Historia y trascendencia

¿Tiene la Historia sus propias leyes de comportamiento o todo es un albur? Sendas filosofías de la Historia se han embarcado en intentar explicar lo que para muchos es un imposible: el misterio de la existencia humana.

En un tiempo original el hombre fue prisionero de la incredulidad y la superstición. Los dioses poblaban sus universos y ofrecían algo de coherencia ante el caos que sobrevenía en los días y trabajos, aunque sobretodo, los dioses servían para atender la aflicción de existencias súbitas cuyo desenlace inesperado hacía enmudecer a unos sobrevivientes con más dudas que respuestas.

El hombre religioso encontró consuelo en lo sobrenatural, y de muchos dioses pasamos al monoteísmo belicoso que en nombre de Dios se encargó de ahondar aún más en la penuria. Luego lo económico se imbricó en lo espiritual, y hasta llegó a superarlo constituyéndose en el epicentro de una nueva historia-mundo cuya esencia pasó a ser la acumulación de las riquezas en manos de los más aptos y en detrimento de los menos aptos, es decir, la gran inmensa mayoría de las gentes.

El Poder encontró sendas justificaciones para legitimar una explotación milenaria, que hasta el día de hoy, aún se mantiene, con todo y los avances civilizatorios que se han podido producir.

Culturalmente somos diversos aunque en la genética gozamos de una misma programación. Compartimos las mismas necesidades y los mismos anhelos, por eso en esencia la historia termina por repetirse sin apenas una novedad de fondo. Los cristianos en las Cruzadas, una empresa más económica y militar, que propiamente religiosa, enfrentaban a los musulmanes bajo el lema: “A Dios rogando y con el mazo dando”, otro tanto hacía la gente de Saladino. Esta invocación perenne a la guerra y a la violencia para dirimir intereses contrapuestos es el sustento del tejido histórico junto a las legítimas aspiraciones de vivir con provecho y en paz. Napoleón y Gandhi es un botón de ésta permanente paradoja.

Lo usual en el territorio de la Historia es exaltar a la vida con sus posibilidades y combinaciones, aunque es la muerte y el morir humano la esencia de un tránsito que se nos va como un soplo. Todo queda reducido a lo implacable del tiempo y a la finitud de lo humano. Sandor Marai (1900-1989) señaló en su último Diario que nacer no es una experiencia porque es accidental, mientras que la muerte representa una zozobra sin indulgencia porque ocurre contra nuestra voluntad. Como estableció Borges, sólo somos inmortales en el recuerdo de las buenas obras que dejamos en aquellos que nos sobreviven.

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