#OPINIÓN Diarios de Porlamar: Condimentos para el ab-zurdo.Acto (3): Mario y su Plática de Inframundo (Parte 17) #17Jun

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«Una mente que se estira por una nueva experiencia

 nunca puede volver a sus viejas dimensiones«. 

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Oliver Wendell Jones

«Es una de las bendiciones de los viejos amigos es

que puedas permitirte ser estúpido con ellos» 

Ralph Waldo Emerson (Emerson en sus diarios)

«Haz siempre lo que tengas miedo de hacer«.

«Dos cosas llenan la mente con una admiración y un temor siempre nuevos y crecientes, cuanto más a menudo y constantemente reflexionamos sobre ellas: los cielos estrellados sobre mí y la ley moral dentro de mí. No busco ni conjetura ninguna de ellas como si fueran oscuridades o extravagancias veladas más allá del horizonte de mi visión; Los veo delante de mí y los conecto inmediatamente con la conciencia de mi existencia».

Immanuel Kant (Crítica de la razón práctica)

  1. Sueños Hechiceros

Todas las noches encadenadas, luego de la desgracia del reciente suicida, chicharras y grillos, de tanto lamento, dejaron de chirriar. Junior se encerraba en su glóbulo de mudez. Le gustaba soñar en el agente 86, aquella serie clásica de los sesenta del genial Mel Brooks, con el agente Maxwell Smart, personificando al más imbécil agente de espionaje que haya existido ever o al menos, hasta el momento. Especulaba que, en la cubierta del silencio, algo siempre insólito estaba por pasar y Maxwell lo sabría.  

Junior, buscaba respuestas en la quimera, que no sabía cómo encontrar. La junta de laicados que lo citó, sin querer queriendo, llenó de duda al joven modelo, quien se inquiría si en verdad tenía responsabilidad por omisión, lo que le hizo sentir, si no culpable directo, sí responsable por no haber sido más perceptivo y atento con sus amigos de la eco-causa.

La nobleza de un joven educado se observa en cómo le mueven emocionalmente las lecciones de vida o las cosas de la vida, que no son para nada cosas, pero si mucho un sentir encontrado. Agitado en la cama, soñaba con el cuerpo cayendo al vacío. Más de una vez fue él quien caía. En ocasiones, la caída era sin final, quizás la más pavorosa de todas las caídas, lo que nunca toca fondo, la que nunca tendrá fin; Los maestros laicos asustan a los párvulos diciéndole que allí arderán si su proceder va de caída, y sus pensamientos pecaminosos, van por ustedes, niños desorientados.  

Junior despertó sudando cuando la puerta se abrió y mamá lo llamó al desayuno en italiano… la colazione é sul tavola, pronto ragazzo, y Jr. respondió… va bene mamma. Algo huele mal en Dinamarca con la muerte inesperada de Mario. Que podría avergonzarlo tanto como para hacer lo que hizo. Recordó su desaire (donde fue victimario), al reñir a su mamá por algo que creyó no haber hecho, según su parecer y tal vez no, el parecer de mamá. 

Espero que mi hijo, (se dijo Junior íntimo), si algún día tengo uno, no haga a su mamá, lo mismito que hice yo, creyéndome muy sabio. Eso sería justicia divina y mejor será Junior, que no molestes a los dioses. Y si quieres saber de lo divino, de eso se encarga mejor la vida que es la mejor diosa instructora del mundo, más que las religiones y sus dioses, mucho más. Dios, es la excusa de los que no tienen otra razón que la del miedo y la ignorancia para atender y entender, los misterios del universo. 

  • Sueños Irreparables

Dos años antes, cuando Mario estuvo con los muchachos en tercer año, se hizo un participante activo, pero extremadamente reservado. Aun así, pasaba desapercibido por su bien dispuesta prudencia. Iba al merendero junto a los compañeros, visitaba la biblioteca a ver si obtenía una labor de Genética y para el modelo atómico de Química. Así aprendió de estructuras y moléculas. De enlaces, ácidos ribonucleicos, mitocondrias, y aparato de Golgi. Nada se escapaba de su membrana celular de la inteligencia. 

El núcleo, lo imaginaba en el centro del universo, como el núcleo de un átomo o de una galaxia. En su cabeza, empezó a sentir que no tenía derecho a ser retorcido. Por suerte, un psicólogo de la escuela que indagaba clase por clase observando alumnos, un día notó a un joven demasiado fingido, casi como un maniquí. Eso había que averiguarlo.

El titulado Profesor Elio Fernández, gemelo de origen (solo él vivió) nació en Cabimas (Edo. Zulia), para ser loquero (experto) y para ir notando locos o tipos afectados de la psiquis en un país absorto por locuaces del poder, regido por un locuaz mostacho que maneja mal, pero opera peor, y no ve bien, y para colmo, dicen en los pasillos de palacio, donde se miran flores, que hablaba con el pájaro loco en una tertulia donde (no se sabe cómo reapareció), el ido comandante galáctico en la tripartita, Woodpecker, Mustache & Galactic Comander.

Mario, fue citado ese día, como quien no quiere la cosa, a la oficina del galeno de su escuela. El asunto era descubrir qué había tras el perfil perdido de maniquí que fijo, miraba el abismo. Y bien que sabía el médico que cuando miras mucho el abismo, el abismo lo mira a uno, y de pronto, te conviertes en el propio despeñadero.

Mario tocó la puerta, tan manso, que el médico no lo escuchó. Pasó y se sentó en el sofá colocado estratégicamente a un lado del facultativo, y quedó tan abstraído que parecía no saber dónde estaba en ese momento, o porqué estaba donde estaba. El amigable doctor Fernández, centrado en la llegada del joven, no sabía que estaba allí a su espalda como una aparición fantasmal. Se pegó un susto enorme al ver a Mario pálido como un cadáver, y más perdido que el Hijo de Lindbergh, mirando a la nada de su mundo, un mundo sin mundo. 

Elio saludó al paciente con el cariño que se le debe dar a un joven con problemas de salud mental. 

– ¡Hola Mario!, es cómo me dijo el director Bello, que te llamas… ¿no? Mario, no dijo nada. El doctor sabía que no iba a ser fácil abrir la puerta de la casa del chico atormentado. 

– Te preguntarás por qué te traje a consulta… dijo el doctor con la voz más amigable de la que era capaz.

– ¿Qué me pasa?… preguntó Mario convencido que algo olía mal en su Dinamarca.

El doctor se sorprendió de sana confianza y juzgó de una buena vez, que frente a él una bomba de tiempo iba a detonar sin saber qué o a quién se llevaría en su explosión vital.

Eso es lo que vamos a examinar, Mario, respondió satisfecho Elio, entendiendo que su tesón, clase por clase, día a día, daba resultado, y vaya que lo aprovecharía para sanar al chico, su principal compromiso, al igual que la salud escolar individual y del estudiantado.

Elio supo que tal vez el chico había perdido la batalla. Pero igual Fernández daría la suya para intentar salvarlo, pero él sabía que la bomba había empezado su cuenta regresiva.

Marcantonio Faillace Carreño

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