jueves, septiembre 23, 2021
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#OPINIÓN Del Guaire al Turbio: Del orto al ocaso #28Jul

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La vida humana es un paso por la Tierra corto y largo a la vez. ¿Cómo puede ser esta paradoja? Muy sencillo: corto, si el paso de un hombre se inserta en los siglos de la Historia. Tan sólo de Cristo a hoy ya vamos en el tercer milenio, ¿ y qué es la larga vida de una persona centenaria en tres mil años? Nada, un alimento para el olvido. Porque la mayoría de nosotros, en cada generación, va a ser olvidada. Pasarán a la historia aquellos célebres en su época por sus obras buenas y, desgraciadamente, o por las malas. Permanecen en el anonimato los que no se destacan ni en uno ni otro bando. Por eso los mediocres muchas veces buscan fama a través de la maldad.

Todos, buenos, malos, ignorados o conocidos, recorremos el mismo camino vital: nacemos, existimos y morimos. Como el día, que va de la aurora al crepúsculo, teniendo su plenitud a mediodía. Quizás los seres humanos la tenemos en la madurez, si es que llegamos. Lamentablemente hay vidas que se truncan, viéndolo humanamente, antes de tiempo, otras parecen alargarse demasiado, pero eso es un designio de Dios y bien sabrá por qué lo hace. Nada falta ni sobra en el mundo según la providencia divina, somos los hombres los providentes de ausencias y excesos. Nuestras acciones descontroladas, fuera del orden moral, provocan desequilibrios tanto en la vida de la humanidad como en la de la naturaleza.

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Hoy asistimos a unos cambios climáticos que nos desconciertan. Mientras el Canadá, un país de inclementes inviernos, sufre de un verano de temperaturas tan altas que han provocado muertes, en la tropical Venezuela hemos tenido frío durante algunos días del mes de julio, tradicionalmente caluroso. Falta agua en muchas partes, mientras Alemania, Austria y otros países sufren de inundaciones devastadoras. Hay una desarmonía en la Creación que no pudo haber querido su Creador, pues siempre ha apuntado a lo perfecto. Ésta debe haber sido provocada por el desorden moral de la humanidad, a quien Dios confió su obra para que la trabajase y la engrandeciera en el progreso. De esta degradación, todos somos culpables.

Cada uno de nosotros ha de hacer su examen de conciencia: ¿Cómo he vivido, vivo y viviré mi paso por la Tierra? ¿He sido consciente me mi responsabilidad como ser humano, hijo de Dios? ¿Me he dado cuenta de que soy un eslabón en la cadena de la especie que recibe del que me precede una herencia de bienes que debo trasmitir al que me sigue? ¿O bien, corregir los errores del pasados para que no sigan proyectando su sombra en las generaciones futuras? Si no soy consciente de esto y me comporto como ser aislado, sólo preocupado de su yo, soy un fracaso, un eslabón roto, que ni recibe ni da nada. ¿Y como podría remediar esta conducta mía a altura de mi almanaque? No importa a qué nivel estés, si empezando, a mitad o terminando. Mientras vivamos, siempre tendremos una misión, así sea inmóviles en la cama de un hospital.

Vivir, trabajar y dar es un mandato divino o un triple mandato. Vivir lo mejor posible, cuidando nuestra salud para rendir y dar lo mejor de sí en el trabajo, que puede ser regir un país o barrer una calle. La dignidad del trabajo depende del amor y búsqueda de la perfección con que se haga. Un barrendero consciente de su responsabilidad de dejar luminosamente limpia la calle que le toca barrer, cumple a cabalidad con Dios y la comunidad a la cual sirve; el mandatario irresponsable y cómodo defrauda a ambos y es peso muerto para la sociedad.

La soledad y abandono de un enfermo es un tesoro si encuentra a alguien que le explique el valor redentor de su dolor. Dios no deja nada inútil en nuestra “casa común”. Todo lo contrario, hasta lo más aparentemente irrelevante tiene un valor trascendente si lo sabemos manejar. La vida de cada uno de nosotros tiene ese valor. Sólo nos toca comprenderlo y darle su justo desempeño, recorriendo con alegría y entusiasmo el camino común de toda vida que lleva inexorablemente del orto al ocaso. Como el día. Hagamos algo valioso de ese breve día irrepetible.

Alicia Álamo Bartolomé

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