Grande y humilde, Rafael Cadenas

José Pulido |

Rafael Cadenas es un señor barquisimetano. Un señor poeta barquisimetano. Un poeta silenciosamente universal. Pero no se desvive por eso: ni siquiera aspira a ser el poeta de su calle, de su casa o de su cuarto. Él es el cauce de las palabras más potentes que la vida enseña. Cada palabra es un derrelicto luminoso de sus profundidades. Cadenas ansía que lo profundo no tenga nada que ver con el ego. El poeta barquisimetano universal, es enorme y callado como una montaña que va soltando este tipo de polen:

Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa, ni añadir brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.

Rafael Cadenas es un civil cuya sabiduría florece cada vez que escribe una frase, un verso, una línea. Es el poeta más civil que pueda cualquiera imaginarse, queriendo decir con ello que es completamente libre de uniformes, clichés, etiquetas, conformismos, esquematismos.

Su poesía elevada lo empequeñece por decisión propia: la poesía es quien lo escribe a él y lo transforma en imagen de humildad civil. Pero resulta que esa humildad es una virtud que lo perfila y lo marca. De alguna manera, en su posición contra el predominio del ego, lucha para que su humildad no se vuelva uniforme y le arrebate lo civil.

Rafael Cadenas nació en Barquisimeto y por eso es barquisimetano y larense, pero en realidad su territorio es la poesía. Cuando se escucha, se lee o se pronuncia su nombre, lo primero que se viene a la mente es el deseo de agregarle a ese nombre una frase:

-El poeta…

-El poeta Rafael Cadenas.

Él ni siquiera cree que es dueño de un nombre. Su ego le incomoda. Yo esto, yo aquello. La vida y el presente acaparan su interés.

En su primer sermón, en el Parque de las gacelas en Benarés, dijo Siddharta Gautama, mejor conocido como Buda:

“Todo lo que ha tenido un comienzo se disolverá de nuevo. Todo cuidado de la personalidad es vano; el «yo» es como un espejismo, y todas las tribulaciones que le tocan son pasajeras. Se desvanecerán como la pesadilla cuando el soñador despierta.
Dichoso el que ha vencido todo egoísmo; dichoso el que ha obtenido la paz; dichoso el que ha encontrado la verdad.”

El Parque de las gacelas de Benarés podría reclamar como suyo, cual monje extraviado en el tiempo, al poeta Rafael Cadenas. El Buda ha podido nacer en Barquisimeto.

Jorge Luis Borges, en su conferencia sobre el budismo, escribió lo siguiente:

“…para el Buddha, el mundo es un sueño, debemos dejar de soñarlo y podemos llegar a ello mediante largos ejercicios. Tenemos al principio el sufrimiento, que viene a ser la zen. Y la zen produce la vida y la vida es, forzosamente, desdicha; ya que ¿qué es vivir? Vivir es nacer, envejecer, enfermarse, morir, además de otros males, entre ellos uno muy patético, que para el Buddha es uno de los más patéticos: no estar con quienes queremos”.

Cadenas ha dicho:

“Cuando alguien se da cuenta del misterio insondable que es el vivir le da la espalda a todas las ideas, se queda con ese solo hecho, vivir. Es suficiente para colmar una vida. Entonces, por ejemplo, cualquier pensamiento es inferior al hecho de que haya pensamientos, de que se produzcan, o inferior al hecho de que podamos ver o tocar o escuchar o inferior al hecho de respirar”.

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