#DesdemiVentana La magia de Rengifo

Rosario Anzola | Foto: Archivo |
CESAR RENGIFO, PINTOR Y DRAMATURGO VENEZOLANO. 71 AÑOS DE SU NACIMIENTO. (1915-1980). 14/5/1986 B12. FD: 1/9/2017.

César Rengifo (1917-1980) es uno de los artistas venezolanos más auténticos en su relación pensamiento y obra. Siendo apenas un niño asistió a la Escuela de Bellas Artes de Caracas, donde luego continuó y culminó sus estudios formales, orientado por una élite de artistas pedagogos, entre los que se destacan Marcos Castillo y Rafael Monasterios. A los 22 años viajó a México donde lo marcó -para siempre- el muralismo y el realismo social de los pintores mexicanos de la época.

La obra de Rengifo es de una multiplicidad asombrosa, con la misma vehemencia y fuerza vital que caracterizó su interés por la identidad del venezolano, desplegó sus pinturas y esculturas, hizo teatro, poesía, ensayo, ejerció el periodismo y se desempeñó como un eficiente promotor cultural. Profesó la denuncia social y mostró la desolación de la pobreza con la dignidad propia de su ideario y sensibilidad. Las injusticias, la opresión y la exclusión signaron la causa de su lucha desde la libertad de su palabra y su obra plástica. A pesar de que le fueron otorgados los máximos premios y reconocimientos nacionales, desempeñó su trabajo infatigable bajo el signo silente de la humildad.

Rengifo nos legó la visión de una Venezuela que necesita día a día tomar conciencia de sus posibilidades y de sus limitaciones, para construirse y reconstruirse con la solidaridad de sus protagonistas: nosotros, todos nosotros. Rengifo entendió que la obra de arte no puede ser un compendio moral, quien lo pretenda así no es un artista. Pero, cuando la creación muestra, expresa, conmueve, impacta, señala y promueve la reflexión activa del espectador o del lector, se recrea una y mil veces, liberando la fuerza inconmesurable de los sueños. Y esto lo logra la magia de Rengifo.

Cuando tenía como 12 años me topé con un óleo de César Rengifo en el que aparecía un niño rodeado de calas, desde entonces la mirada de Rengifo y el reflejo de ese “niño de las calas” formaron parte de mi imaginación y mis afectos. Mucho tiempo después le propuse a ese maravilloso fotógrafo que es Nelson Garrido pesquisar cuadros de Rengifo para hilar a través de sus obras un cuento para niños. Así nació El niño de las calas, la historia de un niño llamado Pablo, que vive en un cerro de Caracas y que persigue el sueño de ser un gran músico.

Uno de los cuadros que ilustra el texto se llama Las otras alambradas. Se trata de unos ranchos de tablitas al borde de un barranco, el texto que lo acompaña dice: “En el cerro la vida transcurre entre sustos y tristezas. Allí se aprende a sobrevivir en otra vida. Los cerros son una ciudad distinta. No hay aceras, ni agua, ni parques: pero el amor siempre encuentra allí un lugar para quedarse. Hay vecinos solidarios que hacen más llevaderos los problemas. Hay ilusiones aún cuando falte la leche y las medicinas. Hay mujeres que hacen de mamás de niños ajenos para que la amiga pueda salir a trabajar. Hay alojo y bocado para quien llegue, a pesar de la escasez de espacio y de comida. Hay tiempo para la flor”.

Quien dicta las palabras parece ser el mismo pintor. Y lo más insólito es la vigencia de su denuncia y la permanencia de un desequilibrio que persiste todavía… Cuando el libro que menciono ya estaba por entrar a imprenta me llamó Nelson y me dijo:

-Rosario, tengo todo listo, incluso encontré un estupendo autorretrato de Rengifo que acompañará la reseña de su vida, pero quiero tomar una foto tuya para colocarla también en el libro. ¿Te puedes venir ya para mi estudio?

Yo salí esa mañana de la casa sin prepararme para foto alguna, pero igual le llegué a Nelson a su estudio. Cuando me vio entrar comenzó a reírse y me preguntó:

-¿Tú sabes cuál es el autorretrato de Rengifo que fotografié anoche?

Por supuesto que yo no tenía la menor idea de cuál autorretrato había encontrado Nelson y así se lo hice saber. Acto seguido, me colocó bajo las luces, me hizo moverme de un lado a otro y atrapó las imágenes que su ojo magistral le indicaba. Una vez que terminamos la sesión de fotos me pasó a una salita donde estaban varias tomas del autorretrato. ¡Oh sorpresa! Yo no podía creerlo: allí aparecía Rengifo, con una camisa color vino tinto abrochada hasta el cuello y su inseparable boina negra.

Nelson miraba alternadamente la foto del autorretrato y me miraba a mí: ese día yo me había puesto una camisa idéntica a la del artista, vinotinto y abrochada hasta el cuello. Para ambos, fue como recibir la bendición de César Rengifo desde la eternidad.

La gente que ha leído El niño de las calas y que ha visto las fotos a las que me refiero, pensará que yo me vestí de esa manera para estar acorde con el maestro. Por eso vale la pena echar este cuento para demostrar que la magia sí existe y más aún en artistas como César Rengifo.

Del libro El niño de las calas

Pablo conoció a Teresa en un cumpleaños. Ella tiene casi su misma edad.
Las horas resultan cortas para pensarla y larguísimas para esperarla. Hay un brillo distinto en los ojos de Pablo.

Cuando sale del mercado, el niño de las calas regresa con nuevo cargamento: algunas flores, algunas frutas y algunas frases dulces para regalar a Teresa. Ha descubierto que el corazón tiene puertas, ventanas y pasadizos por donde corre un galope que le trastoca el pecho. Y Teresa le corresponde. Ambos sienten bandadas de mariposas que atraviesan su piel y sus huesos.

Pablo arranca de su violín las notas más profundas. Su concierto solitario es una mezcla de rebelión, melancolía y nostalgia. El arco sacude preguntas que no encuentran respuestas. En canciones dice adiós a los cerros.

Pablo no quiere pasar toda la vida siendo solamente un niño de las calas sin otro panorama que una ciudad de lejos.

Su inquietud reclama nuevos horizontes. Quiere ofrecer a Teresa algo más que algunas flores, algunas frutas y algunas frases dulces.

-Mañana me voy -le confía-. Volveré después de recorrer los caminos que tengo que andar.
Teresa siente que pasarán años. Pablo será el gran artista que soñó. Pablo la recordará siempre, envuelta en el infinito azul de sus quince años.

Pasarán años… Allí estarán los cerros, más cerros, más ranchos.

Pasarán años… La ciudad seguirá alimentándose de hormigón y cemento.

Pasarán años.

Pablo camina hacia esos años como un papagayo que ha soltado su cuerda.

PUBLICIDAD

Comentarios

Comentarios