#OPINIÓN Al español Francis Mojica le niegan el Premio Nobel de Medicina #23Nov

Luis Eduardo Cortés Riera | Ilustración: Victoria Peña |

Siempre me ha llamado poderosamente la atención los llamados precursores, es decir los iniciadores y adelantados en las ciencias naturales y humanas. Siempre han existido estos geniales intelectos que se constituyen en el arranque y precedente del conocimiento. La epistemología moderna ha descubierto cosas muy interesantes de estas genialidades.

Unos de los más emblemáticos precursores han sido los iniciadores del atomismo en la Antigüedad, los griegos Leucipo y Demócrito (siglos V y IV a.C) que influyeron de manera decisiva en Werner Heisenberg, padre del asombroso Principio de Incertidumbre en el siglo XX. Kepler estuvo a punto de descubrir las leyes de la gravedad que poco después se atribuyen a Newton. De manera parecida podemos decir que el verdadero padre de la filosofía positivista fue el conde Saint Simon de quien Auguste Comte toma “prestadas” las ideas para construir ese enorme edificio, hoy en ruinas, llamado positivismo. Albert Einstein se nutre de otros pensadores para revolucionar la ciencia a principios del siglo pasado, pues toma ideas de Riemann, Ernest Mach y sobre todo del matemático francés Henri Poincaré(1854-1912) para erigir sorprendente y asombrosa Teoría de la Relatividad en 1905.

Tales antecedentes me permiten comentar la injusticia que se ha cometido con el científico español Francis Mojica (Elche, Alicante,1963) al negársele el Premio Nobel de Química o el de Medicina para el año 2020. Como sabemos, tal distinción de la Academia sueca recae en dos científicas Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier por CRISPR. Ahora bien, ¿qué es este famoso CRISPR? Se trata de un acrónimo de Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats., (repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y regularmente espaciadas), y su padre teórico y fundador es el bioquímico de la Universidad de Alicante Francis Mojica, quien hizo tan notable descubrimiento por azar (serendipia) en unas salinas de Santa Pola, en la costa mediterránea española hace unos 25 años. Se trata de un microorganismo que a nadie interesaba y que son unos extremófilos, pues son capaces de sobrevivir en aguas en extremo saladas. Se trata de la arquea Halo ferax mediterranei, un microorganismo de una sola célula que es el culpable de que las salinas adquieran un color rosáceo cuando crece la concentración de sal, semejante fenómeno que ocurre en las salinas de la península de Paraguaná, Venezuela.

Era un saber desinteresado, dice con modestia Mojica. Aquello parecía no tener valor alguno, pero hoy es la base de la portentosa “edición genética” que promete salvar millones de vidas y producir miles de millones de dólares. Se afirma que es capaz de reparar casi todas las 75.000 mutaciones genéticas conocidas que causan enfermedades hereditarias en humanos: cáncer, VIH, fibrosis quística, autismo, diabetes, entre otras.

Todo comienza cuando un joven, de quien no pudimos averiguar su nombre, que no sabía qué hacer con su vida, se acerca al laboratorio de Mojica, quien le pone como tarea estudiar el ADN de la halo ferax. La secuencia conseguida por el muchacho es ACTGGGGGCCCAT. Mojica pensó que el joven estaba equivocado. Lo regaña. Pues no, era una cadena que se repetía. A esas reiteraciones llama Mojica CRISPR, un término por él creado. Pero todo aquello debió esperar su gran momento en el año 2003. Sucede que esos tramos de ADN en secuencias repetidas estaban descritos en una base de datos internacional. ¡Eureka! Eran fragmentos de ADN de virus insertados en el ADN del microbio: recuerdos de contactos previos con patógenos. Se trataba de un sistema de inmunidad adquirida, una especie de cartilla de vacunación genética que algunas especies de bacterias y arqueas heredaban de sus madres. Aquello era un descubrimiento monumental. Los microbios recogían información de los invasores y la guardaban en su propio ADN, como si fueran fotografías de criminales. Si un virus volvía a atacar, las bacterias reconocían el ADN del agresor y enviaban unas tijeras moleculares para guillotinarlo.

En 2012 la bioquímica francesa Emmanuelle Charpentier y la química estadounidense Jennifer Doudna demostraron que el mecanismo CRISPR se puede utilizar como una herramienta universal para editar cualquier genoma. El sistema se puede programar para dirigirlo a cualquier punto de una cadena de ADN, cortarla y añadir una tirita con otro fragmento de ADN, como en un procesador de textos. Tal descubrimiento, que también se llama “tijera genética”, las hizo merecedoras del Premio Nobel de Química en 2020. Gallardamente, estas flamantes Nobel reconocen las aportaciones básicas que Mojica aportó y que hasta 2005 parecían descabelladas: las revistas científicas entonces se negaban publicarlas.

Parece ser que el fallo  de no reconocer el inmenso aporte del español viene de la Academia sueca, quien parece no estar al tanto de lo que en el conocimiento humano se agrega indefectiblemente todos los días y todos los años. Parece ser que el jurado del Premio fija su atención más en los aspectos prácticos de los descubrimientos e ignora la ciencia básica y desinteresada, la que tanto que con tanto ardor defendía la Nobel de Química y Nobel de Física Marie Curie (1867-1934). Crisis de confianza ha sufrido el Nobel antes. Recordemos que hace dos años, en 2018, no se otorga el Premio Nobel de Literatura por un escándalo de abusos sexuales protagonizado por una respetada figura de la cultura en Europa, Jean Claude Arnault. Y uno de los fallos de la Academia sueca lo sufre nada más y nada menos que Albert Einstein, quien no recibe el Nobel por su asombrosa Teoría de la Relatividad sino por un descubrimiento menor: el efecto fotoeléctrico. Como una curiosidad insólita, Alfred Nobel no creó el Nobel de Matemáticas porque su esposa al parecer le era infiel con uno de estos cultivadores de los números.

La flemática Academia nórdica está constituida por seres humanos proclives al error, no cabe duda. Le haría un inmenso beneficio a la cultura en habla castellana si eventualmente otorga tan prestigioso galardón a este joven investigador hispano, Francis Mojica, de 57 años de edad, que ha realizado tan deslumbrante aporte a la ciencia desde la Península Ibérica, con pasantías en las Universidades de Utah y de Oxford, todo un prodigioso hecho del conocimiento.

Lo que me ha motivado a garabatear estas líneas ha sido la tremenda injusticia cometida por la cultura noratlántica, blanca, anglosajona y protestante al negarse reconocer que el auténtico precursor de la informática es el sabio mallorquín Raimundo Lulio, quien vive entre los siglos XII y XIII, mérito que sin consultar a la historia otorgan los arrogantes al desgraciado sabio y lógico británico Alan Turing (1912-1954) como lo dije en un artículo anterior.

Que la buena estrella acompañe siempre al bioquímico ilicitano Francisco Juan Martínez Mojica, que es el verdadero nombre de este modesto y comedido hombre de ciencia que habla la lengua de Cervantes y Ortega y Gasset, que ha proporcionado a la humanidad un descubrimiento genético tan importante como el que realizan Watson y Crick en 1955 de la cadena en hélice del ADN, lo que debe ser motivo de regocijo y júbilo para nosotros que formamos una cultura de dimensión y vocación universalista y planetaria, la cultura hispanoamericana.

Luis Eduardo Cortés Riera

[email protected]

PUBLICIDAD

Comentarios

Comentarios

Comentarios