#OPINIÓN El hambre no tiene casos asintomáticos #31Ago

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Desde el principio de la cuarentena, los gobiernos se han entrampado en un falso dilema entre la salud y la economía. El confinamiento ha sido una política que se ha presentado como la estrategia óptima para contener la propagación de este virus tan contagioso como lo es el Covid-19. Sin embargo, conviene preguntarse hasta qué punto es favorable esta estrategia, sobre todo conviene identificar a partir de qué momento comienza a ser contraproducente, porque en efecto lo es. El remedio puede ser peor que la enfermedad, y si ese es el caso, mejor será cambiar de estrategia.

Con el objetivo de confinar a las personas, los gobiernos han suspendido actividades educativas y ciertas actividades laborales, vuelos, espacios para la recreación y el esparcimiento así como la reducción de los horarios en que los comercios — catalogados como prioritarios — pueden mantener sus puertas abiertas. Hay actividades cuya suspensión pareciera lógica o coherente, tal es el caso de los conciertos, por poner un ejemplo, pero no sucede así con otras actividades cuyo desenvolvimiento no implica aglomeración alguna (que es lo único que debería ser de interés público, dejando a los individuos la responsabilidad del debido distanciamiento físico) y pueden llevarse a cabo con las medidas de protección adecuadas, es el caso de la consultoría oftalmológica, odontológica, servicios de spa, ferreterías, servicios técnicos de computación y electrónica en general, licorerías, tiendas de calzado, entre otras.

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La reducción del horario comercial es una medida que ignora ciertas realidades que convienen exponer de inmediato: la primera de ellas es que nuestras necesidades sencillamente no se pueden suspender hasta nuevo aviso (siempre tenemos una necesidad o deseo insatisfecho).Por mucha restricción que se intente imponer, las personas seguirán encontrando la manera de obtener lo que desean, así como habrá quienes tratarán de permanecer económicamente activos, a menos que deseen morir por inanición. Dicho esto, queda claro que reducir el horario comercial no desalienta el consumo, solo están logrando que las personas — cuyas necesidades no pueden aplazar, sino reordenar en sus escalas de prioridades — salgan a realizar sus compras de forma simultánea en el acortado rango de tiempo, generándose aglomeraciones en espacios públicos. Entonces, se reduce el comercio y a la vez se genera el efecto contrario al deseado. ¡Total incongruencia!

En el caso de Venezuela, existe una “estrategia” llamada 7+7 que consiste en intercalar semanas de restricción aguda del comercio con otras donde se acepta cierta flexibilización, de paso por niveles. Muchos han manifestado encontrar u observar mayor aglomeración y circulación de personas en las semanas de “restricción radical”, no siendo así en las semanas de flexibilización. Tiene sentido si consideramos lo mencionado anteriormente. Lo único que está logrando esta medida es un ‘efecto embudo’, justo lo que se necesita para empeorar las cosas.

Lo que más preocupa de todo esto es el daño que el confinamiento está generando en la economía. Desafortunadamente no se cuenta con un contador diario de casos activos por hambre y muertes directas o indirectas por tal situación. Si este fuera el caso, probablemente la presión política sobre el tema sería mayor, pero como no ocurre así, el problema económico suele infravalorarse. El hambre no tiene casos asintomáticos; los niveles de desempleo, sobre todo en América Latina, son por demás preocupantes, y se estima que tomará 10 años en alcanzar los niveles de empleo previos a la pandemia. Es decir, la enfermedad llamada ‘recesión’demanda 10 años de tratamiento, y esto contando con que se apliquen las políticas adecuadas.

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Es hora de romper con este falso dilema entre salud y economía. Hay países que han demostrado poder contener la pandemia con la menor coacción posible pero con toda la responsabilidad individual necesaria. La reactivación de la economía es tan importante como disminuir la curva de contagio. El confinamiento está generando consecuencias profundamente perversas; no es una opción viable restringir innecesariamente el comercio, menos aún suspender la economía hasta nuevo aviso.

Oscar J. Torrealba

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