#OPINIÓN Baruj Benacerraf: Único Premio Nóbel venezolano #2Nov

Luis Eduardo Cortés Riera | Ilustración: Victoria Peña |

El prestigioso Premio de la Academia Sueca ha sido muy esquivo con el talento venezolano. El primer compatriota nominado al Nobel, fue el político y literato modernista Rufino Blanco Fombona en el año 1925. No lo ganó. El segundo nominado y que tampoco obtuvo en 1967 el galardón fue otro literato y político: el maestro Rómulo Gallegos. En 1993 otro literato y político fue nominado al galardón sueco sin obtenerlo, el Dr. Arturo Uslar Pietri. Luego le toca el turno  en 2008 a mi profesor en la Universidad de Los Andes, el filósofo y políglota Dr. José Manuel Briceño Guerrero, quien no gana el huidizo galardón. En los días que corren se oyó de otra nominación, la del escritor Luis Britto García en 2020. Ojalá la suerte le acompañe.

En viaje que realicé en compañía del Dr. Reinaldo Rojas a Trinidad y Tobago en 2001, los catedráticos de la Universidad de las Indias Occidentales nos hicieron saber que el poeta venezolano Vicente Gerbasi hubiese ganado el Nobel de Literatura si su poesía hubiese sido traducida al inglés o al francés.

En ciencias naturales fue nominado al Nobel el científico zuliano Humberto Fernández Morán (1924-1999) por su invención del bisturí de diamante, propuesta que no aceptó porque se le pidió renunciar a la nacionalidad venezolana, luego le toca el turno al Dr. Jacinto Convit (1913-2014) quien fue nominado infructuosamente, en1988, al Premio Nobel en Medicina por sus vacunas contra la lepra y la leishmaniasis y la creación del Instituto Nacional de Dermatología.

Pero quien sí logra finalmente el Premio Nobel de Fisiología o Medicina para Venezuela fue el médico genetista  e inmunólogo Baruj Ernesto Benacerraf Bolaño (Caracas, 1920- Boston, 2011). Su madre era natural de la Argelia francesa y su padre judío sefardí nacido en Marruecos español. El colonialismo europeo marca los orígenes de este extraordinario y poco conocido científico venezolano.

En su autobiografía (1981) refiere que: “Se decidió (en su hogar) que debía continuar mi educación en los Estados Unidos y nos mudamos a Nueva York en 1940. Me registré en la Universidad de Columbia, en la Escuela de Estudios Generales y obtuve la licenciatura en Ciencias en 1942, completando también los pre-requisitos para el ingreso a la Facultad de Medicina. Había elegido estudiar Biología y Medicina, en lugar de dedicarme al negocio familiar en el Banco Unión de Venezuela, como mi padre hubiera preferido. No pensaba, sin embargo, que el ingreso a la Facultad de Medicina era una tarea formidable para alguien con mi origen étnico (judío sefardita) y extranjero en los Estados Unidos de aquella época. A pesar de un excelente historial académico en Columbia, se me negó la admisión en numerosas escuelas médicas y habría resultado imposible estudiar Medicina, excepto por la amabilidad y el apoyo de George W. Bakeman, padre de un amigo cercano, que era entonces asistente del presidente del Colegio Médico de Virginia en Richmond. El Sr. Bakeman se entrevistó con profesores y examinó cada uno de los dos puestos restantes en la clase de primer año. Me aceptaron y empecé mis estudios de Medicina en julio de 1942.”

Comenzó su carrera como médico, pero cambió a la especialidad de Inmunología, debido a una curiosidad intelectual que se deriva de su experiencia con el asma cuando niño. Después de completar sus estudios de Medicina y servir en la Segunda Guerra Mundial en Francia como teniente, Benacerraf regresó a Nueva York y encontró un puesto de trabajo con jóvenes inmunólogos de la Universidad de Columbia, New York. Esta universidad se ha destacado mundialmente porque de ella han salido 96 Premios Nobel. Ninguna otra universidad tiene tan impresionante récord.

 Benacerraf decidió entonces dedicarse a lo que realmente le interesaba, la investigación inmunológica y los mecanismos de hipersensibilidad. Se entrevistó con gran cantidad de médicos y finalmente, tras una invitación de Elvin Kabat para trabajar en los laboratorios del Instituto Neurológico de la Universidad de Columbia, inició su labor como investigador científico en febrero de 1948.

Desde 1956 Benacerraf investigó en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York, donde retomó y amplió sus estudios de mecanismos hipersensibles y trabajó con un repertorio impresionante de especialistas en distintas áreas de la inmunología. La universidad era un hervidero de ideas en ese terreno y abrió el camino para las investigaciones que más tarde lo llevaron a identificar y definir el funcionamiento (a través del estudio de animales) de los genes que crean anticuerpos, descubrimientos por los que comenzó a ser candidato al galardón sueco.

Finalmente, en 1980, sería galardonado con el Premio Nobel de Medicina junto a los Doctores Jeann Dausset (Universidad de París) y George Snell (Laboratorio Jackson, Maine, EE.UU. por su trabajo sobre la regulación genética de la respuesta inmunológica, específicamente el rol que los genes que codifican las proteínas del Complejo Mayor de Histocompatibilidad (MHC, por sus siglas en inglés) juegan en el desarrollo de la respuesta inmunológica de distintos  individuos frente a los mismos antígenos. Este descubrimiento es considerado hoy en día, uno de los pilares de la inmunología moderna.

Su descubrimiento fue una verdadera serendipia, un hallazgo casual, como el descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492, según sostiene Umberto Eco, el  de la penicilina en 1928 por Alexander Fleming, o el de la Viagra en los laboratorios Pfizer en 1998. Una observación casual da inicio al portentoso trabajo de Benacerraf y que lo convertiría en uno de los inmunólogos más importantes del siglo XX: Había inmunizado a un grupo de conejillos de Indias con un antígeno sintético, esperando que los animales desarrollaran una respuesta inmune. Sin embargo, sólo alrededor del 40 por ciento de los roedores reaccionaban, lo que sugiere que diferencias genéticas individuales controlaban la respuesta. Agrupados los animales en positivos y negativos, a través de una serie de experimentos de apareamiento cruzado, confirmó que la respuesta era controlada por un gen dominante.

Curiosamente, Benacerraf se hizo alérgico a los conejillos de Indias, como resultado de los experimentos, pero ese fue “un pequeño precio por el éxito del proyecto”.

Hugh McDevitt y Chinitz Allen, de la Stanford University School of Medicine, descubren más tarde que “la respuesta inmune” del gen codifica el complejo mayor de histocompatibilidad (MHC) molécula, que a su vez fue considerada principal implicada en el rechazo del injerto. Ese hallazgo de que el rechazo del injerto y el rechazo de patógenos fueron mediadas por la misma molécula abrió el camino para una comprensión de la enfermedad autoinmune, el trasplante de órganos y las diferencias en individuos en una población de responder al mismo patógeno.

Hay algo muy hermoso en Benacerraf y que llena de orgullo nuestro gentilicio: recibió el Premio Nobel como venezolano y no como ciudadano estadounidense, pues se había nacionalizado en 1943 como nacional de la patria de Washington y Lincoln. No acepta las presiones que seguramente venían de los altos círculos académicos estadounidenses para que el galardón sueco apareciese otorgado a un gringo y no a un sudaca, hispano y judío sefardí. Qué nobleza la de este venezolano ejemplar.

Luis Eduardo Cortés Riera

[email protected]

PUBLICIDAD

Comentarios

Comentarios

Comentarios