#OPINIÓN Del Guaire al Turbio: Desde arriba #16Jun

Leí una vez, seguramente en Selecciones del Reader Digest que traía, además de los resúmenes de libros importantes, pequeños cuentos y anécdotas, lo que más me gustaba de esta publicación, porque un libro, según mi parecer, no se debe leer resumido sino completo. Leí una vez, decía, la simpática anécdota de un campesino a quien un piloto invitó a dar un paseo por lo aires en su avioneta. Por supuesto, el hombre no había montado nunca en avión y aceptó la invitación entre temeroso y curioso. El día estaba despejado y se veían la campiña, los sembrados, caminos, ríos y poblaciones. El campesino extasiado comentó: ¡Con razón! Dios no nos hace caso porque desde arriba ve todo más bonito.

Esa es la sensación que tenemos muchas veces: Dios, aunque está en todos partes, como que se distrae en su trono en los cielos y no ve los horrores que pasan en la Tierra. Pensamos que Dios duerme, descansa o está distraído. Cavilamos a lo humano. Dios no nos abandona, pero si en nuestra pequeñez eso nos parece, precisamente por ésta y ser sus hijos, podemos hablarle con confianza e impertinencia, como cualquier niño. Él nos tiene paciencia e indulgencia, estemos seguros, no nos ate la lengua ni el corazón el debido respeto al Creador omnipotente, dejémonos llevar por esa tierna invocación que nos inspira el Espíritu Santo: ¡Abba, Padre! Es como, decirle papá…, ¡a Dios!

A nuestros padres biológicos solemos tratarlos con confianza, según los países y costumbres este tratamiento puede variar, unos diremos papá, otros taita y ahora la gente joven acorta y dice pa, ma. Lo que no debe variar es la confianza, lo mismo con Dios. Soy un poco fresca y le suelo decir a mi taita del cielo: Tú allá, en tu eternidad, ves mil años como un día, vives un eterno presente pero acuérdate que nosotros estamos en el tiempo, dependemos del almanaque, del reloj, éste pasa y nada se resuelve. Sigue la pandemia, sigue el caos, el dolor, la muerte, la desolación y falla la esperanza. Necesitamos soluciones hoy, no mañana. Mañana está muy lejos. Tú nos pusiste en el tiempo, pero parece que se te olvidó y nos dejaste a la deriva. ¿Y tú, Jesús, que encarnaste en el tiempo y viviste y sufriste en éste, también nos olvidaste? La humanidad está apurada, pero Dios Uno y Trino, no.

Dios no quiere solucionarle los problemas a los hombres. Les ha dado suficientes elementos y capacidades para que lo hagan ellos mismos. Sólo que hemos errado metas y caminos. Estamos aupando y apoyando, en medio del azote mortal de esta pandemia, aberraciones contra la vida y la moral. Estamos azotando principios, destruyendo valores con leyes inicuas, buscando igualdades inigualables. Atentamos contra la ley de Dios y la ley natural. ¿Qué queremos, entonces? ¿Sobrevivir a nuestro canibalismo moral?

Desde arriba todo se ve más bonito. Si subo a la cumbre del Ávila, allí veo a Caracas tendida a sus pies, aparentemente feliz, tranquila y coloreada. Ante la belleza del paisaje, me olvido del drama que puede haber en cada una de sus casas o en cada uno de sus habitantes: un mundo de problemas, ambiciones, frustraciones y penas. Los poderosos por altas posiciones de mando, nivel económico o social, gozan de su situación y no ven a los de abajo. Hasta en pequeña escala: me decía una amiga que ella en su ciudad natal de provincia, era de la alta clase social y nunca pensó, durante su infancia y adolescencia, que era como la nata sobre la leche, jamás pagó en una fuente de soda, por ejemplo, le anotaban todo a la cuenta de su padre; le parecía muy natural que hubiese clases sociales y económicas por debajo de ella y ni siquiera le importaban. Desde arriba todo se ve más bonito. En la cúspide de su fama el escritor, el artista, el deportista o cualquier triunfador, goza de los efluvios de ésta y cuántas veces olvida sus orígenes, nexos familiares y amistades. Descendamos.

Aquí en la Tierra, nuestra casa común, hay mucho sufrimiento y no nos es ajeno. Somos responsables de este planeta y nos está vedado verlo como los astronautas: una bella bola azul flotando en el espacio. No. Sin embargo, podemos elevarnos muy alto en el espíritu, encontrar el Amor y, con nuestras acciones, transformar la fealdad en belleza…, desde arriba.

Alicia Álamo Bartolomé