#OPINIÓN Carta al Venezolano que Emigró… #8Sep

Miguel A. Peña N. | Ilustración: Victoria Peña |

A ti te hablo, a ti que tuviste que salir de tu tierra, de tu espacio natural, de las fronteras en donde te imaginabas pasar todos tus días y solo salir por placer y disfrute. A ti, que tuviste que abandonar tu trabajo, tu familia y tu ambiente cotidiano y hasta tus costumbres por ir a hacer una nueva vida en un país en el que ni siquiera imaginaste estarías ahora haciendo lo que haces. Te hablo a ti, venezolano que tuviste que emigrar con el corazón lleno de sueños y la maleta llena de ilusiones.

Qué difícil hablarte sin sentirte roto en mil pedazos. Al escribir estas letras solo puedo pensar en la dificultad que representa el hecho mismo de tener que ir a donde no quieres, de tener que quedarte en donde no te perteneces. La insatisfacción del alma y el corazón, por desterrarte de lo que amas y te hace feliz, solo es comparable con el dolor que puede hacerte sentir el ser querido que ha muerto cuando menos lo esperabas. Es decir, entiendes que no puedes hacer nada, pero te duele con el ardor de la impotencia y la frustración.

No existe forma ni manera de no acompañarte en la distancia, bien sea en Bogotá, Medellín, Lima, Quito, Santiago, Buenos Aires, Miami, Orlando, Houston, Nueva York, Panamá, Madrid, o donde quiera que te encuentres, durante cada viaje que haces de tu hogar a tu trabajo, bajo un intenso frío que no se parece a la bruma de las madrugadas caraqueñas. Es inevitable pensarte en el metro de esa ciudad rodeado de personas que no se parecen a quienes te tocaba tener al lado en un ruta barquisimetano. Cómo sentir que perteneces al calor de 40 grados centígrados del verano norteamericano, si no hay un Lago de Maracaibo que acompañe tu ciudad. Quizás viviendo cerca de La Bombonera puedas sentir la pasión de un Boca-River, pero jamás te hará vibrar como un Caracas-Magallanes. Sé que la gastronomía peruana es famosa universalmente, pero un ceviche o una causa a la peruana nunca van a caer tan bien como una reina pepiada o un pepito guaro al cierre de una rumba.

Sé que extrañan todo esto, tanto como estas calles los extrañan a ustedes. Pero no es momento de mirar atrás, no es tiempo de engancharse en el sentimentalismo de la distancia y la ausencia. Es duro entenderlo, pero Venezuela hoy no es lo que extrañas, y no precisamente por todo lo que hemos cambiado en el deterioro de la miseria en que se encuentra sumergida, sino porque hemos perdido uno de nuestros más preciados valores: a cada uno de ustedes. Sí, no es retórica motivacional, ni mucho menos un intento de darte ánimos. Es la pura verdad. Tu país es menos desde que te fuiste, porque todo ese empeño incansable de trabajo, esfuerzo y sacrificio que hoy llevas adelante, debió haber sido para hacernos crecer como nación, que fue para lo que te formaste y preparaste, pero no para tener que sostener una remesa que pueda garantizarle a tus padres un mínimo de dignidad en su hogar en tu ciudad venezolana.

No nos extrañes, hermano, no nos extrañes, hermana, no nos llores, no nos sufras. Porque somos nosotros los que te extrañamos a ti, los que te lloramos y sufrimos, los que anhelamos que esa fría navidad y año nuevo, pronto vuelvan a ser la cálida fiesta familiar de bochinche y alegría. Somos nosotros los que deseamos que tu profesionalismo, tu empeño y tus destrezas vengan a fortalecer nuestras empresas, a levantar nuestra economía y a reponer los niveles de servicio que solo la amabilidad de un venezolano puede lograr. Somos nosotros los que soñamos con poder contarte entre nuestros invitados a una reunión de amigos que terminará en una madrugada de cuentos repetidos de los cuales sigamos riéndonos por años. Somos nosotros los que daríamos lo que no tenemos por poderte escribir en un mensaje “sal, estoy afuera de tu casa, vamos a dar una vuelta”. Somos nosotros los que te extrañamos y te queremos aquí.

Pero hoy debe preponderar lo racional sobre lo emocional, es tu obligación sobreponerte a los sentimientos que te quiebran y te hacen débil. Te toca ser resiliente y seguir el camino que te ha tocado transitar. No te digo que te conformes, ni te pido que te adaptes si no es lo que te hace feliz. Pero sí te pido que resistas, que aguantes, que lo intentes un poco más, que salgas de nuevo mañana en ese frío ajeno, en ese calor extranjero o el metro, que no es el de Caracas, con la frente en alto y recordando que estás siendo un héroe que se negó a hundirse en la indignidad y luchó para que, muy lejos de su zona de confort, sus sueños pudieran seguir construyéndose y sus aspiraciones siguieran siendo posibles. Aquí y en China, seguirás siendo un valiente, un “arrecho” que diríamos por acá (aunque allá signifique otra cosa), que no se parte ante la nostalgia, que no pierde la batalla ante el despecho del destierro y que sabe que muy pronto va a poder volver al sitio donde fue feliz. Esa es tu gasolina y tu motivación, agárrate fuertemente a ella, aférrate a tus ganas de volver, porque lo harás. ¡Por Dios Santo, volverás!

No es una quimera, volverás. Tu Venezuela amada renacerá. Para nosotros volverá a brillar el sol, los cielos serán más azules, las montañas tendrán árboles más frondosos, las calles serán encuentros de paz y de hermandad. Nuestros aeropuertos y terminales se inundarán de lágrimas una vez más, pero ya no por la amargura de la despedida, sino por la felicidad de recibirte en un abrazo con tu hermano, con tu amigo, con tu mamá y tu papá. Pana, créete este cuento: ¡VOLVERÁS!

Te necesitamos, mientras tanto, aprendiendo mucho, adquiriendo todos los conocimientos que vamos a necesitar emplear en esta gran vecindad cuando nos toque levantar a Venezuela entre todos. Conviértete en esa persona indispensable para reconstruir el país. Estudia si es posible. De no serlo, trabaja, trabaja hasta que el cuerpo lo permita. Todo lo que hagas es importante, no te menosprecies, no te subestimes. Desde limpiar una casa u oficina, hasta llevar los proyectos más prominentes de grandes transnacionales. De todo vamos a tener que hacer por estos lados cuando seamos prósperos y estables. Te vamos a necesitar, a ti, a tu entrega y a tu amor por Venezuela. Prepárate.

¡Aquí te esperamos! Y aunque quizás no te recibamos con el Alma Llanera en Maiquetía, a lo mejor baste una pequeña pancarta hecha a mano por tu familia y pegada en la puerta de tu casa que diga: BIENVENIDO DE REGRESO A TU CASA, TE EXTRAÑAMOS.

Miguel A. Peña N.

@MiguelPenaPJ

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