#OPINIÓN Lo que no sabemos decir

Alicia Álamo Bartolomé | Foto: Archivo/Referencial |

Hay algo perdido en nuestro mundo: la verdad. Los niños mienten sobre sus travesuras, los adultos con sus disculpas, los políticos con sus promesas futuras, los publicistas con la calidad de lo que promueven, los empleados con sus reposos ficticios, los obreros con la muerte de sus familiares… claro, todos buscando un beneficio personal: evitar un castigo, librarse de un compromiso, ganar unas elecciones, vender un producto, sacar tiempo para otra cosa -además de descanso-, ganar varios días de asuetos con el pretexto de velorios y entierros… Y así pasa la vida con la ineficiencia de la mentira que corroe la eficacia de una sociedad, de un país.

Cuando todos nos decidamos a decir la verdad y sólo la verdad en nuestra vida familiar, social y profesional, se habrá dado un gran paso. Alguien me puede decir, pero hay mentiritas blancas. Las mentiras no tienen color y si tuvieran alguno, sería el negro del abismo donde vamos cayendo cuando nos acostumbramos a mentir. Otros dicen que hay mentiras piadosas, ¿cuáles? ¿qué a un enfermo no se le diga la verdad sobre su estado? ¿no seria más piadoso decírsela para que se prepare a bien morir? ¿qué a los ancianos se nos oculten problemas y sinsabores? Es una pésima decisión, porque quienes hemos vivido mucho, intuimos que algo está pasando, lo que nos provoca inquietud y, además, nos imaginamos lo peor. Y supongamos que lo sea: tenemos tantas experiencias dolorosas que ya no nos pegan tan fuerte como a la gente joven, la encaramos con entereza y serenidad. Lo que más angustia es la incertidumbre, no el hecho cumplido. La verdad lleva a la paz.

En nuestro país tenemos 20 años viviendo una colosal mentira. No es que en regímenes anteriores haya imperado la verdad, ojalá, si hubiera sido así, no habríamos llegado a la degradación de hoy. De los errores de la democracia se aprovechó el comandante aquel para hacerlos bandera de un cambio y los ingenuos -una mayoría- creyeron en él. No se dieron cuenta del golpe ficticio: quien lo protagonizó lo hizo fracasar. Fue simplemente un acto de publicidad, si lamentablemente costó vidas, poco le importaron. Lo importante es que no era nadie la víspera y al día siguiente estaba en todos los medios de comunicación nacionales y del mundo. Ya conocido, luego como héroe prisionero, estaba listo para llegar al poder por elecciones, tal como se lo planearon los hermanos de la isla, cerebros de la jugada. Todo un montaje para dar apariencia de democracia. Y aunque parecieran esas primeras elecciones las únicas ganadas legítimamente, en realidad no fue así, porque se sustentaban sobre una gran mentira. Jamás ni él, ni sus seguidores y herederos pensaron en una democracia sino en una dictadura; ni en libertad del pueblo sino en su dominio, ni en su elevación económica y cultural, sino en su sometimiento por hambre e ignorancia para perpetuarse en el poder.

Nunca esta gente ha dicho una verdad. La única son sus malas acciones que achacan a sus opositores y se sigue propagando una gran mentira. Su gran fidelidad es con su padre, a quien justamente Cristo llamó el Padre de la Mentira y ese no es otro que Lucifer. Cuando caiga este gobierno satánico, que ha enlutado a tantos hogares venezolanas, vendrá algo muy peligroso: el deseo de venganza. Debemos evitarlo, convencer a los exaltados que sus personeros deben ser sometidos a un juicio penal, hacer justicia, pero jamás engendrar más violencia.

Debemos ensayar entonces otra palabra que no sabemos decir, ni conceder, ni pedir: perdón.

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