#OPINIÓN Del Guaire al Turbio: Sacerdotisas #14Nov

Alicia Álamo Bartolomé | Ilustración : Victoria Peña |

En la historia, la mitología y el arte tenemos no poca presencia de mujeres ejerciendo
funciones sacerdotales, estos es, ofreciendo sacrificios a algún dios de esos olimpos abarrotados de ellos, o bien encargadas de cuidar los templos y mantener el fuego sagrado. Las encontramos entre los egipcios, como entre los germanos y galos, donde se llamaban druidesas. No faltan entre griegos y romanos. En algunos casos eran mujeres casadas, en otros, debían ser doncellas, tales como les vestales de Roma que servían a la diosa del hogar Vesta. Estas eran una excepción en el clero romano que lo constituían sobre todo hombres. En el Perú, los conquistadores españoles encontraron sacerdotisas en la religión de los incas.

De manera, pues, que el sacerdocio femenino no era extraño en la antigüedad pagana, pero no lo había en el mundo judío, como tampoco en el cristianismo que nació en la sinagoga. Sin embargo, los tiempos han cambiado, hasta en el judaísmo, tan apegado a tradiciones, costumbres y preceptos inmutables, hay hoy mujeres rabinos. En el protestantismo, con polémicas que en algunos casos han separado a miembros de sus iglesias, las mujeres han asumido el sacerdocio. Sólo falta la presencia de sacerdotisas en la Iglesia Católica, ¿las habrá algún día?

Es lo que unos cuantos esperan, como otros cambios por los cuales abogan, tales, sacerdotes casados, acceso a la eucaristía de divorciados unidos civilmente, matrimonio gay, aprobación de anticonceptivos y el aborto… pero dejaré en el tintero –o el teclado- estos temas adicionales, me centraré sólo en lo del sacerdocio para las mujeres.

Una monjita trasnochada le pidió a Juan Pablo II, en una visita suya a los Estado Unidos, que estableciera el sacerdocio para las mujeres, al cual aparentemente aspiraba ella y por eso la llamo trasnochada, ¿no es suficiente varilla femenina la menstruación para pasarse horas y horas encerradas en el confesionario oyendo los mismos pecados? Porque originales -en plural- no queda ninguno. Claro, este es un motivo baladí, si se quiere, aunque de mucho peso práctico, para oponerse al sacramento del Orden administrado a las mujeres. Yo tengo algo de más envergadura, no porque sea antifeminista, ¿cómo serlo?, sino por razonamiento lógico.

En primer lugar, Jesucristo, aunque muchas mujeres lo siguieron, lo asistían y él les elevó el nivel de aprecio y respeto, que eran muy bajos en la sociedad judía, sólo escogió doce hombres como apóstoles y a ellos les dio el poder -trasmisible a través de las generaciones- de perdonar los pecados y realizar el misterio de la transubstanciación del pan y el vino para convertirlos en su cuerpo y su sangre.

¿Quién podía merecer más el sacerdocio que la Inmaculada Virgen María? Pero Jesús no le dijo: “Mamá, te voy a ordenar sacerdotisa para que me traigas sobre el altar”, si lo había traído al mundo; ¿qué más? Tampoco se lo dijo a María Magdalena, la que tanto lo amó porque mucho le había perdonado. ¿Machismo del Redentor?

Yo diría más bien coherencia. En el momento central y cumbre de la santa misa, la Consagración, las palabras del sacerdote que realizan el milagro, no son dichas en segunda o tercera persona, no dice: … este es tu o su cuerpo… esta es tu o su sangre, dice: … este es *mi* cuerpo… esta es *mi *sangre.
Porque desde que sale revestido a oficiar, es Cristo, por eso nos ponemos de pie para recibirle. Cuando consagra, es Cristo en el altar como sacerdote y víctima.

Si una fémina hace este sagrado rito, así sea la Santísima Virgen, se debe convertir en Jesucristo, hay entonces, necesariamente, un cambio de sexo, ¿parece eso lógico? A mí no, más bien absurdo. Como mujer, me quedo muy satisfecha y feliz porque mi sexo está presente en el altar, pues la humanidad de Jesús sólo proviene de María, de ella es su carne, de ella es su sangre. Si oficia una dama, el sexo masculino quedaría desplazado. Cuando el sacerdote es varón, hombre y mujer están igualados en presencia en el momento de realizarse el misterio eucarístico.

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