#OPINIÓN El Bejuco de La Cota Mil y Las Mil y una Noches de Katia #21Feb

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«Para la mayoría de nosotros, la vida verdadera es la vida que no llevamos»

Wilde

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«Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única»

Borges

Han pasado cinco décadas desde que el joven Sergio Ospino se desprendiera del bejuco que lo proyectó unos veinte metros de altura sobre un calzada de concreto y luego de sus rebotes respectivos sobre la calzada gris, como si fuera de goma, el mortal revivió. Eso sí, se quebrantó hasta la cédula. Un milagro amparó su hipófisis odontoide. Y dudo que luego de la gigantesca peripecia haya regenerado adecuadamente sus soberanías mentales.

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Nunca más supimos de la vida de Sergio Ospino pero aquél recuerdo en cámara lenta de cómo le fracasaron las manos sudadas mientras veíamos cómo esa mole se precipitaba barranco abajo (sin pasar por Home o cobrar doscientos), no se nos olvidó jamás. Que tronco de vaina se echó el joven ese aciago día. Tuvimos que trasladarlo hasta la planicie a yemas de dedos con los obreros de la Cota Mil en plenaria y Sergio semiinconsciente repitiendo ¡Qué pasó! ¡Qué sucedió! Luego que el pánico se nos pasó y ya recogidos en casa nos reíamos del actor chaparro a punto de sucumbir en una salvajada de arrojo pueril enfriando todo el peregrinaje de arenillas de lluvia, espesuras de enredaderas lloronas, e imprudentes dinámicas de adolescente. 

Para esos momentos estaría construyéndose la famosa Avenida Cota Mil, y chicos al fin, no se nos ocurrió mejor idea que ir a volar hiedras en las florestas del Ávila que como lagañas de sauce llorón descosían grandiosas y amplias lianas consintiendo resueltos recorridos para los que tenían la audacia de lanzarse desde la altitud al abismo exponiendo el pellejo y claro está, la vida.

Nosotros apenas logramos la peana pero ni de vaina nos tiramos a la suerte, y creo que hicimos bien luego de anotar como quedó Sergio en ese lance que lo dejó ñeco vitalicio y juzgo que con algo menos de estatura entre otros menesteres anatómicos. Este tipo quedo apendejeado, pensaba el primo junto a un perfil satírico que sacudía la calle. Le seguí con indulto cómplice a sangre fría. No hay satisfacción tan excelsa que deleitarse en el dolor ajeno, cuando la impericia de la pubertad es la emperatriz del regocijo cruel.

Al rato llegó una patrulla de policía con la mamá de Sergio coreando ¡cómo me haces esto, por qué! y como en toda comunidad no faltó la difusión de la exclusiva así como no faltó el reconocimiento de otros vicios como fumar encubierto, tontear con Green Sport y placer solitario como reo en confinamiento. Tampoco faltó la jovencita falda a cuadro que exhibía las pantis con picardía para que al caer la baba circulara fugitiva por nuestras comisuras de bípedos inexpertos.

Allí entraba Katia. Esa caraqueña inverosímil con unos labios que molían el muro de los lamentos, y esa figura que meneaba con tanta apostura que la notábamos perderse a lo lejos con un aliento que iba agotándose lánguidamente, hasta que con la perspectiva de su sombra entre las vespertinas del parque colegial cerca del canal de la Colina, el ocaso era como una merengada de melocotón con leche condensada impregnándonos desde una floresta urbana.

Katia acumulaba el encanto de su hermosura que transfería con total poderío en escena ¡Ordene usted, your Majesty! Saboreábamos la dulce potencia de su expresión y ella entendía de simpatías con sus dominios de Afrodita. No más de dos suplicas por fan. Nosotros salíamos con tres y ella nos socorría haciendo ojitos que conseguían lincharnos si pasaban de dos Mississippi. Creo que no reveló una oración completa o con cierta cordura. Tal era su complot y preciosura, que si fue pausada tanta apostura remediaba la falta. Pero estábamos persuadidos que sería mejor lenta pues tarde o temprano nos haría más viables y era porque ella no precisaría más naipes que ese ombligo venusino, las dos provincias de chocolate en su pechera y aquél par de panderos que suscitaban la más aguda de las furias carnales, taladrando nuestras visibles ilusiones instintivas.

El edén fue enjuagándose en jarabe. La muralla juvenil honró el tiempo perecedero. La adultez fue cada día más operable. La virginidad estremecía el ímpetu. Katia entraba vía régimen hormonal. Cristo no florecía más en el rosario o en los misterios de la pasión. Tío se enfermó. Un reino sombrío arrendó las grandes ojeras de tía Tere, con la almohada como estación de las penas. Sergio en la memoria como en el filo de una navaja, y la obstinación haciendo pulsar el brío al compás del oasis de Katia en cada espejismo de Cota con sus Mil y una noches de pernocte feliz.

MF

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