Los Escenarios del País: La sobrevaluación del bolívar (II)

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En entrega anterior se señaló que en la política cambiaria venezolana podían distinguirse tres etapas: sobrevaluación de la moneda (1935-1983), devaluaciones recurrentes (1983-2004) y sobrevaluación discriminatoria (2005-20??) Se dijo también que el sobrevalor refiere a una situación en la que el bolívar tiene mayor valor (compra más cosas) en el extranjero que en el propio país. Un billete de Bs. 100 no es nada aquí, pero equivale a 10 dólares para quienes tienen privilegiado acceso a dólares oficiales.

Por expreso mandato constitucional la tasa de cambio no debería estar sobrevaluada. “El Estado se reserva el uso de la política comercial para defender las actividades económicas de las empresas nacionales públicas y privadas” (Art. 301). Es obligación de las autoridades fijar una tasa que estimule el desarrollo endógeno. Sin embargo, se hace lo contrario. Aunque parezca desquiciado, se fomentan importaciones de todo tipo para alcanzar objetivos asociados a la instauración del denominado socialismo del siglo XXI.

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Tal proceder se aparta de la recomendación técnica de ajustar la tasa de cambio al ritmo de la inflación interna para no perder competitividad. En 2010 se intentó ordenar el esquema. Se fijaron tasas múltiples y volvieron las devaluaciones descartadas durante cinco años; pero con diferentes porcentajes. Se ajustaron las tasas aplicadas al público en general, y se dejó intacta la tasa aplicada a compras gubernamentales.  Deliberadamente, se fomenta la sobrevaluación, se abaratan las importaciones.

Ahora bien, un país petrolero es por naturaleza un gran importador. Pero al promover las importaciones, se está castigando a los productores nacionales privados, que se ven imposibilitados de exportar sus mercancías; sus productos resultan caros en el extranjero. Con lo que se puso en evidencia que el objetivo último es evitar la expansión del capital privado. En efecto, las providencias cambiarias apuntan a que los empresarios nacionales no obtengan dólares. Y, en caso de obtenerlos, deben entregarlos al Estado, a una tasa insignificante. Ello nos convierte en una economía abierta a importaciones de toda índole y cerrada a las exportaciones no petroleras del sector privado. Situación insostenible a largo plazo. Tarde o temprano, habrá que restaurar el equilibrio cambiario.

La noción de equilibrio no es de fácil asidero ni comprensión, pues cada país tiene sus especificidades, aun así, es una referencia útil para emprender acciones correctivas. A esa especie de “deber ser” suelen llamar los economistas Tipo de Cambio Real (TCR). El TCR surge de averiguar el valor de una cesta de bienes (digamos 80 productos esenciales) en dos países en un determinado momento. En Venezuela, pongamos por caso, la cesta vale 100.000 bolívares y en Argentina 20.000 pesos, por lo tanto, la paridad del poder adquisitivo (tasa de equilibrio) debería ser de 5 pesos por 1 bolívar, en teoría. En la realidad, las cosas funcionan de otro modo. Como se sabe, el régimen cambiario bolivariano no aspira a una tasa de equilibrio, quiere, por el contrario, que el bolívar permanezca sobrevaluado, en el mundo real la tasa oficial, a la fecha, es 1,55 pesos x 1 Bs. Se comprende claramente que, en el ambiente de libertad cambiaria que se mueve el gobierno, no así los venezolanos, con Bs. 100.000 se tienen 64,144 pesos, con los cuales se pueden comprar tres cestas en Argentina. Obviamente sale mejor comprar los productos allá, antes que producirlos aquí. Igual vale para otros países.

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La cosa se complica porque no existe una tasa única. Existe una tasa protegida (Bs. 10), una tasa complementaria (Bs. 660) y la tasa paralela (4-5 veces más que la anterior). Se sabe, sin embargo, que la inflación acumulada en nuestros principales países socios comerciales en los últimos cinco años, según Ecoanalítica (2016), alcanzó el 19 % mientras que en Venezuela llegó a 1.340 %. Esta disparidad entre las trayectorias de la inflación obligaría a ajustes proporcionales en las tasas de cambio, para no perjudicar la producción nacional. Pero eso no se hace, ni se tiene pensado hacer, ni se desea que ocurra, según la visión socialista. Mejor dicho, se ha hecho, pero para las tasas destinadas al público. La tasa protegida, para importaciones gubernamentales, se mantiene incólume, cada vez más lejos del valor equilibrio. Con lo que se desemboca en una paradoja insostenible: resulta mejor importar todo, pero no hay dólares.

Los investigadores y organismos especializados miden que tan alejada está la tasa de cambio nominal con respecto a la TCR, para ello calculan cuántas cestas se pueden adquirir, por ejemplo, en Nicaragua, Argentina, Cuba o Estados Unidos, con el dinero que se gasta en Venezuela usando el tipo de cambio vigente.

Haciendo la conversión adecuada, utilizando promedios que reporta la Cepal, a la fecha, se podrían comprar tres cestas en Argentina, siete en Estados Unidos. Estos indicadores evidencian que la política cambiaria bolivariana está diseñada para que los empresarios nacionales no puedan exportar absolutamente nada. Aquí retornamos al punto de partida: las importaciones masivas ocurren, no porque el venezolano sea flojo, o porque no se disponga de capacidad productiva nacional, sino porque el modelo político lo exige.

En la tercera entrega abordaremos el porqué de esta política antinacional.

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