InicioOpinion#OPINIÓN Sor Juana y Goethe: Del Barroco al Romanticismo (Parte II) #19Jul

#OPINIÓN Sor Juana y Goethe: Del Barroco al Romanticismo (Parte II) #19Jul

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Barroco y Romanticismo

Uno de los Rasgos característicos de la mentalidad barroca es la combinación de imaginación exacta y efecto sorprendente: agudeza, wit (ingenio), marinismo, conceptismo. Umberto Eco dice que el barroco es una nueva forma de elocuencia favorecida por los programas escolares elaborados por los jesuitas inmediatamente después del Concilio de Trento: la Ratio studiorum de 1586 y 1599. Es el escritor jesuita español Baltasar Gracián (1601-1658), el “ultrabarroco”, su más alta expresión, afirman al unísono Umberto Eco y Octavio Paz.

El barroco se pone al servicio de las dos ortodoxias, dice Octavio Paz, la Iglesia y el Estado en una época de horribles guerras religiosas. La teología como máscara de la política, son los años de la Contrarreforma católica y su brazo militar: los sacerdotes jesuitas.

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El tema de la muerte se halla obsesivamente presente en la mentalidad barroca. “Recuerda que vas a morir”. Una negación del mundo y de retiro religioso, tensión entre cuerpo y alma, la fe y la duda, la sensualidad y la conciencia de la muerte, el instante y la eternidad. Esta mentalidad la pude observar en mis estudios sobre la mentalidad religiosa en Carora desde el siglo XX hasta el presente.

Era la edad barroca tiempos de la crisis del orden católico, las luchas de la Reforma y la Contrarreforma, la inflación y la crisis económica en España, los descubrimientos de la astronomía y de la física que hicieron tambalear al tomismo y a la neoescolástica. Al catolicismo político del Imperio español- escribe Paz- correspondía el catolicismo estético del arte barroco. No olvidemos la inmensa originalidad del barroco español.

La América hispana- afirma Carlos Fuentes- es continuación barroca y sincrética en este hemisferio de un mundo multicultural y multirracial, indio, europeo y negro. Es un arte dominado por el hecho singular e imponente de que la nueva cultura americana se encontraba capturada entre el mundo indígena destruido y un nuevo universo, tanto europeo como americano.

Si deseamos darle fecha de nacimiento al movimiento romántico alemán debemos decir que se inicia con la publicación de la tragedia Sturngund Drag (Tempestad e impulso) en 1770. Dice el semiólogo italiano Umberto Eco que es un periodo histórico que presenta un conjunto de características, actitudes y sentimientos dictados no por la fría razón del Siglo de las Luces, sino por el sentimiento, la pasión: abarca lo lejano, mágico, desconocido, incluido lo lúgubre, lo irracional, lo fúnebre. Es característicamente romántica la aspiración (sehnsucht) a todo esto. Romántico será cualquier arte que exprese tal aspiración.

El romanticismo coincide con grandes sucesos históricos: las revoluciones en Francia y en la América anglosajona y española, el imperio de Napoleón, la Restauración monárquica tras la derrota del gran corso, el derrumbe del Imperio español, el vertiginoso ascenso del Imperio británico. El pensamiento se ve dominado por la fría lógica de la Ilustración, su cúspide será Kant, el pensador acaso más desoladamente intelectualizado, filosofía contra la que se rebela precisamente el romanticismo.

En América latina o América hispana, afirma Octavio Paz “Como no tuvimos Ilustración ni revolución burguesa- ni Crítica ni Guillotina- tampoco tuvimos esa reacción pasional y espiritual contra la Crítica y sus construcciones que fue el Romanticismo. El nuestro fue declamatorio y externo. No podía ser de otro modo; nuestros románticos se habían rebelado contra algo que no habían padecido: la tiranía de la razón”. Este movimiento se inicia acá hacia los años 1830, cuando ya declina en Europa. Es que casi nunca en Hispanoamérica coincidimos o estamos a tono con las ideas que se construyen en el viejo continente y en Norteamérica.

Nuestras figuras románticas serán Echeverría, Goncalves de Magalhaes, José Jacinto Milanés, Sanfuentes, Caro, Jorge Isaac, los venezolanos Andrés Bello, Fermín Toro, Cecilio Acosta, y Eduardo Blanco de Venezuela heroica (1888). Las facetas románticas de estos eclécticos son, según Federico Álvarez Arregui: Libertad formal, valores irracionales, amores desgraciados, sentimiento patriótico, desazones y dudas vitales, pesimismo, fracaso personal ante la sociedad, vuelta a las fuentes del pasado, marginalismo.

Octavio Paz realiza una comparación muy interesante entre barroquismo y romanticismo que nos viene al dedillo: “son dos manierismos, las semejanzas entre ellos recubren diferencias muy profundas. Los dos proclaman frente al clasismo una estética de lo irregular y lo único: los dos se presentan como una transgresión de las normas. Pero en la transgresión romántica el eje de la acción es el sujeto, mientras que la transgresión barroca se ejerce sobre el objeto. El romanticismo pone en libertad al sujeto; el barroco es el arte de la metamorfosis del objeto. El romanticismo es pasional y pasivo; el barroco es intelectual y activo. La transgresión romántica culmina en la apoteosis del sujeto o en su caída; la transgresión barroca termina en la aparición de un objeto insólito. La poética romántica es la negación del objeto por la pasión o la ironía; el sujeto desaparece en el objeto barroco; el romanticismo es expansión; el barroco es implosión. El poema romántico es tiempo derramado; el barroco es tiempo congelado”.

Luis Cortés

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