#OPINIÓN Del Guaire al Turbio: Amazonia nuestra #18Mar

Alicia Álamo Bartolomé | Ilustración: Victoria Peña |

El 2 de febrero de este año, el papa Francisco publicó su Exhortación Apostólica Postsinodal Querida Amazonia y el 24 de mayo se cumplirán 5 años de su Encíclica Laudatio si´. Dos documentos muy importantes, no sólo como legado del pontificado de Francisco, sino para la historia de la Iglesia. Dos documentos que muestran, sin solución de continuidad, la preocupación de nuestro actual Pontífice por la supervivencia del planeta que nos alberga, al que él llama nuestra casa común y claro que lo es: en éste hemos nacido y vivido, también moriremos, pero no para siempre, ni siquiera en lo humano, si queremos dejar huella uniéndonos con nuestro Pastor en su lucha por la existencia de la Madre Tierra.

Francisco tiene, entre otros, dos temas recurrente en sus 7 años como cabeza de la Iglesia Católica: la superación de la pobreza, de la marginalidad y la conservación del planeta, que en sí tienen una relación profunda porque la ecología fortalece la naturaleza donde el hombre se abastece para su supervivencia y bienestar. Al robustecerse las fuentes de producción, regulando la distribución de los productos para evitar el acaparamiento y la explotación indiscriminada, habrá alimento para todos y un equilibrado reparto de la riqueza entre los hijos de Dios que constituyen la humanidad entera sin distinción de razas, credos, ni clases sociales. Esta es la esencia de este par de documentos papales.

Sin embargo, es práctica común de los medios de comunicación, destacar como principal lo secundario que pueda tener más impacto en un público con debilidad por el escándalo, por eso el tema que más captó la atención en el Sínodo del Amazonia fue la posibilidad de ordenar sacerdotes casados y el diaconado femenino. En su discurso al término del Sínodo, Francisco sólo hizo una alusión a un estudio sobre si en la Iglesia antigua hubo diaconisas. En cambio, puso de relieve la necesidad de centrarse en asuntos de organización como la presencia de la mujer y de los laicos, en general, formando parte activa en las comunidades cristianas. Sigue este mismo camino en su exhortación Querida Amazonia.

En este documento papal se siente la cercanía del autor con esta vasta zona de América del Sur, reserva verde y pulmón indispensable para el mundo entero, que está en peligro de ser dañada por la explotación ambiciosa de sus riquezas. Francisco es suramericano, experimenta doble dolor y angustia ante una pérdida irreparable para la humanidad y, al mismo tiempo, la necesidad de que esta zona avance en las conquistas de la civilización, pero sin perder su identidad cultural y sus costumbres. Se inquieta como Vicario de Cristo y como hombre iberoamericano; la Amazonia está en su sangre y en su alma como sujeto de urgente evangelización. Por eso su insistencia en facilitar el acceso de los sacramentos, sobre todo en la selva donde la Iglesia tiene poca presencia. Hacen falta más sacerdotes y Francisco pide, sobre todo a los obispos latinoamericanos, oración y promoción por sacerdotes que podrían ir a servir en la Amazonia. También aboga por un mayor protagonismo de los laicos en la Iglesia amazónica. Destaca el gran papel que han tenido las mujeres de allí para mantener la fe en comunidades por largo tiempo privadas de la asistencia sacerdotal.

Asombra en esta exhortación la presencia de la poesía. No sólo el texto papal tiene un fondo poético intrínseco, sino que apoya su canto a la naturaleza con citas y trozos de poetas amazónicos o ajenos, pero inspirados en los valores de ese pedazo de mundo tan rico en bellezas naturales como espirituales con identidad propia. El Papa resalta el valor de este tesoro físico cultural poco conocido y a la vez frágil ante la infiltración exótica, e insiste tanto en su conservación como en su inculturación y evangelización, sin provocar desequilibrios traumáticos.

Si Francisco sorprendió al mundo -y a mí particularmente- por su afán espiritual y ecológico con Laudatio si, ahora con Querida Amazonia, nos arrastra en su ardiente pasión tropical evangelizadora y nos hace exclamar: ¡qué gran Pastor universal!

Alicia Álamo Bartolomé

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