#OPINIÓN Por la boca muere el pez #19Nov

Antonio A. Herrera-Vaillant | Ilustración: Victoria Peña |

Los alegatos del presidente Trump sobre el actual proceso electoral norteamericano han lanzado a muchos analistas a cuestionar la estabilidad y futuro de las instituciones democráticas del gran país norteño: Esas mismas dudas las promueven afanosamente promueven los regímenes dictatoriales que adversan el modelo de libertades que en Estados Unidos impera.

Pero sucede exactamente lo contrario. Al pasar de los días se reafirma cada vez más que el sistema de derecho y la institucionalidad democrática norteamericana están diseñados para administrar y sobreponer hasta las más extravagantes ocurrencias en el panorama político de cada momento.

Muchos desconocen la larga historia de extremismos de ese gran país, que fue capaz de rebasar una de las más cruentas guerras civiles que ha conocido la historia de la humanidad. Demasiados – a la derecha y a la izquierda –son los que creen reales las tramas conspirativas que constantemente se difunden en novelas o películas de cine.

Olvidan que a lo largo de la historia en Estados Unidos – justamente gracias a las libertades que imperan – ha proliferado el extremismo de todo tipo, desde Nazi hasta Comunista, pasando por distintas variantes de anarquismo.

Lo que ahora pasa palidece ante conmociones de otras épocas, entre ellas las de los años 1930 y 1960. La historia de Estados Unidos, repleta de violencias, atentados políticos y bombas terroristas, es precisamente la historia de una democracia que enfrenta y asimila esos retos, se mantiene y sigue adelante, firmemente asentada en una institucionalidad federal y judicial diversificada y una profunda tradición libertaria, esencialmente conservadora y liberal

A la larga, como diría Franklin Roosevelt, los norteamericanos “no tienen que temer a nada, más que al propio temor.”

Allí, como en muchas latitudes, ha pasado por la presidencia un grosero agitador de la anti-política, pero con la gran diferencia que su accionar se ha visto limitado por un altísimo muro institucional donde todas las febriles teorías conspirativas luego quedan como meros misiles electoreros de lado y lado.

A Trump no lo derrotaron demócratas, ni socialistas, ni cualquier ideología, sino los mismos medios sensacionalistas que en su momento inflaron su imagen, a los que luego atacó, y que después se dedicaron con fervor a demoler su perfil político. Como todo fanfarrón se olvidó que en la vida no existe enemigo chiquito – y que por la boca muere el pez. Como bien dijo George Bernard Shaw: “Jamás entables un pleito con un cochino, porque te embarras tú y al cochino le encanta”.

Antonio A. Herrera-Vaillant

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