#Editorial ¿Qué pasa con la MUD?

A comienzos del año pasado, a la oposición venezolana, que venía de ratificar su carácter de mayoría en las elecciones parlamentarias, le sobraban razones para recomponer el optimismo.

La Asamblea Nacional había dejado de ser una cueva de focas. Desde esa tribuna se le anunció a un país al que le costaba creer que fuese verdad tanta belleza, y hasta se divertía con los desaires y el fiero arsenal de mordacidades de Henry Ramos Allup, que el régimen, al fin, tenía sus días contados. Un nuevo CNE abriría una era luminosa de rescate de la democracia, el TSJ sería limpiado de sus vicios rastreros.

La discusión, académica y en la calle, giraba en torno a cuál era la mejor y más segura de las salidas constitucionales, si el revocatorio presidencial, el abandono del cargo o acaso la Asamblea Constituyente.

No obstante, la frustración del diálogo, la desactivación de la Carta Democrática que Luis Almagro blandió en solitario, pero con admirable hidalguía, en el seno de la OEA, así como la indefinida postergación de las elecciones regionales que correspondía celebrar en diciembre de 2016, más la amputación sucesiva de las facultades del parlamento, todo eso dio al traste con aquella alegría de tísicos.

Amanecimos el año 2017 con una Mesa de la Unidad Democrática mortalmente vapuleada y una nación en desbandada, migrante, exhausta otra vez. La MUD, aunque a regañadientes, y al cabo de muchos arañazos internos, parecía acusar recibo del rechazo, y en febrero divulgó su “reestructuración”. Luego se exhibió, como logros principales de esa revisión en mora, la ampliación del cogollo de partidos (de G4 pasó a G9), y, además, que en adelante la vocería sería rotativa. ¡Sólo eso!

La MUD, está bien claro, se quedó corta. No llenó las expectativas. Desperdició la oportunidad de conectarse con una nación que repudia al Gobierno, pero sigue sin divisar una opción creíble a la cual aferrarse. Su hoja de ruta no acaba de despejar las dudas, los temores, en una palabra: la incertidumbre. La coalición tarda en abrirse a la sociedad, no la engancha, ni la acompaña, ni acierta en la interpretación de sus angustias. La prioridad no era nominal, no podía reducirse a remover del escenario a Jesús “Chúo” Torrealba. El remedio no era una pócima burocrática, la añadidura al elenco de otros dos o tres partidos, sino entrar en sintonía con la agenda social, parecerse al pueblo que tenemos, captarlo. Porque la gente se agita todos los días en la calle, pero por su cuenta y riesgo, y apenas si percibe algo es que quienes detentan el poder pretenden perpetuarse y del otro lado de la acera están aquellos que buscan desplazarlos, sin un programa que trascienda la crítica, la fastidiosa monserga según la cual “aquí hay una dictadura”, o esto o aquello es “inconstitucional”, o “el Gobierno acaba con las libertades”. Eso lo sabe todo el mundo, pero ajá, y entonces, ¿qué se va a hacer, o, más práctico aún, qué se está haciendo para contrarrestarlo?

Es hora de definiciones. No ayuda eso de que uno de los flamantes miembros que estrena la MUD se sienta animado a aclararnos que el país no está desesperanzado sino confundido. A fin de cuentas da lo mismo. El Gobierno no dialoga, es cierto, pero ¿con quién lo hace la MUD? ¿Cómo es que el CNE adelanta la “validación” de partidos, conforme a sentencia del TSJ, y unas organizaciones políticas de la oposición acuden, mientras otras advierten que se trata de una “trampa”, y, por tanto, se niegan a actualizar sus nóminas? ¿Cuál era la línea, la estrategia, acaso es la de un sálvese quien pueda? Frente a semejante despelote, ¿puede seguir hablándose de Unidad?

¿Por qué se permite que rectores del CNE con período vencido, alarguen esta farsa? ¿Por qué no se pide, de pie, ir a elecciones ya, según la promesa de la propia Tibisay Lucena? ¿Qué se espera para marcar alguna pauta en la lucha? Otra cosa: ¿Tiene la MUD algo qué decir frente al dilema que azota a los sectores populares, en cuanto a inscribirse o no en el Carnet de la Patria? ¿Por qué dejar sola a la militancia de los partidos de oposición, y a los independientes, de cara a la toma de una decisión que los coloca en el apremio de aspirar a un derecho, o sentirse traidores?

Y así, hay muchas otras interrogantes que plantear. Buscar las respuestas sería, quizá, una buena forma de comprender por qué estamos como estamos.

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