades es porque Dios está ausente de ellas”. Castro pensativo, le pidió al Papa que le regalara uno de sus libros. Si de algo sabe el Papa Ratzinger es del amor de Dios al ser humano, no en balde su primera encíclica se titula Dios es Amor. Estoy seguro que el Papa le enviará el libro a Castro, ojalá le llegue a tiempo.
La Semana Santa debería ser tiempo de reflexión, de reflexión del tema más trascendente, de la existencia y del amor de Dios, de lo efímero de la vida temporal y de la seguridad de nuestra comparecencia, tarde o temprano, ante la Justicia Divina.

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