#OPINIÓN Lectura: Dolores Vizcaya #26Ene

Carlos Mujica | Ilustración: Victoria Peña |

Este querido personaje, muy conocido por toda la población, allá por la década del treinta del siglo XX, era una viejecita que hablaba para sí, que vestía un raído traje amplio que le cubría hasta los talones, que se cubría la cabeza con trapos. Le acompañaba una camada como de veinte perros macilentos con quienes compartía generosamente los mendrugos que en toda y cada una de las casas que visitaba le daba, en su recorrido por las calles principales de la población. Era, pues, lo que se conocía como “limosnera.” Conmovía ver como esta ancianita, cuando recibía el mendrugo, se sentaba en el suelo de la calle y en torno a ella los perros la rodeaban; entonces entre ininteligibles expresiones que les dirigía a los animales, comía y daba de comer a todos y cada unos de aquellos silenciosos perros. No se reñían, las boronas de alimentos respetuosamente las comía el animal al cual Dolores se las daba. La persona y los perros se respetaban recíprocamente.

Dolores Vizcaya, con su apellido tan vasco, vivía en la entonces calle nueva, ahora avenida ¿Padre Torres? La calle nueva era una calzada de la población que cruzaba todo el poblado de sur a norte, en el norte, la salida hacia cañaveral y los Guaremales, había un monumento con una sólida base donde se levantaba una cruz que llamaban, si no me traiciona la memoria, “la cruz verde.” Mucho antes de este monumento, que se levantaba después de la casa y el negocio de la familia Galíndez, antes de esta casa, en unos ruinosos escombros cuyo solar finalizaba en el zanjón, vivía con su truya de perros la referida Dolores Vizcaya. Como se aprecia, Dolores Vizcaya fue un personaje que toda la población conocía y que todos supieron comprenderla en su misionera recorrido por las calles de Yaritagua. Como se narra, fue su manera de proporcionarse su alimentación y la de sus famélicos animales.

Carlos Mujica

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@carlosujica928

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