#OPINIÓN Buena Nueva: Como recién bautizados #11Abr

Isabel Vidal de Tenreiro | Ilustración: Victoria Peña |

Las apariciones de Jesús Resucitado a los Apóstoles antes de su Ascensión al Cielo fueron varias. Hubo una especialmente importante la noche misma del día de la Resurrección. Pero Tomás no estaba presente.

Y conocemos la historia. Este Apóstol no creyó. Le faltaba ¡tanta fe! que tuvo el atrevimiento de exigir -para poder creer- meter su dedo en los orificios que dejaron los clavos en las manos del Señor y la mano en la llaga de su costado. (Jn. 20, 19-31)

Justo el domingo posterior Jesús apareció de nuevo estando Tomás presente. “Ven, Tomás, acerca tu dedo… Mete tu mano en mi costado, y no sigas dudando, sino cree. Tú crees porque me has visto. Dichosos los que creen sin haber visto”, le dijo el Señor a su Apóstol.

Estamos en ese Domingo, posterior al Domingo de Resurrección, en que celebramos la “Fiesta de la Divina Misericordia”. Es una Fiesta nueva en la Iglesia. Y es una fiesta bien particular, porque fue solicitada por el mismo Jesucristo a través de la Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca del siglo 20, quien fue canonizada por Juan Pablo II precisamente en esta Fiesta de la Divina Misericordia del año 2000.

El Evangelio nos relata cómo Jesús instituyó el Sacramento de la Confesión. Pero también Jesús habló a Santa Faustina cosas importantes sobre la Confesión: “Cuando vayas a confesarte debes saber que Yo mismo te espero en el Confesionario, sólo que estoy oculto en el Sacerdote. Pero Yo mismo actúo en el alma. Aquí la miseria del alma se encuentra con Dios de la Misericordia. Jesús llama a la Confesión “Tribunal de la Misericordia”. Y para acogerse a ese “tribunal”, Él no nos pide grandes cosas: sólo basta acercarse con fe a los pies de mi representante (el Sacerdote) y confesarle con fe su miseria… ¡Oh! ¡Cuán infelices son los que no se aprovechan de este milagro de la Divina Misericordia!”

¿Cómo podemos acogernos a su Misericordia? El Señor también habló a Santa Faustina sobre la Fiesta de hoy: “Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores… Ese día derramo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al manantial de mi Misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas… Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata” (o sea, muy graves o muy feos).

Así que quien aproveche este ofrecimiento del mismo Dios para el Día de la Divina Misericordia, queda “¡0 kilómetro!” como si se acabara de bautizar, totalmente purificado de toda culpa, como si no hubiera cometido nunca ningún pecado.

Eso sí: hay que estar verdadera y completamente arrepentido y confesarse al menos 7 días antes. Además hay que comulgar ese día. ¿Qué más podemos pedir? ¡Más fácil no puede ser!

Isabel Vidal de Tenreiro

www.homilia.org

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