miércoles, septiembre 8, 2021
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#OPINIÓN Sor Juana y Goethe: Del Barroco al Romanticismo (Parte IX) #6Sep

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Reflexiones finales

De haber vivido en el siglo XXI sor Juana y Goethe, estas dos cumbres de la literatura universal que buscaban infatigablemente una explicación a todos los fenómenos, habrían sentido que lo que para ellos era una intuición aún informe, que no tenía contornos precisos y que seguramente ellos no disponían de las palabras necesarias y precisas para nombrarlas, como dice Lucien Fevbre. Arguye que el conocimiento humano está todo conectado, que todo guarda relación, tal como expuso en 1665 Atanasio Kircher en su “Cadena del ser”. Les habría resultado entonces maravilloso lo que se llama hoy día Teoría de la Complejidad, la cual asume que la separación de ciencias de las humanidades hace daño, es perjudicial a la cultura humana. Es desde allí como podremos comprender la sorprendente, asombrosa analogía entre ciencias y artes, la profunda analogía entre creatividad científica y la artística de la que nos habla el Premio Nobel de Química Ilya Prigogine.

Se trata de superar lo que el científico y novelista estadounidense C. P. Snow llamaría en 1959 “las dos culturas”, la bifurcación de las artes y las ciencias. Los artistas-científicos siempre han existido. Paul Johnson destaca al sabio egipcio Imhotep, al visionario Arquímedes, el ejemplo superlativo de Leonardo da Vinci. En la Florencia del Renacimiento destacan Verrocchio, Leonardo, Della Robbia, quienes podían ocuparse de cualquier cosa. El alemán Durero, Bramante, Miguel Ángel y Cellini eran artistas que sabían mucho sobre el mundo físico y su funcionamiento. Son los creadores polifacéticos, escribe Paul Johnson. Este escritor británico agrega otros polifacéticos: al “padre fundador” de los Estados Unidos Benjamín Franklin, los poetas románticos Wordsworth y Coleridge, quienes se vincularon a la química de entonces.

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Paul Johnson dice que lo que hermana a la ciencia y la literatura es un recurso extraordinario que emplean ambos discursos: la metáfora. En el relato científico, en la formulación de una hipótesis, se recurre mucho al recurso literario de la metáfora, cuyo propósito primario es mostrar un significado de forma más clara y llamativa , mientras que el secundario es permitir que los pensadores (o los escritores) extiendan y abran procesos mentales a una variedad de caminos que amplían el asunto en discusión, relacionando ideas aparentemente dispares o distantes de una manera creativa y saltando de la física a la metafísica y viceversa.

No se puede dudar de una percepción metafórica de la realidad, escribe Ricoeur, quien agrega que existe una relación entre metáfora y comparación. En las ciencias avanzadas la metáfora es esencial y todos los diagramas son metáforas.

Las palabras “estructura” y “enlace” son en sí mismas unas metáforas, afirma Paul Johnson. La metáfora es puente de la ciencia y el arte. Los creativos usan más metáforas que los de limitada imaginación, dice este escritor británico.

Es por todo ello que me atrevo sostener que la creatividad de sor Juana y de Goethe tiene como uno de sus fundamentos básicos la metáfora. La misión de la poesía y la prosa elevada, dice Ricoeur, es establecer nuevas formas de implicaciones, y en estos discursos la contribución de la metáfora a la lógica de la invención será decisiva. La metáfora, que es poema en miniatura, contribuyó a que estas dos mentes en extremo curiosas a establecer vínculos entre lo que hogaño nos parecen dos realidades disociadas: el arte y la ciencia. Este divorcio está llegando a su final y será unos de los grandes triunfos del pensamiento en los inicios del tercer milenio.

Sin embargo quiero destacar la grandeza espiritual de sor Juana sobre la de Goethe, pues ella debió de vencer obstáculos casi insalvables para su época, y que el sabio germano no sufrió. El primero es de orden cultural: la religiosa mexicana vive en una cultura como la barroca que estaba hecha, dice Octavio Paz, para enfrentar la modernidad. Goethe se nutre del Siglo de la Razón y de la duda, sor Juana fallece cuando está por iniciarse este descomunal proceso intelectual que perfila la modernidad: el pensamiento de la Ilustración. La edad barroca en Hispanoamérica era una anacrónica y pesada losa.

Sor Juana nunca salió de la Nueva España y era prisionera, por así decir, de la lengua española y de un idioma que estaba llegando entonces al ocaso de su universalidad, el latín. El poeta germano en cambio hablaba varias lenguas, latinas y germánicas. Estudia en Estrasburgo, una ciudad de espíritu francés y alemán, una encrucijada de la cultura en Europa. Hace un viaje de dos años a Italia. La lengua materna de Goethe es el alemán, la lengua de la supremacía del pueblo alemán, un país que secularmente ha tenido la misión y el deber de culturizar al resto de la humanidad. En alemán se escribe lo más destacado del pensamiento moderno con Emmanuel Kant a la cabeza. La lengua española de la Contrarreforma católica no asimila la revolución científica del siglo XVII y se cierra a las Luces del siglo XVIII, al Siglo de la Razón. “No tuvimos Ilustración”, sentencia con cierta amargura Octavio Paz.

El sexo de sor Juana es otro difícil, grave impedimento constitucional, pues vivió en una cultura destacadamente “machista”, para emplear una expresión de hogaño. Se trata de la “razón patriarcal” que domina la sociedad novohispana y sobre todo a la Iglesia Católica, una ortodoxia que termina por hundirla y la hace abjurar a las letras. Todavía en el siglo que corre esta conducta carcome, no solo a México, sino a todos los pueblos hispánicos. El poeta germano hizo gala de su virilidad sin tapujos, pues se hizo acompañar de diez amantes platónicas o intimas a lo largo de su provecta existencia de 83 años, una cifra que aun hoy nos sorprende y que fueron una inagotable fuente de inspiración.

Fue un Emperador del erotismo. Me dice mi amigo Pascual Mora que el genio alemán no pudo escapar, lamentablemente, a un falogocentrismo, en palabras de Jacques Derrida.

Para finalizar, un aspecto que apenas menciona Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Tiene que ver con el color de la piel de la religiosa novohispana: ella era criolla y morena, es decir que por sus venas corría sangre vasca española y sangre aborigen azteca o de cualquier otro pueblo de la antigua Mesoamérica. Se trata de la nueva realidad mestiza del continente bajo dominación hispano- lusa que no fue posible realizar en la América sajona ni en la India bajo dominación británica. Esta mezcla racial que hoy nos enorgullece y distingue fue anatematizada en el siglo XIX por Arthur de Gobienau quien la hizo responsable de la decadencia de las naciones al perder la pureza racial. ¿Qué pensaría este supremacista francés de haber conocido a sor Juana? ¿Qué habría pensado de su indiscutido y enorme talento y entendimiento? ¿Cuál sería su juicio sobre la deslumbrante belleza física y donaire de la religiosa novohispana?

El poeta germano es conocido por su olímpico desprecio por África negra. En su infancia, dice Marcel Brión, abandona la escuela porque a ella asistía un niño de rostro atezado y cabello oscuro que lo disgustaba: “¡Llevaos al niño negro!”, gritaba “¡Llevaos al niño negro!” Es bueno decirlo todo: Goethe era además antisemita y forma parte de la corriente “idealista” alemana junto a Fichte, Hegel y Bauer, en cada uno de los cuales los elementos antijudíos se acentuaban cada vez más, afirma el británico Paul Johnson.

En la actualidad la figura de Goethe es mucho más conocida que la de sor Juana. El crítico literario estadounidense Harold Bloom la menciona de pasada en su controversial El canon occidental (2009) al referirse al libro de Octavio Paz referido a la religiosa mexicana. Es una omisión que pudo ser enmendada, tal como la que reconoció este autor hebreo estadounidense cuando tardíamente descubre a Alejo Carpentier como una gigantesca figura de las letras hispanoamericanas.

El país germano tiene enormes recursos e influencias para promocionar a su poeta científico, pero es bien sabido que la lengua alemana se ha estancado en su crecimiento e influencia planetaria, no así el español una lengua que tiene su futuro asegurado y es una de las más habladas del mundo. En la lengua de Cervantes ha escrito Gabriel García Márquez su obra maestra Cien años de soledad, hoy reconocida como la primera novela verdaderamente global. No sería mucho pedir que las obras de sor Juana sean traducidas al chino, persa, hebreo, japonés o al esperanto, notable obra de enaltecimiento de la cultura hispanoamericana y de la mujer que encontró en las letras profanas su inmortalidad laica. Por ello me atrevo decir que la obra de sor Juana se asemeja en originalidad y densidad a la de Goethe, y que si ella hubiese tenido las condiciones más favorables de la que disfrutó el poeta tudesco, quizá habría llegado a igualar y hasta superarlo en más de un aspecto. La posteridad tiene la palabra.

Luis Eduardo Cortés Riera

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