#OPINIÓN Confucio #17Mar

Jorge Euclídes Ramírez | Ilustración: Victoria Peña |

El apagón de cinco días nos sumergió a los venezolanos en condiciones elementales de vida, despojados abrúptamente del conjunto de recursos tecnológicos que son propios de esta etapa civilizatoria, tuvimos que retrotraernos a un pasado donde las esencias humanas prevalecían sobre los designios de un  mundo automatizado por los hábitos nacidos de la urdimbre mecánica que nos aliena.

Como la vida es un permanente aprendizaje, de este apagón podemos aprender a reencontrarnos como protagonistas de nuestra propias vida, ubicándonos en la responsabilidad  individual que tenemos como actores sociales. Para este fin les comparto un  breve resumen de las enseñanzas de Confucio, quien fue uno de mis compañeros en el paseo por el siglo 19 que nos regalo la incompetencia comunista. Espero les sea útil.

Confucio, nombre que en Occidente damos a Kung-Fu-Tse, nace en China en el año 551 a. JC. Es sin duda el pensador más grande que ha dado aquel país y uno de hombres que más influencia ha tenido en el desarrollo de la humanidad. Sus ideas fueron las creadoras de una sociedad que permaneció imperturbable durante cientos de años y aun hoy tienen algo que aportarnos.

Cronológicamente es contemporáneo de otros grandes maestros como Buda en la India o Pitágoras y Heráclito en Grecia, pero hay una diferencia fundamental entre estos y el pensador chino: Confucio no creo, al menos de manera directa, ningún tipo de creencia religiosa o Espiritual. Mientras que los otros pensadores pretendieron, con sus enseñanzas, decir cómo debía vivir el hombre para lograr su desarrollo total, esto es como ponerse al servicio de su propio Espíritu, Confucio elabora una creencia, un estilo de vida, no ya para salvar al hombre, sino para salvar a la sociedad, que es donde se representa la vida del ser humano. No hay en Confucio sentimiento religioso concreto, no da indicaciones metafísicas, dejando que cada uno adopte, dentro del marco de la sociedad que le rige, el enfoque adecuado, que viene a ser el ya existente en la China de entonces, es decir el culto a los antepasados, a las fuerzas de la naturaleza, la práctica del animismo y la idea grupal de evolución del individuo.

Y todo esto tiene un porqué. En los tiempos de la dinastía Tcheu en la que vivió el sabio, China estaba sumida en el caos y era preciso, ante todo, reponer el orden. La idea greco-latina de primero comer, luego filosofar viene a ser lo que se aplica en este caso.

Confucio parte de la idea de la bondad de hombre y ello se logra a través del fortalecimiento de cuatro impulsos innatos:

El sentimiento de compasión: que se refleja en el Amor al prójimo

El sentimiento de vergüenza y desagrado.: es decir, el enfrentar el comportamiento del individuo frente al grupo le llevará a la rectitud en su proceder.

El sentimiento de gratitud y modestia: centra en este punto la pequeñez del individuo frente al grupo y lleva a actuar con corrección.

El sentimiento de aprobación y desaprobación que lleva al desarrollo de la sabiduría en el individuo para poder conocer lo correcto de lo que no lo es.

Todo hombre debe, a nivel individual, desarrollar estas facetas y llega a decir que quien no lo hace es como quien se roba a sí mismo. La educación es vital para la consecución de estas virtudes, pues solo a través de ella se produce el desarrollo del hombre, pero esta educación es un proceso interno de cada individuo, y el maestro no es más que un asistente.

La educación es la base de la perfección moral la cual solo se consigue con esfuerzo.

Esta educación se basa en dos virtudes:

Jen – sentido moral: filantropía, humanidad.

Shu – tolerancia reciproca: cortesía, buena fe, magnanimidad, bondad, diligencia.

El hombre ideal, que reúne esas virtudes, es kiun-tse, frente al hombre vulgar que carece de ellas que es siao-yun. El estado de kiun-tse es un proceso de trabajo personal y que a diferencia de otros lugares, no está restringido a unos cuantos miembros de una clase.

Pone especial énfasis en el desarrollo de la piedad filial, pero no dejándola sola como manifestación de amor del padre al hijo y viceversa, sino como ejemplo de Amor que debe de reinar en toda relación social. La expansión de este sentimiento hacia todo permitirá la armonía que lleva al buen gobierno y por ende a la felicidad. Se establece, en base a esta idea, los derechos y deberes que deben de darse entre gobernante – gobernado, esposo – esposa, padre – hijo, amigo – amigo, como los ejes principales del bien social.

El instrumento básico del que se sirve el confucionismo para regular la sociedad es el concepto del «li». La traducción inicial podría ser la de rito o forma de realizar un culto, pero va más allá al incluir las razones de fondo en que estos se fundamentan. De allí se desprende el poder de cada palabra viene respaldado por un «li» que le acompaña. Hay que tener en cuenta que la escritura tradicional china hace que cada signo represente una idea, de manera que la riqueza de las mismas puede ser muy superior a la que estamos acostumbrados a entender en Occidente. Para nosotros la palabra padre representa quien ha dado vida a otro ser, (macho que ha engendrado) pero para el «li» asociado a la palabra padre en chino, el concepto es mucho más amplio, recogiendo las ideas cómo: amante de sus hijos, protector, sustento económico, referencia masculina de la familia…

Para que la sociedad funcione es preciso que cada «li» se cumpla, esto es que cada parte sea lo que tiene que ser, o dicho de otra manera: que cada cosa se adecue a su «li». ¿Qué tiene que ser un buen gobernante?, pues gobernar para el bien de todos, cuidar y defender a los súbditos, hacer cumplir las leyes etc., y de la misma manera se puede decir de todo: que el padre sea padre con todo lo que comporta ese concepto, que la madre sea madre, el hijo hijo, el amigo amigo etc.

Existían miles de «li» en la vida china y ello permitió un control de la vida social pues daba seguridad, tanto a nivel interno del individuo, cómo a nivel grupal. Por ejemplo, el «li» del luto por un difunto establecía el tiempo que formalmente debía mantenerse el mismo. Ello a nivel personal permitía, una vez cumplido este, que la persona apartase el dolor por la pérdida pues consideraba que todo el dolor a soportar ya había sido soportado, mientras que a la sociedad le indicaba cuando podía contar plenamente con ese individuo.

De esta manera China apenas sufrió cambios significativos en su forma de ver la vida durante siglos. Los «li» definían lo que tenía que ser, y este gran código moral interno fue una protección incluso más fuerte que la gran muralla que físicamente defendía su territorio.

Los «li» incluían también los deberes de los dirigentes y se ponía especial énfasis en que estos predicasen con el ejemplo de sus vidas. Llega a decir Confucio que el buen orden depende más de la bondad de los dirigentes que de las propias leyes. El sustento de todo gobierno es el ejemplo que el gobernante es capaz de dar a sus súbditos. Justamente eso es algo que no pasa en nuestros días, la gente no está interesada en política (hay una enorme abstención) porque no confía en la clase política dirigente, pero eso es olvidado por lo políticos, es decir que no cumplen con su «li» que les exige que den ejemplo de honradez, trabajo y transparencia, al pueblo.

¿Qué puede aplicar el hombre de hoy de las teorías de Confucio?

Hablar de un Maestro chino fallecido hace más de dos mil quinientos años no sería más que una curiosidad cultural sino fuésemos capaces de ver que parte de su mensaje todavía puede sernos de utilidad, es decir su parte práctica.

Actualmente, si Confucio levantara la cabeza, se daría cuenta que en nuestra sociedad las palabras han dejado de significar lo que eran, es decir que el «li» se ha vuelto inexistente o cuanto menos inoperante. La libertad personal parece imponerse sobre todo lo que se espera sea la responsabilidad de una persona y ello genera o va camino de generar, el caos social. Actualmente la significación de la palabra  padre o madre apenas significa nada referido a lo que debe de ser un padre o madre.

Vemos cómo a los bebes, a los 6 meses, se les deja en las guarderías, luego se les aparca en colegios y se les carga de actividades extra escolares para que estén el menor tiempo en casa, se olvida la educación del hijo delegando la función a profesores en lugar de que sean los progenitores quienes ejerzan tal función, etc. Es decir que cada vez el padre es menos padre y la madre menos madre, en el sentido chino de la palabra. Confucio nos diría que hay mujeres que tienen hijos, pero no son madres y hombres que los engendran pero no son padres. En resumen: nada es lo que debería ser, nada se adecua a su nombre y por ello se generan todos los males sociales.

La lección, aunque sea a nivel interior y personal, que aprender de todo esto, es que cuando adoptemos una decisión en nuestra vida, seamos conscientes de lo que esa nueva palabra, ese nuevo «li» que vamos a ser, conlleva. Por ejemplo, si está una persona pensando si dejar un trabajo de oficinista para ser profesor, deberá tener en consideración lo que supone eso. El enfoque correcto no es ver si se gana más o menos, si se trabaja más o menos, etc., lo correcto es ver lo que conlleva ese «li» de profesor que es: dedicación, amor a los alumnos, constancia en el trabajo, paciencia etc. Si la persona no es capaz de cumplir lo que ese «li» representa es mejor no cambiar de oficio por más que otras ventajas se lo recomienden.

O por ejemplo si a una persona le gusta la libertad total de su tiempo, es absurdo se comprometa a aceptar el «li» que lleva la entrega y dedicación de la creación de una familia. No debe pues cargar con el «li» de ser padre o madre pues no lo cumplirá y aparte de pasarlo mal la persona en cuestión, daña a la sociedad. En resumen: hay que ser consciente de lo que supone cada uno de nuestros «li» antes de ejercerlos.

Ver la vida en función de los «li», actuar en base a lo que «deberían ser las cosas», supone ser capaces de enfocar nuestra vida en orden y dejar de lado eso tan normal en la vida de hoy del «… ya veremos». Por otra parte la idea de Confucio sobre la necesidad del esfuerzo para lograr ser un hombre moralmente perfecto, aunque aparece en muchas creencias, nunca se recomendará bastante. El hombre es un ser en continuo proceso de mejora y perfección, siempre.

Las teorías de Confucio fueron realmente aplicadas después de su muerte. Pero según el pensamiento chino la inmortalidad la da el recuerdo y el hecho de que esté usted leyendo esto ya le concede vida al Maestro. Que sea capaz de aplicar en su existencia su sabiduría no sería sólo un halago para el Sabio Confucio, sino un seguro de armonía y orden en su vida.

Que la Fuerza te acompañe.

Jorge Euclídes Ramírez

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