#OPINIÓN Del Guaire al Turbio: Religión de preceptos #7Abr

Alicia Álamo Bartolomé | Ilustración: Victoria Peña |

En toda institución civil, militar, política, científica, cultural, académica, recreacional, deportiva o religiosa, hay reglas. La eficacia de su funcionamiento se apoya en una estructura que sostiene la edificación, generalmente llamada estatutos, que reglamenta tanto la armoniosa convivencia de sus miembros, como el uso de sus instalaciones. Probablemente, según la autoridad temporal de juntas directivas u otras opciones, estas normas se cumplirán más o menos bien, pero no hay dudas de que un estatuto o un cuerpo de reglas, bien pensado y redactado, concebido por personas de experiencia, constituirá siempre una garantía del buen funcionamiento del organismo, a pesar de que el gobierno del momento no esté a la altura. Justamente, dentro de este cuerpo legal y según el caso, debe estar la opción del cambio de autoridades para evitar gobernantes enquistados.

Un ejemplo, el club club recreacional y sus reglas elementales para la convivencia y conservación: echar la basura en lo recipientes dispuestos para esto en sanitarios, salas comunes, pasillos y jardines; mantener limpios los baños, soltar el agua de la cisterna de la pieza sanitaria una vez usada ésta; no molestar el descanso de los demás con voces o música altisonantes; respetar el horario de las actividades programadas o para el uso de las instalaciones, necesitan mantenimiento y habrá algún día cuando no se puede usar la piscina porque le toca limpieza. ¿Habrá algún miembro arbitrario que vaya a protestar por esto.?

Sin embargo, se discuten superficialmente las disposiciones de estructuras milenarias que han probados su solidez y eficacia, incluso, no por gente de de fuera, sino de dentro. Estoy cansada de oír a católicos criticando a su Iglesia: que si está fuera de tiempo, que si debe aprobar el divorcio, los curas casados, el matrimonio gay, el control de la natalidad, el sacerdocio femenino y un largo etcétera, donde entran, entre otras, el que a mí no me pueden obligar a oír misa los domingos, voy cuando tengo ganas. Sí, haz lo mimo en tu club, tú quieres nadar el día destinado a limpieza, ¿mandas a llena la piscina o te tiras en seco aunque te rompas el cráneo?

La Iglesia Católica es un cuerpo vivo, no es estático. Ha cambiado, cambia, quizás no al ritmo acelerado que muchos quisieran. También hay los del lado contrario, los enfermos de ortodoxia que no quieren que varíe nada, se aferran al pasado, tal el movimiento del obispo Lefebreve de hace pocos años, casi provoca un sisma. La Iglesia nació en el primer siglo, a través de 21, ha vivido infancia, adolescencia y juventud, quizás se está asomando a la madurez, no lo sé. Lo que sí sé es que no es la misma de las Cruzadas, de la Inquisición y la cacería de brujas, la de la violencia para imponer la fe, la de a resistencia para seguir el avance de la historia y de la ciencia. No es la Iglesia que condenó a Galileo. Males que no se pueden achacar sólo a ella, sino al momento político e histórico. Aquélla tenía sus berrinches infantiles. Además, era una Iglesia sólo de preceptos, hoy no, o no debe serlo, como pretenden todavía los fanáticos. El fanatismo sólo trae conflicto, tragedia y muerte. La Iglesia Católica de hoy es la del amor, comprensión y abertura, sin faltar a su esencia. Siendo una fundación divina en manos humanas, humanamente puede errar, pero doctrinalmente es infalible. No cambia lo incambiable, pero, al paso de la historia, abre las puertas a la renovación de modos y costumbres.

En mis tiempos de dirigente nacional en la Juventud Católica Femenina Venezolana, en reuniones y congresos teníamos contacto con jóvenes de mentalidad provinciana, consultaban problemas de “moral”: a cuántos centímetros de la rodilla o el codo se deberían llevar la falda o las mangas. ¡La moral no es cuestión de medidas! Es la certeza de cual deber ser la actitud para mantener nuestra dignidad de personas, hijas o hijos de Dios.

Equivocadísimos están quienes se empeñan en vivir una religión sólo de preceptos. Ya se los dijo Jesucristo a los fanáticos fariseos: Inútilmente me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos (Mateo 15, 9). Disposiciones vacías de espíritu, letra muerta que mata la universalidad, libertad y fecundidad del amor.

Alicia Álamo Bartolomé

PUBLICIDAD

Comentarios

Comentarios

Comentarios