#OPINIÓN Del Guaire al Turbio: Los hijos ajenos #27May

Alicia Álamo Bartolomé | Ilustración: Victoria Peña |

A quien se alegra de no tener hijos…

Alicia Álamo Bartolomé

Me dejó desconcertada, porque yo tampoco tengo hijos biológicos, pero no me alegro de no tenerlos, tampoco sufro por su ausencia. A mí me importan los hijos ajenos, a esa persona no, su satisfacción es no ocuparse de los hijos de otros, así sean de su familia, porque tienen sus padres para educarlos y sacarlos a flote en este mundo desconcertante y caótico que les toca vivir. Entonces, lavatorio de manos como Poncio Pilato y seguir adelante con su yo solitario. Me dolieron estas aseveraciones, pues son de alguien a quien quiero mucho.

Se me vino a la mente el poema de Andrés Eloy Blanco, Los hijos infinitos.

Entresaco trozos: Cuando se tiene un hijo, / se tiene al de la casa y al de la calle entera…(…) Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños / que la calle se llena…(…) Y cuando se tienen dos hijos / se tienen a todos los hijos de la tierra…(…) Cuando se tienen dos hijos / se tiene todo el miedo del planeta… Al poeta se le ensancha el corazón ante uno o un par de hijos, mientras a otros se les cierra al no tener ninguno; podría aferrarse a lo suyo y olvidarse del resto, pero no, los hijos de otros dispersos por el mundo también los siente suyos.

Diferencias de actitud para vivir. Se vive en dimensión de unidad o de humanidad. Dios es unidad, porque es el absoluto, todo en él es uno. El hombre, su creación, es comunidad, es gregario, quien se aísla, contradice su ser. Ninguno de nosotros se posee a sí mismo. Nadie nos consultó para venir, lo decidieron unos padres abiertos a le fecundidad, desde el primer instante no nos poseemos y ni siquiera somos propiedad de nuestros progenitores, sólo sus pupilos hasta que llegamos a la edad adulta y nos valemos por nosotros mismos. Así, somos comunidad desde el principio, ésta debe irse ampliando en nuestra conciencia como círculos concéntricos hasta llegar a sentirnos parte afectiva y activa de la humanidad. Entonces sí que nos van a importar los hijos ajenos.

Como somos un todo, cada uno de nosotros tiene su misión y su parte de responsabilidad en ese todo. Yo no puedo arreglar el mundo entero, pero sí puedo arar bien mi parcela. Me acuerdo del dicho de un actor refiriéndose al carácter del director de una pieza donde trabajábamos juntos, me pareció muy justo y expresivo: Es más apretado que tuerca de submarino. Eso me hace pensar hoy en la catástrofe que podría provocar si el obrero no aprieta bien esa tuerca. ¿No tendremos nosotros unas aparentes insignificantes tuercas entre manos? No hay tarea intrascendente, lo que hay son trabajadores inconscientes.

Esta pandemia que nos tiene a todos atónitos y a algunos bastante inconformes, impacientes y desesperados, debe dejarnos algo positivo: cobrar -no recobrar, porque nunca lo tuvimos- el sentido de humanidad, esa pertenencia a una familia global, nuestra especie humana, donde nos necesitamos los unos a los otros, en esta “casa común”, como dice Francisco, donde cabemos todos y debemos proteger, desarrollar hasta acercarnos siquiera a una felicidad terrena. Contradecir a Ciro Alegría y su mundo ancho y ajeno, quedarnos con su apellido porque lo habremos hecho estrechamente nuestro.

¿Una utopía? Sí, probablemente, ¿qué digo?, seguramente. A mi amigo Rafael Arráiz Lucca no le gustan las utopías, dice que hacen mucho daño. No me atrevo a contradecirlo porque es sabio y yo no, pero sí a lanzar mi pequeña opinión: la utopía es para nosotros como la Estrella Polar para el antiguo navegante, se guiaba por ella, encontraba su rumbo aunque no podía alcanzarla nunca y lo sabía. Guía, no meta, ideal para tomar un camino, para alimentar la fe y el entusiasmo mirando siempre hacia lo alto.

No podemos conocer, amar y preocuparnos por todos los hijos ajenos dispersos en la humanidad, pero sí mirar a través de los ojos utópicos de Andrés Eloy y sentir que tenemos todos los hijos de la tierra.

Alicia Álamo Bartolomé

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