#OPINIÓN No satanizar el diálogo #29Nov

Alfredo Álvarez |

Lo primero que hay que reconocer es que dentro de nosotros contenemos y represamos un océano de abundante y espeso miedo. Un miedo glacial y maluco que nos fue colonizando lentamente el alma. Todos estamos de acuerdo en que esa emoción oscura, es una clara consecuencia de la incertidumbre que se suscita entre todos nosotros gracias a la situación del país. Yo no creo ser la excepción de ese arbitrario consenso, aprieto los dientes y acelero el paso vistas las señales que a diario emite el gran hermano.En su tarea de mantenerse en el poder a toda costa, nos genera un miedo que cala hondo y nos muerde alucinado con una despiadada y criminal saña. No le importa absolutamente nada. Matarnos poco a poco no lo arredra, menos aún le conmueve la pobreza que nos corroe y reduce hasta ser menos que miserables. Mataron el dialogo como una condición esencial de la política, y de esta forma asesinaron toda esperanza.

Hannah Arendt nos explica en su libro Qué es la Política, que la actividad política como tal comporta una condición dialógica que surge a partir de la necesidad de superar la individualidad de cada ser humano. La política para la señora Arendt deviene entonces “en una forma de organización para quienes son absolutamente diversos y los coloca en una situación de igualdad relativa”. Nos ilustra mejor, en cuanto nos dice que la política permite y organiza la relación entre los seres humanos diferentes. Para que ello sea posible debe mediar dialogo y el respeto por el otro. Con miedo eso es muy poco probable que se alcance, porque el reducido ciudadano debe primero sobrevivir.

El autoritarismo totalitario busca quebrar toda emoción positiva en el ser humano para así doblegar la capacidad de resistencia y desobediencia en la persona. Así las cosas, el individuo impotente deja de ser un ciudadano autónomo y delega su fuerza individual en el líder y en el estado. Nelson Mandela decía en 1994 en plena efervescencia de su liderazgo “que en la medida que nos liberamos de nuestro propio temor, nuestra presencia automáticamente libera a los demás

A los del gobierno rojo no se les mueve un solo músculo de su cara al estimular con destino incierto la migración de más de cuatro y medio millones de compatriotas.Tampoco, al permitir que grupos de paramilitares colombianos controlen y usufructúen vastas regiones del país y medren ostensiblemente de nuestras riquezas. Insuflar miedo es una opción que les evita incurrir en los costos políticos de una mayor represión, y por eso es que el miedo corre a raudales entre nosotros.No obstante, en lo que va de año se han gestado en toda Venezuela más de 10.000 protestas por motivos diversos. En todas ellas se expresa un fuerte rechazo y un severo cuestionamiento a la gestión de Nicolás Maduro y a su equipo de gobierno.Lo que no existe,para superar ese caos inducido, es el dialogo democrático que nos facilite la superación de ese terrible drama.

En estos 20 años de revolución socialista el país perdió en forma inexplicable su estatus de país petrolero. Mutó desde ser una economía propensa a la autosuficiencia en términos relativos, a la de un país miserable, donde más de 80% de su población subsiste bajo la frontera de la pobreza crítica. Venezuela pasó de ser una de las democracias políticamente más solventes del continente, a ser ahora una forma de ambigua tiranía mesiánica, con toques de autoritarismo competitivo y algo de un intraficable vudú bolivariano. En esas dos décadas, un patrimonio estimado en cerca de 400 billones de dólares se volatizó, se volvió polvo cósmico, para dar origen a una nueva burguesía, por cierto, muy procaz y profundamente amoral. Eso discurrió en cámara lenta ante nuestros ojos mientras un arraigado populismo entorpecía groseramente toda forma posible de hacer política seria y constructiva.

Cuando escribo estas notas, Maduro anunciaba la creación de una milicia universitaria que el 10 de enero próximo saldrá a la calle a defender su desangelada revolución. Imposible imaginar una irresponsabilidad de mayor calibre. Con toda seguridad, antes de la temida fecha, los anuncios de ese tenor se multiplicarán de manera exponencial, porque a mayor miedo habrá entonces un mayor control social sobre el bravo pueblo. Es sabido que los gobiernos de corte totalitario tienen la ecuación muy bien medida. Saben que un ciudadano atemorizado, es un hombre inhábil para el ejercicio, reclamo y defensa de sus derechos fundamentales. Sus cuentas le reportan que, con miedo, se evita el costo de apalearlos o matarlos en las calles durante el desarrollo de masivas protestas callejeras de este año. El miedo paraliza y debemos vencerlo para poder movilizarnos hacia nuestro objetivo común. Montesquieu nos alertaba sobre esas perversiones cuando aseguraba que “unos años de anarquía son a veces menos funestos que varios años de silencioso despotismo”.

En algún momento todo esto tendrá que detenerse. Una sociedad tan polarizada como la nuestra,es incapaz de orquestar por si misma las opciones que le son necesarias para normalizar su funcionamiento.Debe saberse que un bando no puede alzarse con una victoria que anule y haga desaparecer a su adversario. Eso ahora es imposible. El gobierno está en su peor momento, y es poco lo que puede hacer para seguir adelante en su utopía política. Igualmente, la llamada oposición democrática, luce dispersa, desorganizada, desgastada, imposibilitada para promover las iniciativas políticas que motiven a los ciudadanos inconformes a seguirla y presionar por el ansiado cambio de gobierno. Ese juego por polarizado esta trancado.

La oposición tiene por delante una inmensa tarea.Debe cuanto antes superar los muy graves escollo sin ternos que tiene ante sí y que la han convertido en un inerte zombi de la política.Esos impedimentos le impiden reconocerse ante sus pares interpares,lo que constituye un terrible vicio que los estimula a sobreabundar en sus necias y muy intrascendentes particularidades. Habitan la fantasía que les hace creer que ellos están haciendo ahora, la política necesaria y liberadora para salir de este oscuro momento.Debería la oposición democrática en primer lugar, poder reagruparse eficientemente, en forma coherente para de esta manera convertirse en una opción políticamente eficiente.A título personal, nos corresponde a todos los demócratas venezolanos una tarea ineludible que consiste en mentalizarnos desde ahora para determinar de qué manera nos vamos a convenir con los sobrevivientes de ese anacronismo ideológico que se llama Chavismo, y sacar adelante al país.

Puede resultar algo muy peligroso en estos días, hablar de dialogo. Terminas muy fácilmente en ser acusado de entreguista, cohabitador libidinoso, pescador de rentas, o el amigo secreto del gobierno. Las experiencias pasadas nos han dejado un amargo sabor a derrota y burla. El gobierno sacó el mejor provecho de la apatía o la ingenuidad (escojan ustedes la mejor opción)de una oposición que no vio sus mejores tardes en esas extenuantes e improductivas jornadas de dialogo dominicano. Hay quienes con razón estiman que hablar de dialogo es dar tiempo a Maduro y los suyos de resolver su crisis interna y ver como superan los escollos del 10 de enero. ¿Qué tan cierta es esa posibilidad?

Yo no deseo estar en los zapatos, de aquellos compatriotas, que, llegada la hora, deberán sentarse con los sobrevivientes rojos a rescatar lo que nos queda de país. Para ellos, a todos esos protervos miserables,a los autores de esta descomunal tragedia que hoy somos, les invoco todo el peso de la ley, así como la más severa sanción moral posible.Una determinante objeción que perdure por toda nuestra historia futura y los coloque junto a Boves, Funes,a Julián Castro, Falcon y toda esa colección de ingratos hijos de la patria, en el peor sitio de la historia.Habrá por allí seguramente algunos “bien intencionados revolucionarios” que enterados de su error descomunal, de su terrible error histórico, sumen votos por la restauración democrática y vuelvan a ser parte de una sociedad plural, diversa, libre y profundamente humana, que una vez los tolero. Pues con ellos se hablará.

Obvio que la justicia hará lo que tenga que hacer, y corresponda hacer, con ese atado de ladrones de cuello rojo. Con los violadores de derechos humanos, con los responsables de todos esos delitos de lesa humanidad con los cuales adornan sus exuberantes prontuarios. Confío en que la justicia no parcial,sabrá qué hacer con ese extenso catálogo de calamidades de las que nos han provisto con holgura los señores dela acracia roja. Se le llama justicia transicional y calificadas opiniones ya hablan de ello. Pero estamos claros para ellos, esos que ustedes también han colocado en sus listas personales Ni perdón, ni olvido.

Se trata de una novedosa expresión de la justicia de la cual se proveyeron aquellas sociedades que lograron superar grandes períodos de represión y conflicto. Asistidos por ese criterio, enfrentan las violaciones a los derechos humanos que, por su magnitud, la justicia ordinaria no puede procesar como es debido. Se trata de un mecanismo que permite superar con acierto los problemas y laceraciones que nos dejan procesos de abusos a gran escala, lo cual permite que los responsables rindan cuentas de sus actos, servir a la justicia y alcanzar la reconciliación. Hay historia y abundante jurisprudencia sobre el tema.

En cuanto a ese eventual dialogo con el chavismo sobreviviente, disidente, originario, light, o como quieran llamarlo, es un evento ineludible. Al final del túnel uno de los dos estará esperando por el otro, para ver cómo se arma este rompecabezas de millones de pequeñas piezas dispersas en que se convirtió nuestro país. No es que me muera por estar allí, siento las mismas náuseas y aversión que cualquiera de ustedes, pero en algún momento tendemos que sentarnos a discutir qué país queremos y no podemos escapar a ese compromiso.

No será el modelo que ellos propugnan, pero tampoco será el que nosotros idealizamos en nuestra mal administrada democracia. Será el que seamos capaces de construir sin tener que asesinar a medio país al enfrascarnos en una guerra civil como la suscitada en los Balcanes o Somalia. Cuando el diálogo abandona la escena pública, pueden aparecer los males mayores. Cuando el diálogo se percibe como una debilidad, la ley se vuelve igualmente débil. Entonces se produce el paso de la fuerza de la razón, cosa grave y peligrosa. El diálogo nunca es una alternativa, es simplemente una necesidad, y la ley, cuando se plantea como alternativa al diálogo, nunca es una solución. La ley necesita el diálogo para tener legitimidad porque de otro modo puede convertirse en un obstáculo para la convivencia. Haber mas llamaba al dialogo político “la búsqueda colectiva de la verdad”

Las consecuencias de abandonar la vía del diálogo son muy graves. En primer lugar, prevalece el sentimiento de confrontación por encima de la convicción de encontrar un camino conjuntamente. En segundo lugar, la falta de diálogo da alas a los halcones, a la posición de la mano dura, de la actitud represiva, que, en el fondo, es signo de miedo y de impotencia, ya que significa que el diálogo ha fracasado antes de que ni tan siquiera pudiera germinar. En tercer lugar, sin diálogo una determinada situación queda a merced de ella misma. Se entra en un terreno confuso y peligroso.

Veamos entonces como salimos de este atolladero, donde esas posiciones de odio visceral y principista no nos ayudan para nada. Traguemos grueso y avancemos. Abandonemos el miedo a la confrontación porque esa emoción es igual a tener miedo de ser rechazado. Evitemos posponer algo que al final pueda ser mucho peor y digamos claramente que es lo que esperamos del dialogo. ¿Resolver el dilema de concertar un Diálogo con quién y un Diálogo para qué?

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