#OPINIÓN Del guaire al turbio

Alicia Álamo Bartolomé | Ilustración: Victoria Peña |

CARNE DE CAÑÓN

Todo el mundo habla, escribe y  comenta en mofa aquel episodio sabatino, cuando los soldaditos, muy bien uniformados y en impecable formación, rompieron filas y corrieron despavoridos, supuestamente al oír una explosión aérea. Escena que dio la vuelta al mundo y las redes ardieron en comentarios tan cómicos como denigrantes. Yo misma me he reído bastante y, sin embargo, estoy arrepentida. Me di cuenta al día siguiente, ante mi propia reacción, cuando no me dejaron pasar hacia la iglesia donde suelo oír misa los domingos. Está en zona de ese oxímoron que llama inteligencia militar. Al muchachito de la milicia que nos detuvo, le dije sonriendo: ¡Ajá, están asustados…! También con una sonrisa me respondió: “¡Yo no!” Entonces le repliqué: Y cuídate, porque ustedes son carne de cañón.

Y ese es el punto y la gran injusticia. Jóvenes reclutas a quienes después de un somero entrenamiento les dan un arma y los ponen en puestos de vigilancia, en lugares donde tienen que reaccionar ante una alarma real o falsa y quién si sabe si mal dispararán ese fúsil y una bala ciega la vida de un inocente. Yo les tengo miedo cuando se me acercan como si fueran a la guerra y no pierdo de vista sus ostentoso aperos bélicos… por si acaso. Desgraciadamente, son los que están al frente cuando sus oficiales ordenan defensa o ataque. Lo vimos aquel día de febrero, los muertos fueron los pobres soldados que hacían guardia y los que fueron empujados por sus jefes al asalto, mientras éstos se pusieron a buen resguardo; el principal responsable, en un museo.

Estas milicias de a pie son las que se quedan cuando sus superiores, ante la caída del gobierno dictatorial que apoyaban, se ponen a salvo huyendo hacia el extranjero. Son esos jóvenes los que van a recibir la furia del pueblo, hasta ese momento oprimido, que da rienda suelta a su rabia contra lo único que encuentran del régimen finito. Lo he vivido.

A la caída y huida de Pérez Jiménez, como de sus compañeros en las altas esferas del gobierno y de la represión, ¿quiénes fueron linchados? Los esbirros de la Seguridad Nacional, sí, pero no los grandes, sino los pobres diablos que no pudieron poner pies en polvorosa. Recuerdo con horror esos acontecimientos y, además, lo que influyen los ánimos y enardecen  esos desmanes. Una compañera de estudios y trabajo, tan profesional  como yo, de mí mismo nivel social y cultural, cuando llegaban  a nuestras oficinas las noticias de lo que estaba sucediendo, exclamó, dientes y puños apretados: “¡Bien hecho, bien hecho!” Me espantó constatar cómo se puede contagiar la violencia y, por supuesto, se lo recriminé.

Y es lo que temo del final de esta pesadilla: lo que pueda suceder. Cuando paso junto a esos imberbes guardianes de los sitios castrenses, siento piedad y ahora más, después de la estampida en la importante avenida de la capital. Los que corrieron allí tienen toda la razón, ¿arriesgarse a morir por defender a ladrones, asesinos y narcotraficantes que han hundido en toda clase de miserias a su pueblo? ¡No! ¡A correr se ha dicho!  Y ustedes, vigilantes y defensores obligados de tantas infamias, también tienen toda la razón de negarse a ser carne de cañón.

Aun los más grandes criminales, como criaturas hijas del mismo Padre, gozan del derecho a ser juzgados y castigados por las leyes, no por una turba enardecida.

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