sábado, marzo 2, 2024
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En Táchira: Entre caridad y buhonerismo sobreviven ancianos #13Jun

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Trabajo de www.lanacionweb.com

Dicen que envejecer es como escalar una montaña, en la que las fuerzas van disminuyendo a medida que se va subiendo. En Venezuela no se trata solo de ascender esa cima, sino que en cada paso el camino se hace más empinado, producto de la crisis económica que afecta el desempeño normal de los ciudadanos y más de aquellos que llegan a la tercera edad.

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Y es que llegar a abuelos no es algo sencillo, el cansancio y las enfermedades propias de la edad comienzan a hacer mella, requiriendo además una alimentación especial. Pero a eso deben sumarse la alta migración de venezolanos –estimada en mayo de 2023 en 7.239.958 personas según la  Plataforma Interagencial R4V, coordinada por Acnur- quienes se van a buscar mejor suerte en el extranjero, lo que ha llevado a que una cantidad de ancianos hoy se encuentren prácticamente abandonados a su suerte dentro del país.

“He tenido la necesidad de trabajar en la calle, no cuento con apoyo de mis familiares, venimos de Valencia, vivo con mi mamá”, dice Javier Darío Hidalgo, quien a sus 51 años todavía no se encuentra catalogado como adulto mayor, pero día a día sale a laborar como trabajador informal, acompañado de su progenitora, una mujer de la tercera edad que tiene en su hijo a su único sustento económico.

Lo poco que se vende es para el día, ahorita no estoy cobrando pensión, ella sí, pero eso no alcanza para nada. Vivimos en San Josecito, agarramos la buseta todos los días para venir a trabajar”, agrega el entrevistado, quien desde su puesto ambulante en la Plaza Bolívar de San Cristóbal toma la palabra en nombre de su madre, de quien alega recibe colaboración asistencial en territorio colombiano. “En Cúcuta nos ayudan con los medicamentos, pero es difícil ir por los costoso del pasaje”.

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Las casas hogar están repletas

Una de las labores más loables que se hace en pro de los adultos mayores la realiza las diferentes casas hogares que hay en la entidad. Las mismas funcionan gracias a la colaboración de empresas privadas y públicas, ganaderos, diversos comerciantes y colectividad en general, que de una u otra manera contribuyen con estos recintos encargados de brindar cobijo y alimentación a los ancianos necesitados.

La situación de las casas hogar cada día se hacen más difícil, para nadie es un secreto la situación que se vive en la comunidad para adquirir los bienes de consumo, de primera necesidad, aunado a eso hay que entender que trabajamos con personas de la tercera con situaciones de salud precarias, enfermedades graves, enfermedades terminales y otras que carecen de un abrigo”, señala Carlos Fuentes, abogado de la Diócesis de San Cristóbal.

En este sentido, el profesional del Derecho afirma que desde el Estado venezolano poco se hace para aliviar la responsabilidad de estos centros. “La proteína la obtenemos cuando algunos ganaderos nos la facilitan, nos llaman para decirnos que nos van a colaborar enviándonos una res”, explica.

Y es que a lo largo de toda la geografía tachirense existen casas hogar como el de San José de La Grita de las Hermanitas de la Candelaria, el Carpintero de La Montaña en San José de Bolívar del padre Franco Lanza, San Martín de Porres de Las Dominicas en Rubio, Colinas de la Esperanza en el Palmar de La Copé en el municipio Torbes, la Casa María Madre de los Pobres de Zorca; además de instituciones dentro del casco de la ciudad como la Casa Hogar Medarda Piñero, la Casa Hogar San Pablo o el Geriátrico Padre Lizardo; todos con un mismo fin: ofrecer ayuda a los ancianos que lo requieran.

El comercio informal: Una alternativa ante la crisis

Ante la imposibilidad de conseguir un empleo por cuestiones de edad, a algunos adultos mayores no les queda más remedio que recurrir al comercio informal. A lo largo de San Cristóbal, se observan vendedores ambulantes que ofrecen sus productos o servicios principalmente entre las áreas del Centro y el Terminal de Pasajeros de La Concordia, con un común denominador: gran parte son personas de la tercera edad.

“He tenido la necesidad de trabajar en la calle, no cuento con apoyo de mis familiares, venimos de Valencia, vivo con mi mamá”, dice Javier Darío Hidalgo, quien a sus 51 años todavía no se encuentra catalogado como adulto mayor, pero día a día sale a laborar como trabajador informal, acompañado de su progenitora, una mujer de la tercera edad que tiene en su hijo a su único sustento económico.

Lo poco que se vende es para el día, ahorita no estoy cobrando pensión, ella sí, pero eso no alcanza para nada. Vivimos en San Josecito, agarramos la buseta todos los días para venir a trabajar”, agrega el entrevistado, quien desde su puesto ambulante en la Plaza Bolívar de San Cristóbal toma la palabra en nombre de su madre, de quien alega recibe colaboración asistencial en territorio colombiano. “En Cúcuta nos ayudan con los medicamentos, pero es difícil ir por los costoso del pasaje”.

Las casas hogar están repletas

Una de las labores más loables que se hace en pro de los adultos mayores la realiza las diferentes casas hogares que hay en la entidad. Las mismas funcionan gracias a la colaboración de empresas privadas y públicas, ganaderos, diversos comerciantes y colectividad en general, que de una u otra manera contribuyen con estos recintos encargados de brindar cobijo y alimentación a los ancianos necesitados.

La situación de las casas hogar cada día se hacen más difícil, para nadie es un secreto la situación que se vive en la comunidad para adquirir los bienes de consumo, de primera necesidad, aunado a eso hay que entender que trabajamos con personas de la tercera con situaciones de salud precarias, enfermedades graves, enfermedades terminales y otras que carecen de un abrigo”, señala Carlos Fuentes, abogado de la Diócesis de San Cristóbal.

En este sentido, el profesional del Derecho afirma que desde el Estado venezolano poco se hace para aliviar la responsabilidad de estos centros. “La proteína la obtenemos cuando algunos ganaderos nos la facilitan, nos llaman para decirnos que nos van a colaborar enviándonos una res”, explica.

Y es que a lo largo de toda la geografía tachirense existen casas hogar como el de San José de La Grita de las Hermanitas de la Candelaria, el Carpintero de La Montaña en San José de Bolívar del padre Franco Lanza, San Martín de Porres de Las Dominicas en Rubio, Colinas de la Esperanza en el Palmar de La Copé en el municipio Torbes, la Casa María Madre de los Pobres de Zorca; además de instituciones dentro del casco de la ciudad como la Casa Hogar Medarda Piñero, la Casa Hogar San Pablo o el Geriátrico Padre Lizardo; todos con un mismo fin: ofrecer ayuda a los ancianos que lo requieran.

El comercio informal: Una alternativa ante la crisis

Ante la imposibilidad de conseguir un empleo por cuestiones de edad, a algunos adultos mayores no les queda más remedio que recurrir al comercio informal. A lo largo de San Cristóbal, se observan vendedores ambulantes que ofrecen sus productos o servicios principalmente entre las áreas del Centro y el Terminal de Pasajeros de La Concordia, con un común denominador: gran parte son personas de la tercera edad.

“Las casas hogar no son almacenes de abuelos”

Uno de los grandes problemas que recae en las personas de la tercera edad es el olvido por parte de sus familiares. Tanto los que están dedicados al buhonerismo o en las calles pidiendo colaboración, como los que se encuentran en los centros para adultos mayores, parecieran haber quedado al margen de sus seres queridos.

“El 92 por ciento de las familias que dejan a sus adultos mayores en las casas hogar se alejan y el 8 por ciento está pendiente, de un universo de 90 abuelos pueden ir ocho o diez familias a visitarlos, los demás los abandonan. Tenemos abuelos que nunca conocimos a sus familias. Hemos tenido problemas después de fallecer porque se requiere una identidad y me ha tocado incluso buscar a los comisarios del CICPC para que nos envíen funcionarios y poder dar fe de quién es para poder enterrar ese cadáver”, comenta Fuentes, quien desde su labor en la Diócesis sigue
de cerca la realidad de los institutos tachirenses de ayuda al adulto mayor.

Ya sea a propósito o no, muchos ancianos son dejados a la deriva y deben subsistir por sus propios medios. “La situación de los adultos mayores nos pone contra la pared, los hijos se nos están yendo de Venezuela y nos estamos quedando solos. Yo soy hipertensa, sufro de artrosis y de la circulación, tengo varios problemas de salud y me toca comprar medicamentos, entonces me ha tocado salir a improvisar para reunir y comprar los medicamentos para poder vivir unos años más, porque nadie se quiere morir, quisiera vivir hasta los 100 años y tocar seguir insistiendo”, asegura Xiomara Valle, de 69 años, quien labora en las calles para conseguir el sustento diario.

Aunque tiene un hijo en el exterior, éste poco puede ayudarle debido a un accidente que lo mantiene incapacitado: “Empezó a trabajar y un carro se lo llevó por delante y lo atropelló”. Un testimonio que recoge la perspectiva de muchos abuelos, que reciben muy poca ayuda de sus familiares fuera del país, quienes apenas hacen para sus propios gastos. Sin embargo, Xiomara augura una mejora de las condiciones venezolanas. “La situación es caótica pero hay que seguir adelante y seguir viviendo, la esperanza no se puede perder. No esperemos por el gobierno, en este país somos los necesitados y debemos luchar por eso, estamos así por la desunión”, expresa.

Una realidad que coincide con la de Cruz Hernández, otras de las trabajadoras informales del Centro de la ciudad: “Si uno no trabaja ¿de dónde se beneficia? Toca seguir trabajando hasta que Dios nos dé fortaleza, tengo hijos, pero están lejos, de todas maneras, ellos tienen sus obligaciones y escasamente alcanza para ellos. Tengo la pensión, pero eso no alcanza para nada, igual estoy agradecida con este país, porque en el mío -que soy de Colombia-, no he sido ni pensionada, ni recibo ninguna ayuda”, destaca a sus 62 años.

Pese a su noble labor, las casa hogar poco pueden hacer sin el apoyo de las familiares y de las propias autoridades venezolanas. “Las casas hogares no son hospitales, ni son almacenes de abuelos. Son casas donde buscamos la forma de dar abrigo, de ayudar, apoyo gubernamental no tenemos”, dice el abogado.

Los que deambulan sin rumbo fijo

Aunque solo se coteje de manera formal a quienes se encuentran en las casas hogar o que se dedican a la economía informal, existe otro gran grupo de abuelos que solo recorren las calles pidiendo algún tipo de ayuda, muchos sin casa, ni un refugio dónde pernoctar. La mayoría de ellos incluso se acercan a los centros de ayuda al adulto mayor solo a pedir algo de comer.

“No tengo el número, pero son bastantes (los que están en las calles), por ejemplo la Casa Hogar Medarda Piñero que está en la ciudad recibe diariamente entre 38 y 40 personas. Allí hay hombres y mujeres jóvenes que no tienen qué comer y se acercan allí”, explica el vocero del organismo eclesiástico.

De momento, no existe una solución a esta gran problemática. El pasado lunes 29 de mayo se conmemoró el Día Nacional del Adulto Mayor y más allá de algunas publicaciones en redes sociales a propósito de la fecha por parte los organismos oficiales, sigue sin existir un plan que realmente asista a esta población.

En las casas hogar tenemos necesidades de techo, de canales, aguas servidas, aguas blancas, medicamentos, pañales, artículos de limpieza, necesitamos víveres, cereales, proteínas. Esperamos que tomen en cuenta más a esos hombres y mujeres que lo dieron todo y tenemos un compromiso con ellos porque la obligación es principalmente del Estado venezolano”, concluye Carlos Fuentes.

De momento, las calles y los asilos seguirán colmados de abuelos desamparados y con condiciones extremas tanto de salud como de alimentación. Una problemática más que deriva de una situación económica apremiante. Mientras afuera y dentro del país muchos de sus hijos y nietos luchan por salir adelante en medio de condiciones adversas; otros con sus sesenta, setenta, ochenta o noventa años encima esperan con una sonrisa en sus rostros, que el tiempo les devuelva un poco de gratitud antes de acabar su recorrido terrenal.

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