#OPINIÓN Bolívar de carne y hueso (3)

Pedro Rodríguez Rojas |

Bolívar tampoco tuvo éxito en lo sentimental, el hombre huérfano, el que pierde temprano a su única esposa, al que la leyenda le adjudica muchos amores, quizás carnales pero muy pocos sentimentales, el más relevante el de Manuelita Sáez, quien compartió con el 8 año de vida y lucha, pero años de sufrimientos, de interrupciones constantes, de múltiples críticas.

El hombre que no dejó descendientes, quien a su muerte vio perder el sueño de la integración latinoamericana por lo que luchó más de una década sin descanso, a costa de su propia vida. Un hombre que ve perder su república en manos de los traidores y las nuevas élites dominantes, un hombre desprestigiado, tomado a burla.

Hay quienes aún creen que a la muerte de Bolívar todo el continente americano fue un llanto de dolor, cuando en realidad esta fue la excepción, produciéndose celebraciones públicas por la muerte del “loco tirano”. Muerto solo y en la ruina no es hasta 12 años después cuando su cadáver es trasladado desde Santa Marta a Venezuela y es a cuatro décadas de su muerte cuando comenzaron los primeros honores y el reconocimiento público a su obra, aunque con todo el sentido manipulador al que ya hemos hecho referencia. Bolívar tuvo que ver morir a quien ya enfermo consideraba su pupilo y continuador de su obra, al talentoso Mariscal Sucre, el héroe de Ayacucho, quien es asesinado por las élites que en varias oportunidades intentaron también asesinar al propio Bolívar.

Un hombre delgado, pequeño de estatura, no muy agraciado, enfermizo, sin embargo, se convirtió en unos de los hombres más importantes de la humanidad, en unos de los grandes majaderos del mundo, tal como el mismo se calificará. Este era el Bolívar de carne y hueso, el hombre en su contexto que le tocó no solamente pensar sino construir la nueva América, el filósofo y el político, el estratega y el militar, el hombre amado y odiado, idolatrado y perseguido, el hombre de los grandes aciertos, pero también de los errores.

Bolívar el que aún sigue siendo ideario fundamental para cualquier proyecto de país y de nación soberana y democrática, el antiimperialista, el visionario, que, a pesar de sus condiciones físicas, de pertenecer a las élites de los blancos criollos, en vez de dedicarse a los beneplácitos de su situación económica y de su magnífica inteligencia, como un Cristo del siglo XIX prefirió dejarlo todo por el futuro del continente americano.

Sobre los ideales de Bolívar se han hecho toda una fantasía, de quienes se lo imaginan desde niño alzando una espada y soñando con la libertad y la igualdad social. Esto contradice cualquier explicación lógica, no sólo por el hecho de pedirle a un niño que siendo parte de un legado familiar de esclavistas y grandes propietarios de la tierra tenga ideas igualitarias, sino que como bien se demuestra en los primeros escritos de Bolívar y más aún en los primeros años de la contienda (1810 – 1814), el proyecto bélico estaba para él aun centrado en la liberación de España y la lucha era fundamentalmente un problema entre blancos. La derrota de la primera y segunda república (1812 y 1814 respectivamente) y la movilización social producida por el ejército realista encabezado por Boves – que por primera vez despertaba el interés por la guerra a la mayoría de la población, al ofrecer tierra y libertad con respecto al esclavista y propietario de la tierra, es decir, el blanco criollo- dieron pie a la preocupación por lo social por parte del libertador. Así se manifiesta en los decretos de 1816 y 1817, en los que ofrece tierra y libertad a los que acompañaron al ejército patriota. Pero más aún en las propuestas de igualdad y justicia social, educación que propusiera ante el Congreso de Angostura de 1819.

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