#OPINIÓN Por la puerta del sol (32): Barriga llena corazón contento #11May

Amanda Niño de Victoria | Ilustración: Victoria Peña |

¿“De qué vale decir: “Paz paz “cuando no la hay debajo del diafragma? (Napoleón)

El fin de la vida es el desarrollo personal de cada uno, sus luchas, satisfacciones, amor, sueños. Marchamos por caminos de rectas, de curvas, contra curvas y atajos, remontamos cuestas, bajamos a las profundidades. Dentro de todos los caminos existentes, cada uno elige avanzar o quedarse estancado, erguirse o arrastrarse, ganar o perder. Somos vida en movimiento, esperanzas y pasos en los que van quedando marcadas nuestras huellas.

Contar con una vida plétora en todos los campos es privilegio de quienes en medio de las dificultades han aprendido a equilibrar sus cargas. En este mundo el hombre tiene todo a su alcance para ser feliz, es incansable en la búsqueda de encontrar para sí algo que le tenga realmente satisfecho.  Tarde o temprano este hombre encontrará un horizonte en el que verá plasmado el verdadero sentido de su vida.

Comer es una de las mayores alegrías sólidas de los seres humanos. Comer es un instinto una tendencia, una necesidad para mantenerse saludable, alimentarse no es un código, el estómago no acepta obstáculos ni límites para sentirse a plenitud. En el criterio confuciano, somos imagen igual del cielo como de la tierra; según esto, cielo, tierra y hombre son la manifestación de un espíritu universal. A pesar de las oscuridades y tragedias, con  estos elementos se puede llegar a disfrutar la vida con gozo, aunque nada es perfecto en este mundo de libertades y tiranías, de pensamientos elevados y de pasiones bajas.

Curiosamente quienes mejor expresan la plenitud de la vida a pesar de sus sufrimientos y tragedias son aquellos que con sublime encanto la pintan, la esculpen, le cantan y componen versos, ellos tienen la capacidad de convertir el ultraje del tiempo, de las circunstancias y de las adversidades, en el hechizo de un paisaje, de una flor, una melodía, una entrada de alba, un sonriente ocaso.

La mayoría de las plenitudes están dentro de cada uno, siendo la más apreciada de todas, la de tener el estómago satisfecho. Razón tuvo Napoleón cuando se preguntaba en el furor de la guerra, viendo en sus rostros el hambre de los soldados: “¿De qué vale decir “Paz paz” cuando no hay paz debajo del diafragma?

Lo que más produce la rebelión de los pueblos es cuando siente que el hambre le carcome las entrañas y no encuentra manera de calmarla ni quien resuelva su sufrimiento. El hambre de los pueblos ha provocado la caída de imperios, ha producido el derrumbe de los más poderosos regímenes y reinos del terror.

Cuando la carne está satisfecha, el espíritu está tranquilo, cómodo y sonríe con placer, se quiere y aprecia más la vida

La guerra en muchas ocasiones es preferible para los hambreadores que proporcionar y asegurarle al pueblo  alimentación y calidad de vida. El hambre trae violencia y guerra, esa muerte sin rostro, hay pánico en las calles, surge el reclamo y el vértigo de iras sin compuertas, lleno está el ambiente de silencios agónicos, de quejas de hambre y sonidos de estómago del hombre rebelde.

Mientras arriba trabaja Dios, los dedos del tiempo van removiendo los crueles parapetos de la injusticia y obstáculos inhumanos hasta poner fin al reino del terror.

Cuando al cielo estremecen la inhumanidad y maldad del hombre contra el hombre, procede a derribar  por igual a reyes, tiranos, torres, alfiles y peones.

Amanda Niño de Victoria

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