#OPINIÓN Memorias del olvido: Pentagrama para memorias #18May

Marcatonio Faillace Carreño | Ilustración: Victoria Peña |

…Los hombres viven del olvido; las mujeres de recuerdos…

Thomas Stearns Eliot

Durante estos años, sortear el obstáculo de la enfermedad de Mamá fue imposible, pero nada ha sido tan espinoso y excesivo como mi propio traspié. Había que rastrear que todo, bueno o malo, pasara por uno, lo que sería mucho pedir a un solo cristiano. Somos tres varones pero Mamá contó con la presencia del benjamín Entre tanto, mis dos hermanos tenían funciones sustanciales, pero por imponderables no tan presenciales. Ello perjudicó el triunvirato, la terna, el tridente que para Mamá representamos. Estrellas de un mañana diferente.

De cuando en cuando noté que no nos veía a menudo. Charlie, el primogénito de Peppino y Carmen, viviendo en la capital venía poco a la isla. Siempre fue el que más la entendía. Por años antes que Mamá llegara y empezara a enfermar había sufrido depresión clínica y fue cuando Charlie con paciencia de Job tomó la batuta, y no era cosa que no quisieras olvidar. Carmen había entrado en una suerte de espiral sombría, tifón emocional que no esperó venir o en todo caso solo el que conocía su romería intestina, presentiría a la sazón su acuso dentro del fruto ácido del olvido.

A modo de puntal logístico, su hijo Nell fungía pródigamente de auxilio financiero familiar y sobre él recayó la sangría mayor pero también fue el que entendía tener menos paciencia a razón de salvar tiempo con Mamá. Eso se convirtió en pelea habitual conmigo porque Mamá requería su presencia y al mismo tiempo esa circunstancia típica hacía que ella lo desconociera por momentos. Cualquiera podía ser forastero o confidente lo que preocupantemente la exponía cada vez más ante la interacción con la gente y con el entorno vecino.

Cuando el padecimiento fue evidente e inequívoco enunciado hubo que intentar resumir qué diablos era eso que ella sufría. Poco tan frustrante como repetir el sumario curvando siempre el filo del olvido. El tiro iniciaba con cita al neurólogo. Solo el fiasco exhibía la estadística del revés. El doctor de apellido Ordaz, su neurólogo y especialista de cabecera (como antes mencionamos) fue quien consiguió dar con el diagnóstico preciso. Aún creo oírlo decir ¡Su Mamá tiene déficit cognitivo leve! y anexó…lo que los especialistas conocen como Demencia SenilMamá apenas escuchó decir eso, dijo…yo no estoy loca nada, pa´ que sepa doctor!.

No pude deslastrarme de la receta girada por el Dr. Ordaz en calidad de custodio, ni Mamá de querer cumplirla. Tampoco pudo llevarse a cabo dado el costo de ejecución. A esas alturas del encontronazo, ni uno mismo sabía cómo se dirigía raudo y directo al cadalso. Las mismas directrices tenían un aire a la norma ISO-Covenin de Carmen para domésticas. Apuntadas en récipe con membrete y sellado por Colegio de Médicos N.E. y en grafía para expertos en jeroglíficos, la receta investía cinco (5 protocolos, a saber:

1.-Tratamiento con terapista de lenguaje para rehabilitar destrezas cognitivas. (1 vez x semana)

2.-Orientación con psiquiatra especialista en senectud y gerontología (2 veces al mes)

3.-Evitar la zona confort con reunión, visita, charla etc. (no rumiar estómagos en casa) (a diario)

4.-Ejerciciointerdiario para vivificar metabolismo y oxigenarla complexión vascular del encéfalo.

5.-Asiduo: leer, escribir, sudokus, crucigramas, bailar, idiomas (Mamá habla italiano) y scrabble.

Un repaso simple por la pauta, hablaba de dedicación exclusiva y un presupuesto para oligarca o rico de cuna. No entraba en discusión los medicamentos que iban desde calcio y multi-vitamina a Ginkgo Biloba, oler romero, infusiones de cannabis, aceite de pescado, añadirle té de manzanilla, hierba sedante, y para usted de anexar recetas de la abuela. El lado positivo estaría en la aplicación porque admitiría cotejar lo específico del caso. No importaría posponerlo, en su momento valdría de puntal. El salto terapeuta, higiénico y propicio, sería auto-ilustrativo, si cabe la expresión. ¿Mamá se veía doble sin saberse una?. Con la manía de ver doble,  por casualidad para el momento leía El hombre duplicado de Saramago basada en la improbable eventualidad de que existiera algún individuo como uno, sin ser gemelo o familia producto de un disparate al observarse en un video, y aunque no podía creerse, era uno mismo ¿Cómo podía Mamá sentirse dos en una, sin enterarse?

Hablando de disparate, fue uno enorme lo que día a día sumaba al cóctel de diligencias múltiples que no ajustaban algún almanaque razonable. Tenía que hacer brujería con la hora para rendir la catarata de chicas infinidades. En medio del cansancio, Mamá notó cómo fui dándole perfil a lo mismo que ella siempre rigió, lo de ama de casa, de ama de llaves, algo así como la abeja reina de su único panal. Expliqué haber diseñado un método para ajustarnos a la urgencia del infeliz caso pero con clemencia. Mamá oía con atención la condición de media instancia pendiente sobre la marcha del desenlace general pero para variar sin retenerlo en verdad.

Para la estrategia inicial llover sobre lo mojado. La antesala al neurólogo al que ella no había visitado jamás pero si le sonaba el apellido. ¿Usted me va a ayudar?, recuerdo preguntó y el viejo galeno contenido de ciencia respondió ¿y tú te vas ayudar a ti misma? No pensé cuán errado podría estar el doctor de beata sapiencia. Entendía que cuatro citas en cinco años solo fue agua entre las manos.

Mamá negó rotunda consentir que aquello fuera cierto ¡yo jamás he visto a ese señor! Insistía que un tal Peppino le había confiado aparte que doctores hay muchos, señores muy pocos, creo, pensó en mitad de la rabia en la inconformidad sobre quién andaría por adentro de ella cuando la compostura ejercía su tour en el círculo Marvel de la Twilight Zone.

Aquél día Nell fue a buscar a Mamá. Almorzaban en su apartamento dos veces por semana desde que se separó de su ex, de la que Carmen obtuvo sus nietos varones. La otra nieta era mi hija Daniela. Claudio, Adriano y Daniela representaban la sucesión que por supuesto les cambió los nombres además que nadie, le aclaró que era abuela. A Daniela siempre la llamó Vanessa, que en realidad era la hija de su sobrina Berta, una de las tres hijas de su finada hermana mayor Evelia. Por lo general recordaba a la gente al verla pero sin ubicarla bien.

Mamá tiene su hermana Rosita en Norteamérica y recién murió su único hermano, el Capitán Antonio quien olvidó a involuntaria conveniencia. Nunca se le informó de la muerte del familiar al que tanto quiso a su manera ¿Puede el olvido ser un bálsamo, una bondad divina (o natural) para mitigar la pena por el síndrome de vacío que resulta de perder un ser querido? ¿Una Presunción Salomónica? vaya que lo creo…

Cada vez que la criada de mi hermano recibía a Mamá la testeaba con el jugo de frutas que nunca acertaba. Si era de parchita decía mango, si era naranja inventaba guanábana o piña. La verdad, a Mamá poco importaba de qué sabor era la bebida mientras fuera dulcita, su palabra preferida. Si le das dulce capaz y recuerda todo, decía Alf. Así será su fijación con el postre. En restaurants no pelaba una mouse de parchita o chocolate y apenas terminaba la última cucharada negaba haber probado bocado no importaba lo manchada de chocolate o arequipe en la boca, ella nunca lo probó y que tal si le brindan uno y me dejan de calumniar. Mamá, como sabemos, de manguareo muy poco, de pistoladas casi nada, de genio y figura, todo.

La cosa fue que luego de comer pantagruélicamente se volcaba en la cama de Nell a posar los cuatro estómagos y oír música del plasma mientras echa la musiú, preguntaba por el helado con fudge de caramelo o aquél Brownie que seguro se lo están pichirreando. Mamá tenía la nota persecutoria de lo que apodé el último mohicano. Si por buena suerte divisaba un plato con digamos plátano o arepita no le daba tregua hasta cargar gachas y protegerlo a capa y espada y rabiaba si lo tomaba un nieto o el hijo dándole de alta frente a unos ojos abiertos y tenedor en ristre para pinchar lo que se le atraviese. Mamá llegó a porfiar ante un trozo de pizza que siempre iba por el primero, no valía cuánto mordía a cuenta, lo olvidaba. Nell se molestaba porque no daba su brazo a torcer ¿Mamá –preguntaba Nell-cuántos pedazos llevas? Gua uno. A mí eso me daba gracia, a Nell el ceño fruncido. Mamá no supo si llegaba a segunda base mientras sitiaba el botín sin piedad. Al fin, jamás dejó de batear cuatro esquinas, y Nell de contrariarse por su porfía de “primero y más ná”…

Comía tan sabroso que daba gusto verla pelear y ganar la batalla sin nunca olvidar el escrúpulo. Mala maña, manosear alimentos sin lavarse las manos, era sacrilegio para Mamá, y prefería dejarlo que comerlo, no importaba cuánto guste. El asco fue siempre un pinche tirano junto con su inconmovible jactancia de extrema derecha. Hubiese sido il Duce femenino sin que le quedara nada por dentro. Y se echaría al pico, como se dice en criollo, a más de uno, sin dejar títere con gorro, ni a negros ni a niches, que en la pequeña Venecia, sobran como chinchillas. Mamá con el asunto de comer era tiranía sin cuartel, y no daba misericordia al malamañoso o al inmundo, solo superado éstos por el pavor al roedor, a los ratones y sobre todo, a las ratas del gobierno.

Los extremos en los que mi madre podía llegar en cuanto a memorias, eran arbitrarios e inesperados, por eso siempre quedará la anécdota clásica de su viaje a la Argentina. Esa vez, la sangre casi llegó al río. Un escándalo se formó porque Carmen afirmaba que fue manejando en su Mercedes negro (regalo de Papá en su cumpleaños) a las Pampas gauchas y lo logró según afirma en un solo día. La verdad era que Mamá había ido con la esposa de un colega de Nell a quien él financió los pasajes para el viaje. Mamá afirmaba que desde San Cristóbal pegó un brinco rabioso (mueve brazos al cielo), cruzó Colombia, Perú y Ecuador y dios sólo sabe cómo pudo alcanzar Buenos Aires, sin pasar por home o cobrar doscientos, aquella bella Metrópoli del tango, y las minas, el churrasco y el morocho del abasto.

Nell impaciente parecía un poema de Rimbaud o Verlaine. Mirarle a la cara descompuesta por la terquedad de la misma transeúnte que realizó según perjura por la virgen santa, su hazaña Guinness. Atravesó Mercosur sagitalmente y no solo en horas también en un carro que aún ignoramos si era de viaje a las estrellas o supersónico. Mamá en ambiente era un caso de gran manipulación y brío dios la guarde por mucho tiempo. Olvida pero sabe bien lo que necesita. Igual sabe que sé pero poco nota que olvida, eso me toca a mí, y de allí el adagio uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Hoy la tenemos todavía presente, aunque por desgracia ausente, derivando en automático por aparejos al mar de las omisiones con un pentagrama para memoria más oxidado que el mismísimo olvido…

Marcatonio Faillace Carreño

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