#OPINIÓN Virgen de los arrieros #3Nov

Jorge Euclides Ramirez | Ilustración: Victoria Peña |

Cada viaje era marcharse para siempre, se dejaba todo, familia propiedades y amigos. Las mulas también presentían la larga travesía y de pronto intentaban morder las cinchas que le apretaban los fardos a la espalda. Wenceslao y Chico Juan se acostaron temprano para iniciar la jornada a las tres de la madrugada. En una hora, con ayuda de varios peones preparan la recua de mulas, catorce. Mulas criadas en la serranía de BARAGUA, cruce de burro hechor con yeguas vascas, animales duros para aguantar casi doscientos kilos de carga sobre sus lomos.

A las cuatro de la madrugada salieron de Cumarebo con sus sacos de sal en grano, sal marina para la preservación de alimentos, como vitualla llenaron sus morrales de pescado salado, chivo salado, maíz y papelón, traído de regreso de su viaje anterior desde Curarigua. Tomaron el camino de la costa hasta Coro, allí iniciaron el ascenso por las riberas del río que lleva el nombre de la ciudad capital, Pasaron por Guaibacoa, Caujarao, El Isiro, la montaña se metió en una gran ventana de tiempo y el sol fue alejando progresivamente los recuerdos inmediatos, el olor a mar se fue diluyendo en las entrañas de la tierra seca, las piedras a montones se convirtieron en inmensos taludes que bloqueaban la mirada y la devolvían al camino polvoriento, el oído se adelgazo para solamente escuchar trinos lejanos, el mundo se redujo a caminar sobre huellas mil veces pisadas.

Días y noches se sucedían con el mismo andar cansino de la recua. Pasaron por San Miguel, por la Cruz de Taratara, por Cabure, Acurigia l, La sierra de San Luis se pegaba al cielo y se estaba en su vientre como si el ayer fuera un espejismo y el futuro una ilusión, un laberinto donde el pensamiento era solamente repetir imágenes de momentos esclavizados a la soledad.

Una mula perdió el paso, se agoto casi al llegar a Churuguara, Chico Juan le  bajo la carga y le quito las jamugas, le dio un baño…Wenceslao siguió solo con la recua, la marcha no podía detenerse.

Luego fue Maparari, bajaron hasta el Río Limón para inmediatamente iniciar la subida por la Serranía de Parupano, allí la parada obligatoria en Aguada Grande y posteriormente el descanso de una noche en Siquisique. Metidos en la boca gigante de una quebrada jurásica no se tenía nombre, no se era de ninguna parte, lo humano era un componente insignificante del paisaje, Dios estaba allí, quieto, mirando detenidamente su obra, el milagro de la vida sobre la sed, la soledad y la piedra.

Entre Sicua y el Paso una bandada de loritos le dio una pincelada de nostalgia al trayecto canicular. Atrás quedaba BARAGUA y se presentía el olor de algarrobo, de Copaya y Tequere, ay Tequere con su virgen bonita, con su virgen compañera, virgen de los indios virgen de los arrieros, Virgen de Chiquinquira…

Tamayare, Ojo de Agua, Los Valles de María y después a subir el cerro La Bomba, al bajar ya era todo planicie, playa desierta, quebradas habitadas por duendes emboscados entre ramas secas y parches azules de piedra molida durante las crecidas.

Por fin  Aregue, por fin el regreso a la vida. Dormir en los Sorroclocos era ser nuevamente bautizado como gente luego de haber sido uno guacharaca, largartija, mapurite y matacán.

Aregue por años fue un punto fundamental en la ruta de la sal, por allí pasaban las recuas que viajaban desde Coro a Curarigua y Arenales y viceversa. El trayecto se fue acortando, los nuevos caminos ignoraron algunos poblados como Tequere, donde estaba la Virgen que para su protección y esperanza se le había aparecido a un indio de la zona. Los arrieros habían convertido a esta imagen en su gran guardiana y compañía de allí que mediante acuerdo unánime decidieron trasladarla hasta el pueblo de Aregue donde se le construyo un templo rústico con techo de palmas.

Allí la devoción se hizo más grande y se expandió hasta Carora, ciudad donde el culto religioso estaba sembrado en el alma de sus habitantes.

Aregue, lugar de llegada, lugar de salida, fue también así lugar de oración, lugar de tertulia, lugar de encuentros, lugar de alegría. Estos encuentros, esta alegría se convirtió en Fiesta de acción de gracias, con ritos religiosos, con ritos paganos.

La Virgen de Chiquinquirá le salvo la vida a Cristóbal de la Barrera, estaba en alta mar con el barco hundido y su ruego fue escuchado por la santa madre quien le envió una ola milagrosa que lo llevo sanito hasta la playa. Busca y busca Cristóbal por toda partes a la virgen salvadora hasta que el padre Antonio de las Hoces le indica que esta en Aregue. Virgen de los indios, Virgen de los arrieros ahora también Virgen de los marineros, Virgen de todo el mundo, Virgen de todos lados, Virgen de Chiquinquirá, Virgen de Aregue, fiesta de indios, fiesta de arrieros, fiesta de marineros, fiesta de todo el mundo, fiesta de Carora, fiesta de Aregue, fiesta religiosa, fiesta multitudinaria, fiesta pagana, fiesta del corazón, fiesta de los sentidos.

Quienes llegaban de Coro, Churuguara, Siquisique, indios y arrieros, tomaban aposento en el sector Los Sorroclocos, al lado de la Tetona, como tetonas eran las mujeres con pollera colora que llegaban del Zulia para aliviar la hombría de los arrieros.

Los indios ofrecían bailes seculares a la Virgen mientras en la plaza las mujer barbuda y el fakir asombraban a la concurrencia. Mas allá un señor de Medellín cantaba un Bingo…los dos paticos… la edad de Cristo…el volteaito y la pachungera…Tire los aros y gánese los premios, pero los aros nunca entraban por los cuellos impregnados de perrubia…Cerveza fría, Cocuy de Penca, prostitutas de los campos petroleros, bazares con numeritos de puros caramelos, loritos de la suerte, allí llegaban todos los Melquiades a deslumbrar la inocencia de los devotos campesinos, allí estaba también yayo, bisnieto de Wenceslao, mirando sin tocar, con sus siete anos y sus ganas de dormir una noche en Los  Sorroclocos.

El primer camino entre Carora y Aregue  pasaba por el Cerrito de la Cruz, por Versalles, atravesaba quebradas…el sol levantaba la tierra y la gente pisaba quebrando las tortas crujientes de barro. Solamente tunas, cujís, buches, loros, lagartijas y pájaros, allí estaba la misma soledad de los cerros desérticos, de las playas solitarias. Versalles quedaba lejos de Carora, era una casa de campo donde Pastor Ramírez, un rico de antes, descansaba de los negocios. El camino hacia Aregue era una travesía de varias horas a pie, los caroreños inventaron una peregrinación en las fiestas de Aregue, iban los niños con pantalones cortos y las señoras con inmensos paraguas, el padre iba adelante con el rosario. Al pasar por Don Benito se veían los toros pardozuisos que don Teodoro había traído para criar una nueva raza de ganado lechero.

Con el tiempo este viejo camino fue abandonado y la travesía se hizo pasando por El Roble, allí se construyó una carretera más amplia, con puentes sobre las quebradas, era de tierra pero derechita. Sobre el Morere construyeron un puente nuevo para soportar el peso de los automóviles.

Cuando ordenan de Obispo a Monseñor Eduardo Herrera Riera el Gobierno asfalta la carretera y construye una ampliación del viejo templo. Allí, bajo la mirada protectora de la Virgen de Chiquinquirá se cumple una promesa y se abre un nuevo ciclo. El viejo templo, donado en su integridad por Cristóbal de la Barrera, es complementado por unas edificaciones posteriores que permitían una labor eclesial y pastoral de mayor alcance.

Jorge Euclides Ramirez

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