“¡A Miraflores!”, decía la gente en “La Toma de Venezuela”

María Alessandra Matute | Foto: AP |

No bastó la promesa de que el 3 de noviembre supuestamente habría una marcha con destino a Miraflores, tampoco la convocatoria a presentarse en la Asamblea Nacional para la sesión de este jueves, donde “los necesitamos”, decía Henry Ramos. No bastaron las señas de “vamos a calmarnos”, “vamos a escuchar” que se generaban de distintas manos entre los dirigentes montados en la plataforma improvisada en medio de la autopista Francisco Fajardo. Tampoco fue suficiente el ruido, ni el calor, ni el cansancio por la larga caminata para calmar los ánimos y dejarse liderar.

“!A Miraflores!”, decían todos. “¡Si ustedes no van, nosotros vamos solos!”, “¡es hoy o nunca!”, “¿para qué nos convocan si después no quieren ir?”, decían algunos más. “Prefiero morir en Miraflores que de hambre”, afirmaba una estudiante de las que más gritaba; “nos convocaron sólo para pagar plantón, lo hubiese hecho en una cola”; “Capriles cobarde”, “Vente María”, “si no es hoy se acaba la Unidad”, “yo no quiero tocar más cacerola”, “se burlan de nosotros”…

Todas esas expresiones las gritaban quienes se encontraban alrededor de la crema y nata de la MUD, subida en un camión que devino en tarima, y los dirigentes escucharon muy bien el mensaje. Los ciudadanos no estaban para cuentos.

“Estamos seguros, y yo sé, que lo que les dicta su corazón hoy es ir a Miraflores”, logró decir María Corina Machado cuando finalmente tomó el micrófono, después de “Chúo” Torrealba, Capriles y Ramos Allup. Pese a una visible reticencia, se unió a la convocatoria, a las 10:30 de la mañana del jueves, a la Asamblea Nacional.

Los gestos de disgusto de la mujer “que las tiene más puestas” que sus colegas, según la concurrencia, al borde de la tarima sobre lo que ocurría a sus espaldas,  decían “estoy con ustedes”, “yo también pienso que hay que ir a Miraflores”. La secundaban, por separado, algunos dirigentes, especialmente los más jóvenes. Juan Requesens, José Manuel Olivares, Gilbert Caro, abiertamente se mostraron conectados con el ánimo general, con la exigencia popular.

“La próxima vez va a venir la mitad (de la gente)”, ”¡ya estamos cansados, escúchennos!”, insistían los convocados, quienes sólo estaban esperando una señal para salir sin hora de retorno a donde fuese, como fuese.

El presidente de la Asamblea Nacional, con camisa blanca, jeans y zapatos de mocasín, fue el único que se bajó (al menos se sentó al borde del camión improvisado) para escuchar atentamente el clamor popular. Pero especialmente, para explicar por qué no podía darles lo que querían.

-Ustedes sin querer o queriendo están dejando a este pueblo al aire, que todo el mundo se vaya para su casa con su rabia. No jueguen con la paciencia de la gente, porque el día de mañana se les van a voltear-.

En esta tónica se desarrolló el diálogo entre el diputado y un ciudadano con poca paciencia que a tropezones llegó a medio metro del dirigente.

-¿Tú crees que nosotros estamos jugando con la paz de los venezolanos? Yo tengo hijos, y yo no quiero ver a ningún muchacho venezolano muerto-, contestaba Ramos Allup.

Finalmente, persistió la posición de la fracción más fuerte de la MUD, la sindéresis, la experiencia. Nadie, al menos entre la dirigencia, quiere otro 11 de abril.

De la experiencia quedaron demostradas dos cosas, además de la muy humana diversidad de criterios: 1).- que la gente, cansada, perdió el miedo definitivamente, y 2.- que es muy pesada la carga de la sangre derramada como para echársela encima.

Al final, la autopista se colmó, la marcha terminó y las personas caminaron de vuelta a su casa (no había Metro) con la sonrisa del deber cumplido.

 

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