#Opinión: La gran estafa Por: Alberto Castillo Vicci

En vida el presidente Chávez se presentó a sí mismo, apoyado por todos los medios de comunicación nacional del Gobierno o privado por cadenas obligadas, como una especie de segundo Libertador.

Según la propaganda oficial, en sus 14 años de mandato había liberado al pueblo venezolano primero, y después, comenzando con el ALBA, lo haría con toda América Latina, del yugo del imperio yanqui y del capitalismo a los que culpan de todos nuestros males. Desde la inflación, escasez, inseguridad social, el tráfico de drogas… hasta el mal estado de las carreteras, los malos servicios públicos y los problemas de educación, salud y vivienda; que no han resuelto ninguno, a pesar de las infinitas promesas de hacerlo para cada uno de sus períodos presidenciales.

Tras el fallecimiento del presidente Chávez, este gigantesco mito, esta gran estafa del chavismo como liberación, persigue perpetuarse en ma-nos de sus llamados hijos políticos, quienes abusan de todos los poderes del Estado— particularmente, de la sumisión de los demás poderes al Ejecutivo— para permanecer en el Gobierno, como esperan, de manera irreversible.

Muy lejos de tal propaganda es la verdad de la herencia que nos deja el caótico Gobierno de Chávez, y está a la vista. Después de 14 años de bonanza petrolera que nos ha podido sacar del subdesarrollo, cuyo cálculo es un billón de dólares de ingresos, el panorama es lóbrego: empezando por nuestra soberanía entregada políticamente a la dictadura cubana, seguida por la sumisión económica de nuestras ingresos actuales y futuros por la inmensa deuda externa e interna quintuplicada incompresiblemente, en lugar de pagarla con sólo la cuarta parte de lo que han regalado a Cuba, Nicaragua, Bolivia y Ecuador.

Económicamente dependemos más que nunca del petróleo y nuestra independencia alimentaria es de las estafas, la mayor: importamos casi todo lo que comemos y necesitamos para vivir decentemente. Todo el caos nacional es producto de una política socioeconómica errada en todas sus dimensiones: desde sus principios fundamentados en una ideología y un modelo de capitalismo de Estado fracasado en los países donde se instaló durante el siglo XX y abandonado hoy en lo que fue la Unión Soviética, Vietnam y China o en vías de cambiarlo como está pasando en Cuba. Pero, no sólo equivocado sino plagado de improvisación, ineficiencia y corrupción.

Sus consecuencias todavía no las hemos sentido en su real magnitud, pero se avizoran en un futuro inmediato. Al punto que en los 100 días de Maduro no le ha quedado otro remedio que devaluar dos veces nuestra supuesta moneda fuerte para una economía fuerte. Es decir, meternos el paquetazo que se le atribuía a Capriles si llegaba al poder. Y hay rumores no desmentidos de la venta de empresas nacionales a los chinos, como pago de la deuda vencida. La impensable privatización de empresas estratégicas por los supuestos nacionalistas.

Ahora, a quien me lea le pregunto: ¿Está Maduro y su combo en capaci-dad de sacarnos de este caos heredado? Mi respuesta personal es que no. Es cuestión de concepción de la cosa pública; la de una sociedad cerrada como la del castro-comunismo que representa Maduro o abierta como la que promete Capriles en libertad, democracia, justicia, progreso y pluralidad.

Está en nuestras manos dentro de pocos días de escoger el camino del atraso con Maduro o el progreso con Capriles. Si los que ya votamos por el progreso lo volvemos hacer; si los 4 millones que se abstuvieron se convencen que se juega la República y van a votar por la libertad; si los que fueron estafados se dan cuenta que fueron víctimas y no reinciden con su apoyo al ya viejo régimen chavista; será, entonces posible un nuevo amanecer de oportunidades, bienestar y progreso para todos los venezolanos. No en balde dijo Abraham Lincoln: “Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”.

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